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El astrolabioBieito Rubido

La ciudad tatuada

Cuando uno recorre determinados trayectos de vías urbanas, y no tan urbanas, ya no encuentra ni un ápice de pared sin la mancha vulgar y fea de las pintadas. Es, como ya escribí, la evidencia de que esto va mal

En esa frontera indefinida del reloj de la tarde, cuando la noche tropical va alcanzando todos los rincones de la ciudad, a esa hora se agolpan las lecturas de los más diversos análisis acerca de la pedestre y ramplona vida política que los españoles estamos sufriendo. La capacidad para la indignación casi desaparece. A eso juega Sánchez. A que la memoria emocional se derrita como un mal helado. Lo que debería ser la más noble de las actividades del ser humano, la política, en el sanchismo se ha vuelto algo tosco y grosero. Cada día un escándalo, cada día un político soberbio presumiendo de que no dimite, un ministro bocazas insultando a los ciudadanos, un paso más en el deterioro de la ya frágil democracia española… el panorama es desalentador. Solo la selección española de fútbol nos da alegrías, junto con el aire cercano del descanso vacacional. Cada uno escoge el norte que quiera, siempre que sea el sur.

Necesito a estas alturas del año, impelido por la fatiga del tiovivo de la actualidad política que nos descorazona ante tanta inmoralidad y decadencia, fijar en otros ángulos de la vida para poder mantener vivo el interés del texto. Desde hace tiempo quería detenerme en esa evidencia del crepúsculo de civilización que estamos protagonizando y que no es otra que todas las paredes públicas de nuestra España, patrimonio de todos, que se encuentran pintarrajeadas por anónimos. Les llaman pintadas. Es uno de los descensos más evidentes de una civilización. Cuando uno recorre determinados trayectos de vías urbanas, y no tan urbanas, ya no encuentra ni un ápice de pared sin la mancha vulgar y fea de las pintadas. Es, como ya escribí, la evidencia de que esto va mal. Se atenta contra la propiedad pública y se apuesta por un feísmo que hace sangrar los ojos.

Tal vez algún lector creerá que nos hemos caído en la marmita de las hipérboles, de las exageraciones. No es así, o al menos yo no lo veo así. Creo que en realidad hemos descendido al infierno de la molicie, la decadencia, la pereza y la incapacidad de proponer algo más bello, más limpio, más equilibrado y justo. Al fin y al cabo, todos esos lugares mancillados con letras inconexas, expresiones de la nada, son de todos nosotros. El recorrido que va desde el aeropuerto de Barajas hasta el centro de Madrid es una de las mayores guarradas de toda Europa. Urge iniciar una cruzada contra esas pintadas, ya que detrás de ello hay un deterioro social de mayor profundidad de lo que a simple vista nos puede parecer.

A mí no me gustan los tatuajes en los cuerpos humanos, pero lejos de mí el afán de entrometerme en la vida de aquellos que han decidido marcar su cuerpo para siempre. La pintada, afortunadamente, no es tan indeleble como el tatuaje; se puede y se debe borrar. Detrás del respeto a la limpieza de lo común se encuentra una buena muestra de respeto y convivencia con el vecino. Los alcaldes deberían presumir de no tener pintada alguna en su ciudad. En mi viaje a China me quedé asombrado para bien de la limpieza de Pekín y Shanghái. Ni una pintada, claro está. A ver quién se atreve. A eso se le llama la coacción positiva de la ley. Quiere decir que el bien común se superpone a la gamberrada individual. Es mejor tatuarse bellos paisajes urbanos en la memoria de cada uno que seguir rompiendo cristales sin que nadie haga absolutamente nada. La ciudad así se viene abajo.

Espero que me perdone el lector que hoy no les haya escrito sobre Sánchez y el declive de nuestra democracia. Tal vez mañana.