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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

«¡Viva el Rey, viva España!», pues sí, Rodri

Es revelador cómo han escocido a la izquierda oficialista unas palabras de celebración de lo más normales

Act. 22 jul. 2026 - 09:37

En la fiesta por el título mundial en Cibeles, con una expectación que colapsó el centro de Madrid, hubo la esperada alegría, el normal cachondeo de unos campeones jóvenes y también algunas apelaciones más serias.

Entre los mensajes de más calado destacó de nuevo la llamada a la unidad de Luis de la Fuente («juntos somos más fuertes»). En cualquier otro país sonaría a perogrullada. Pero en España, por desgracia, tiene su miga, debido a que desde arriba se predica lo contrario: somos una «nación de naciones», un «Estado plurinacional», un país «plural y diverso», y además se otorgan todo tipo de transferencias y prebendas a Cataluña y el País Vasco, que incrementan el extrañamiento hacia la idea de España.

La segunda frase de calado político, que tampoco debería tenerlo si viviésemos en una situación normal, llegó con los sentidos vítores del capitán de la selección, el madrileño de 30 años Rodrigo Hernández Cascante: «¡Viva el Rey! ¡Viva España!», voceó Rodri micro en mano, recibiendo un eco entusiasta del respetable que abarrotaba Cibeles y todas las anchas avenidas adyacentes.

Los vítores de Rodri fueron del agrado del público, por supuesto. Sin embargo, no pasaron el cedazo del régimen, que activó de inmediato su alerta anti-ultra a través de los fámulos habituales, tipo el experiodista y ahora comisario político Ruiz en TVE.

La apoteósica fiesta de Cibeles, donde además hubo algún que otro cántico irreproducible sobre Sánchez, ha vuelto a evidenciar el absurdo bipolar que sufrimos en España. Por una parte están los españoles de carne y hueso, que mayoritariamente apoyan al Rey, que conserva un nivel de aprobación muy por encima de los políticos, y que quieren a su país, España. Además, esos españoles de carne y hueso no hicieron ganador a Sánchez en las últimas generales, donde quedó de segundo. Si el presidente, que ocupa la Moncloa maniatado y chapoteando en la corrupción, se aviniese a convocar los comicios, la izquierda gobernante sería vapuleada. La suma de PP y Vox está hoy en los 200 escaños según el promedio de encuestas (24 diputados sobre la mayoría absoluta).

Los 23 años del PSOE en la Moncloa y el modelo autonómico han ido erosionando el patriotismo español, mal visto por una izquierda que paradójicamente se rinde embelesada a las obsesiones identitarias de un separatismo xenófobo. Si fuésemos consecuentes con lo que está imponiendo Sánchez, los jugadores de la selección española tendrían que haber comparecido en el palco de la fiesta cada uno con su pinganillo y con traducción simultánea, pues allí había vascos, catalanes, gallegos, valencianos…

¿Se imaginan a Francia ganando el Mundial y a sus jugadores enarbolando las banderas de Aquitania, Bretaña o Normandía en vez de la tricolor de la nación? ¿O a los futbolistas argentinos empuñando las enseñas de Salta, Tucumán o La Rioja en lugar de la albiceleste? Pues bien, cuando España ganó en Nueva York no se vio ni una bandera española en manos de los campeones, pero sí a cuatro o cinco con las de sus comunidades. Estos absurdos suceden porque el PSOE ha educado a las varias generaciones en el código tontolaba de que la bandera española es facha, el castellano lo inventó Franco y creer que Jesucristo es Dios resulta «poco progresista», pues el credo correcto son «la emergencia climática» y «las políticas de género».

El absurdo campa por doquier. Imagínense que unos salvajes encapuchados y con navajas hubiesen interrumpido una cita musulmana, o un encuentro gay en una carpa, o un acto de un partido separatista. Marlaska reaccionaría al instante iracundo y convocado el comité de urgencia contra los «delitos de odio». Sánchez subiría un tuit sentidísimo. Un rosario de ministros desfilaría por las televisiones denunciando la horrible escalada ultra. Pero como el ataque ha sido obra de vándalos separatistas contra aficionados de España, ni una palabra de un solo miembro del Gobierno; no vayamos a molestar a los socios a los que debemos nuestras poltronas.

Pero algo empieza a moverse. Los tiempos están cambiando, como demostraron con un sentido común digno de elogio el encantador seleccionador De la Fuente y algunos de sus extraordinarios artistas del balón.

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