No miren a ZP: el auténtico responsable de todo es Sánchez
Urge aclarar si Sánchez ha alineado a España con los burdos intereses comerciales de su protegido y protector en los peores regímenes del mundo
La confesión de Julio Martínez sobre la verdadera naturaleza de su relación con Zapatero no puede sorprenderle a nadie, salvo a aquellos capaces de sostener, aún a estas alturas, que al pobre expresidente le pasa algo parecido a lo que le ocurre al pobre presidente y que ambos son víctimas de un golpe judicial y mediático.
El tal Julito ha dicho que él creó una empresa por instrucción de Javier de Paz, hombre de los negocios habituales del PSOE de antes y de ahora, que sigue empotrado en Telefónica por decisión de Pedro Sánchez.
Y que lo hizo, básicamente, para dar cobertura a los negocios de Zapatero y disimular la naturaleza de los mismos: intermediar con el Gobierno para que favoreciera determinados intereses y, por ello, él cobrara su correspondiente comisión.
Así ocurrió con Plus Ultra, receptora de 53 millones de euros por decisión política del Gobierno y con el impulso directo del presidente y de dos de sus más cualificados ministros, el hoy condenado Ábalos y la ahora declinante Montero.
La confesión termina de retratar al imputado expresidente, por si había alguna duda, como un avaricioso comisionista cuyo único mérito está en su agenda de contactos para inducir decisiones políticas que de otra manera quizá nunca se hubieran aprobado.
Y la manera de taparlo, con un testaferro, una empresa pantalla y cuatro informes de medio pelo ajenos a la materia en realidad contratada, desvela que el propio Zapatero era consciente de la inmoralidad e ilegalidad de sus andanzas, perpetradas además mientras pontificaba públicamente sobre valores, derechos humanos, distribución de la riqueza y toda la bisutería retórica habitual en el personaje, bastante más barata que las joyas reales escondidas en una caja fuerte por su primo, tal y como reveló este periódico, como tantos otros asuntos cruciales.
Por todo ello, Zapatero es un cadáver político irrecuperable, una estafa avariciosa cuyo lugar en la historia linda ya con el del resto de miembros del ilustre pabellón de los mayores corruptos, en su caso adornado con una indiscreta vanidad que le ha llevado a creerse una mezcla de Gandhi y Olof Palme. Y es probable que a esa condena pública le añada otra penal, cada vez más próxima a tenor de lo recogido en el informe de la UDEF y de las diligencias en marcha en la Audiencia Nacional.
Pero a quien de verdad hay que prestar atención no es a este lobo sectario disfrazado de tierno cervatillo, sino a quien le ha facilitado prosperar, le ha regalado el disfraz de embajador de la buena nueva progresista y ha alineado la diplomacia y la geopolítica española hacia las mismas latitudes en las que su correligionario se dedicaba a oscuros negocios.
Porque además de rescatar una empresa sin aviones propios, intrascendente en términos comerciales y en pérdidas desde su fundación, según el expediente escondido por el Gobierno y difundido también por El Debate, Sánchez ayudó a Maduro a perpetrar un pucherazo, poniendo la embajada española y a la propia España al servicio del destierro de Edmundo González en una operación ejecutada por los siniestros hermanos Rodríguez y su buen amigo Zapatero. ¿Se sacrificó el liderazgo español para salvaguardar la esperanza democrática en Venezuela, para auxiliar los cada vez más claros chanchullos del célebre Bambi con esa abyecta dictadura? ¿No será precisamente eso lo que explique que, a la par que ZP aparecía en los papeles como intermediario de la venta del petróleo chavista, el propio PSOE sea sospechoso de haberse financiado de la misma fuente, según investiga ya la Audiencia Nacional?
Y lo mismo cabe decir de China, Marruecos, Guinea y quien sabe si incluso en Oriente Medio, donde la agresividad sanchista hacia Israel parece perfectamente sintonizada con ese negocio en la zona que es la pretenciosa Alianza de Civilizaciones, el chiringuito de Zapatero y Moratinos.
Zapatero siempre fue una estafa que dejó a España arruinada y dividida y ahora, además, puede ser un delincuente. Pero a quien hay que mirar de verdad es a Sánchez, su protector, quizá su beneficiario y desde luego su alter ego político perfeccionado para el mal.
Y no solo por regalar dinero público a compañías siniestras representadas a escondidas, y con mentiras inmensas ante el Senado y un juez: también por la insoportable sensación de que, allá donde Zapatero afinaba su bolsillo, Sánchez metía a España de cabeza, sin ninguna razón y a costa de los verdaderos intereses del país que preside. Que a Zapatero le han utilizado algunos de los peores regímenes del mundo ya es una certeza. Pero que Zapatero ha utilizado a Sánchez de agente de sus ambiciones es algo más, ya que una duda que urge aclarar. Cada uno en lo suyo, juntos o por separado, es un sinvergüenza. Ahora necesitamos saber si esa obviedad tiene el castigo penal que los hechos empiezan a reclamar casi a voces.