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Columnata abiertaJosé Manuel Barquero

El neosalvajismo mata

Un incendio puede ser inevitable. Lo que sí parece evitable es que el fuego se vuelva inextinguible porque le hemos construido autopistas para viajar sin freno, a la velocidad que determine el viento. Es la paradoja perfecta y definitiva del anticapitalismo verde: proteger el medio ambiente facilitando su destrucción

Si dejamos a un lado el desarrollo de las artes, la historia de la civilización es la historia de la dominación del hombre sobre la naturaleza. Esta afirmación supone una herejía para la religión woke que, entre otras sandeces, lleva tiempo incurriendo en una fascinación pueril por lo salvaje. Cuando hablamos de dominar la naturaleza, no nos referimos necesariamente a las grandes infraestructuras modernas. En el Neolítico, hace más de 10.000 años, las personas dejaron de desplazarse sin parar y comenzaron a instalarse en lugares permanentes. El paso de una forma de vida nómada a una sedentaria implicó un cambio en el modo de supervivencia: es el tránsito desde la recolección a la agricultura. Los seres humanos trasforman la tierra, modifican su estado natural, la adaptan y se adaptan para alimentarse de ella.

¿Y qué es un puerto artificial sino un invento del hombre para protegerse de la fuerza del mar? Un pequeño dique, o uno grande, ofrece refugio a embarcaciones dedicadas a la pesca, al transporte (de personas o de mercancías) o al ocio. No existió ninguno hasta el año 2.600 a.C., cuando se construyó el primero en las costas egipcias del Mar Rojo. Resulta impagable el espectáculo visual que se observa desde la costa cuando una tormenta azota el océano. Sin embargo, la mayoría celebramos que la mano del hombre haya creado lugares en esa costa para abrigo de los navegantes.

En las montañas, los seres humanos abrieron senderos y pasos para lograr franquearlas, o al menos poder trasladarse de unos valles a otros. Podría seguir escribiendo obviedades como estas hasta el final de la columna y, a pesar de ello, seguirían existiendo necios que idealizan la naturaleza como una manera de protestar contra un mundo desarrollado en el que vivimos, ellos también, infinitamente más cómodos que nuestros antepasados.

Una de las consecuencias de esta fascinación por lo salvaje es la «moda» irresponsable de mantener intacta la cantidad ingente de biomasa que hoy invade nuestros montes. Esto de no tocar ni un palmo de los bosques por lo bonitos que quedan en ellos los árboles, recuerda a la polémica surgida por la recuperación de lobo en el norte de España. El lobo es un animal hermoso, de una belleza fría, deslumbrante, pero también una alimaña implacable que mata por instinto, no sólo por hambre. Por ello, su presencia descontrolada es incompatible con la explotación ganadera. El ecologismo radical reniega de ese control porque hace 8.000 años, cuando surgió la ganadería, no se encerraban a las ovejas ni a las cabras.

El filósofo francés Pascal Bruckner escribe que este neosalvajismo «quiere regresar a los orígenes de la humanidad, pero la historia ya ha superado esta etapa». Sucede que, unos milenios atrás, no existían las colillas mal apagadas, ni ardían los coches en los arcenes, ni se caían los postes eléctricos por efecto del viento. Había incendios, pero no había aviones cisterna, ni redes sociales, ni partidos políticos. Por no haber, ni siquiera había ecologistas.

Me vengo a referir a que este anarcoprimitivismo ha terminado por imponer un discurso que, además de absurdo, conduce a resultados criminales. Que algunos urbanitas defiendan una existencia asilvestrada no pasaría de ser una boutade si no fuera porque hay personas que pierden su vida, o todo su patrimonio, por una inexistente gestión de nuestros montes. Un incendio puede ser inevitable. Lo que sí parece evitable es que el fuego se vuelva inextinguible porque le hemos construido autopistas para viajar sin freno, a la velocidad que determine el viento. Es la paradoja perfecta y definitiva del anticapitalismo verde: proteger el medio ambiente facilitando su destrucción.

Ya lo dijo otro filósofo, nuestro Miguel de Unamuno: ¡Que inventen ellos! Hace unos años, pasé parte de mis vacaciones de verano en la Isla de Skye, en Escocia. Sus poco más de 10.000 habitantes viven de la agricultura, de destilar whisky y, sobre todo, del turismo. Sus visitantes viajan hasta la mayor de las Hébridas para admirar praderas calcáreas, lagos marinos y bosques frondosos a los pies de la cordillera más hermosa de Gran Bretaña, los Cuillins. De camino hacia The Old Man of Storr, un impresionante monolito de roca de más de 50 metros de altura, sólo me crucé un cartel que alertaba a los caminantes de la prioridad sobre los senderistas de las máquinas o vehículos conducidos por operarios de mantenimiento. En plena temporada alta del turismo, grandes buldócers hacían los trabajos de tala y desbrozamiento de enormes extensiones de pino silvestre, unas tareas de prevención que, en aquellas latitudes, no se pueden ejecutar durante el duro invierno subártico. Esta continúa siendo una escena habitual en zonas de Escocia de alto valor ecológico, un país donde, al parecer, la ingeniería forestal no es una cuestión de izquierdas ni de derechas, sino de ciencia y sentido común.

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