No hay mayor emergencia que sacar de la Moncloa a su principal causante
Maniobra como jefes de esos «ladrones de la ley» que saquean al país arguyendo para exonerarse: «¡Cuántas cosas horribles debimos hacer para cumplir con nuestro deber!»
Para averiguar el estado de emergencia en que se halla esta España de fuego, cenizas y humo (mucho humo), con el Estado descuajeringado por los socios separatistas de Sánchez y con su Estado mayor podrido por una corrupción sistémica de la que procuran autoamnistiarse poniendo en solfa el Estado de derecho, basta fijarse en cómo es percibida al otro lado del estrecho de Gibraltar por el vecino del sur. Así, como ya obrara Hassan II en 1975 con la Marcha Verde para adueñarse del Sáhara español valiéndose de la agonía de Franco, Mohamed VI repite vez tras vez la tradición (traición, en realidad) paterna. Le ha bastado con oler sangre o vislumbrar cierto desfallecimiento en el vasallaje de Sánchez, sin que ambas razones sean incompatibles entre sí, para tensar la cuerda después de que hace diez días el presidente español tuviera la osadía de visitar a su homólogo argelino para normalizar unas relaciones rotas desde el 8 de junio de 2022 a raíz del viraje sanchista sobre el Sáhara occidental para proteger la integridad de Ceuta y Melilla.
En vez de a pie, como hace medio siglo, desbordaron las líneas de defensa del Ejército español; miles de «mojaítos» marroquíes están irrumpiendo a nado en Ceuta hasta colocar de nuevo en una situación límite a la ciudad española. Para estas dosis de reforzamiento de castigo de Marruecos, cualquier excusa sirve, como hoy la sentencia abstrusa del Tribunal Supremo que, extremando el adagio de «¡Hágase Justicia, aunque perezca el mundo!» («Fiat veritas, et pereat mundus!»), prohíbe rechazar en la frontera a inmigrantes que arriben a nado porque no traspasan ningún elemento de contención como ocurre con las vallas, atendiendo al recurso de un inmigrante argelino contra su deportación al reino alauita en noviembre de 2024.
Pero no cabe llamarse andana. Si bien los inmigrantes ni leen el BOE o ni están al tanto de veredictos, sí lo están los mercaderes de seres humanos y, sobre todo, la cancillería marroquí que, además, se dota y goza de unos servicios secretos que parecieran conocer mejor los entresijos españoles que sus colegas del CNI, que está hecho unos zorros. Como cuando destaparon la presencia clandestina en un hospital de Logroño del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, con un sumario abierto en la Audiencia Nacional, lo que abrió la caja de los truenos y descargó la consiguiente tormenta sobre Ceuta y Melilla, después de rehusar varios países europeos la solicitud argelina.
A la espera de otro resarcimiento a Marruecos para que cese con su oleada de espaldas mojadas mientras avizora una solución transitoria a la gibraltareña para Ceuta y Melilla como si fueran colonias, el régimen magrebí exhibe su fortaleza teniendo de su lado a Trump y a EE.UU. como «socio estratégico», lo que agradece dedicándole la autopista que conecta la metrópolis con la antigua colonia española. Entre tanto, España se debilita cual perro flaco para el que todo son pulgas, fruto de la pervivencia de Sánchez en La Moncloa, haciéndose tributario de los enemigos de la nación sin atender al célebre adagio de Montaigne de que «es debilidad ceder a los males, más es locura alimentarlos». Dejados de la mano de Washington, ya no hay teléfono al que llamar como en la crisis del islote de Perejil del verano de 2002, echando mano la ministra Ana Palacio del secretario de Estado, Colin Powell, al que le costó Dios y ayuda localizar el peñascal de míseras cabras conquistado por uniformados marroquíes.
«Condenados a entenderse» es una frase recurrente desde el 18 de julio de 1945, en que España finiquitó su protectorado sobre el norte de Marruecos y evacuó Tánger. Una manoseada muletilla que muestra tanto un deseo largamente anhelado como también la inercia a la hora de tomarle el pulso a esta espinada cuestión que aparece y desaparece, haciendo que los gobernantes españoles se sientan como el personaje de Miguel Delibes que veía su vida reducida a un siniestro círculo vicioso.
Desde entonces, como Francia con Argelia, Marruecos viene siendo el talón de Aquiles de una España que no acaba de saber afrontar con «la claridad de fines y el vigor de medios» que, según Salvador de Madariaga, aconsejan la historia y la geografía. En este sentido, nada presume que ambos países estén decididos de veras a entenderse, que es de lo que se trata. Tampoco con Mohamed VI, que emula la doblez de su progenitor, simultaneando las largas jornadas de caza con Franco (luego con don Juan Carlos) con los preparativos de la invasión del Sáhara español para cuando expirara aquel espadón africanista que se las tuvo tiesas con Primo de Rivera al exteriorizar este: «Gibraltar, para España, y lo de más abajo para quien lo quiera». Aquella intemperancia del dictador jerezano no se la perdonaron unos oficiales ávidos de resarcirse del desastre de Annual y que, en una visita a las posesiones españolas en África, le obsequiarían con un menú entero de platos elaborados con huevo en una escena digna de una película del testicular cineasta Bigas Luna.
Por eso, esta penúltima arremetida marroquí indica que España deambula sonámbulamente en manos de quien hoy personifica la gran emergencia del presente y cuya salida de la Moncloa se convierte en una gran urgencia que se agrava desde que Marruecos le interviniera su teléfono entre el 19 y el 31 de mayo de 2021, coincidiendo con una de tantas crisis diplomáticas, y le sustrajera 2,5 gigas de un material, a lo que se ve, altamente arriesgado para su porvenir.
En este brete, Sánchez naufraga procurando subsistir repartiendo indultos a troche y moche, como el otorgado a la expresidenta del Parlamento catalán y dirigente de Junts, Laura Borràs, condenada a cuatro años y medio de cárcel y 13 años de inhabilitación por el Tribunal Supremo por prevaricación y falsedad en documento oficial cuando dirigía la Institució de les Lletres Catalanes. Esgrimiendo que es como consecuencia de una resolución del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que estableció en su sentencia que la pena de prisión era «excesiva», 'Noverdad' Sánchez confirma que puede invocar la Biblia como el mismísimo demonio si le conviene, dado que, en junio de 2021, otorgó esa medida de gracia a los nueve cabecillas del golpe de Estado separatista del 1-O de 2017 en Cataluña contra el dictamen precisamente de la máxima instancia judicial. Es la conseja que, en «El mercader de Venecia», de William Shakespeare, le traslada el acaudalado naviero Antonio al arruinado noble al que le presta 3000 ducados para que, con tales posibles, acceda al amor de la rica heredera Porcia. «Ten -avisa a Bassanio- esto en cuenta: el diablo puede citar las Escrituras para sus propios fines. Un alma malvada que da un testimonio santo es como un villano con una sonrisa, una manzana hermosa pero podrida por dentro: ¡Oh, qué hermosa apariencia tiene la impostura!».
Por esa vía, mientras la cuerda de imputados sigue alargándose, ahora con otro exdirector general de la Guardia Civil, y la tabla de salvación a la que se agarran es anular los procedimientos judiciales, la democracia y el Estado de derecho se astillan por parte de Sánchez, quien hace estos ejercicios de arbitrariedad para demostrar a todos, en especial a los jueces, que no hay más poder que el suyo. Maniobra como jefes de esos «ladrones de la ley» que saquean al país arguyendo para exonerarse: «¡Cuántas cosas horribles debimos hacer para cumplir con nuestro deber!».