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Desde la almenaAna Samboal

Otra frontera caída

Ni los ceutíes ni los ciudadanos de Melilla podrán confiar de nuevo en un gobierno que les ha dejado abandonados a su suerte. Tampoco lo harán las mujeres y hombres que se juegan la vida trabajando para los servicios de información e Inteligencia del Estado después de ver cómo el ministro del Interior les ha ridiculizado

Buena parte de la ciudadanía española piensa que Europa es el bálsamo de fierabrás capaz de conjurar los efluvios tóxicos que siguen emanando de nuestros demonios históricos. Es una creencia que alientan nuestros políticos, esencialmente los que hoy militan en las filas del Partido Popular, pero proviene de los años de la Transición. Entonces, los demócratas que a izquierda y derecha del arco parlamentario promovieron la adhesión a los tratados pensaron que el pasaporte comunitario nos vacunaría contra cualquier tentación de involucionismo. Y, aunque el tiempo y los hechos han demostrado que ha ejercido un benéfico efecto en España, la Unión no es ni será la pócima mágica que acabe con nuestras miserias locales. Europa se ocupa de lo que atañe a Europa y los europeos y el resto son asuntos que tendremos que resolver por nuestros propios medios. Si los españoles queremos suicidarnos —políticamente hablando—, se mantendrán al margen siempre que la sangre no les salpique.

Europa nada tuvo que decir y nada dijo del golpe constitucional en Cataluña, a pesar de que este gobierno ha borrado a su conveniencia y sin recato alguno todos los delitos contra la convivencia y la democracia que se perpetraron. Europa ni siquiera ha levantado la voz para reclamar un solo presupuesto en lo que llevamos de legislatura. En la medida en que cumplamos con los compromisos fiscales que hemos contraído con nuestros socios, de lo que en Moncloa se cuidan muy mucho, no lo hará. No son asuntos que les atañan. Sólo en una ocasión se ha inmiscuido directamente en la política interna española. Lo hizo cuando José Luis Rodríguez Zapatero, en su alocada y necia huida hacia adelante, colocó al borde de la quiebra a la Hacienda española y puso en severísimo riesgo la unidad y estabilidad del euro y, por tanto, de la arquitectura financiera internacional. Cuentan que, en una sola noche, recibió llamadas de Trichet, Merkel, Obama y el presidente chino para urgirle a que pusiera las cuentas en orden e hiciera las maletas. Se dirigió al Congreso, congeló las pensiones, bajó los salarios y convocó elecciones.

Europa podría haber hecho lo propio con Pedro Sánchez a cuenta de la crisis de Ceuta. La alerta conjunta de Von der Leyen, Meloni y Tajani apuntaba en esa dirección: la política del Gobierno español estaba poniendo en riesgo la seguridad comunitaria. La invasión de la ciudad autónoma no es solo un asunto español, es una frontera exterior. Sin embargo, el presidente se ha desplazado a veranear a Canarias porque, aparentemente, el riesgo que le demudó el rostro durante unas horas se ha conjurado. En ningún caso la amenaza de Marruecos sobre nuestro territorio, que es a todas luces evidente y creciente, pero sí la desazón de los italianos. Hábilmente, Marlaska ha logrado endosar a la Comisión las gratificaciones y las gestiones con los enviados de Mohamed VI. Por eso era tan inoportuna la demanda de explicaciones de Margarita Robles a Rabat. Por esa misma razón salió a corregirla con urgencia la portavoz del gobierno.

Esta crisis, sin embargo, deja nuevas heridas abiertas en esta legislatura que va dejando para la historia hitos que querríamos olvidar. Ni los ceutíes ni los ciudadanos de Melilla podrán confiar de nuevo en un gobierno que les ha dejado abandonados a su suerte. Tampoco lo harán las mujeres y hombres que se juegan la vida trabajando para los servicios de información e Inteligencia del Estado después de ver cómo el ministro del Interior les ha ridiculizado.