Mohamed VI puede dejar a Felipe VI sin santo ni peana
No en vano, la entrada masiva de inmigrantes y la cesión sistemática ante Rabat le reporta un flujo migratorio que, mediante regularizaciones como la que está materializándose, redunda en el voto agradecido de quienes irrumpen en España al vítor de «¡Viva Sánchez!»
Si el Rey de España no puede viajar libérrimamente a cualquier punto de la geografía española como Ceuta y Melilla por la apetencia del sultán de Marruecos, lo que parece es. Por eso, cuando el vecino del sur irrumpe en territorio nacional, como el jueves 31 julio coincidiendo con el aniversario de la entronización de Mohamed VI, no basta con que Felipe VI salve su negra honrilla recibiendo en audiencia al presidente ceutí Juan Jesús Vivas, en el Palacio de Miravent, después de deplorar –eso sí– la operación de la inteligencia marroquí sin la cual hubiera sido imposible desplazar a un población equivalente a la de Toledo y luego producir su retorno mayoritario, una vez dada su dosis de refuerzo a Sánchez por citarse con su enemigo argelino y dar la doble nacionalidad a los saharauis de la antaño 53 provincia española.
No es excusa que Sánchez, como antes Mariano Rajoy, se oponga a esta encomienda suya como cabeza de la Nación. Si la Constitución determina que el Rey simboliza la unidad y permanencia de España, ¿cómo don Felipe pudo, ante el golpe Estado separatista del 1-O en Cataluña, dirigirse a la nación, pese a las reticencias de Rajoy, para instar a sus instituciones a frenar la sedición, y no puede obrar otro tanto con la ocupación marroquí de Ceuta? ¿Cómo es posible que, rigiendo la misma Carta Magna en 2017 que en 2026, el monarca compareciera en televisión para garantizar a todos los catalanes que «no están solos, ni lo estarán» prodigando luego sus periplos en medio de la dificultad y ahora deba contentarse con recibir al presidente ceutí, en vez de acudir a la ciudad asaltada recorriéndola juntos?
Llegado aquí, habría que concluir aquello de «no hay más preguntas, señoría», retomando la clásica expresión inglesa con la que el abogado zanja su interrogatorio, pero hay que continuar planteándolas cuando está en juego la Nación y el uso artero de la Constitución por quien no busca visar en buena ley los actos de la Corona, sino confinar al Jefe de Estado en La Zarzuela y que deba pedirle la llave para asomarse a la calle. En ese estado de libertad vigilada, más le convendría a Su Majestad, quien siempre ha sabido estar en su sitio venciendo trabas de toda laya, incluidos las familiares con su padre Juan Carlos I o su hermana Cristina, atender a la máxima de Baltasar Gracián de que «la buena exterioridad es la mejor recomendación de la perfección interior».
Por eso, su sitio estaba ayer en Ceuta aprovechando la festividad de la Virgen de África que parece, hoy por hoy, el mejor amparo de los caballas. Como cuando Felipe IV se encomendaba en los momentos críticos a Sor María Jesús de Agreda y esta lo persuadía de que «esa navecilla de España no ha de naufragar jamás, por más que llegue el agua al cuello». Pero ya se sabe desde el Cantar del Mío Cid en adelante, según le echaba en cara Don Rodrigo Díaz de Vivar a Alfonso VI, «muchos males han venido / por los reyes que se ausentan». Ello no ha sido hasta ahora el caso de Don Felipe. Pero sí puede serlo y acarrear el lamento del campeador burgalés: «¡Dios, ¡qué buen vassallo, si oviesse buen señor!».
No es para menos, por cuanto, España pierde de facto su soberanía sobre Ceuta y Melilla en cuanto su jefe de Estado no puede sentar sus reales en ellas, pero si puede hacerlo cualquier día el sultán de Marruecos. Bastaría con una operación similar a la de estos días en la que no ordene dar marcha atrás en su hegemonismo de hechos consumados. Como con el Sáhara de cuya apropiación se enteraron los españoles cuando la Casa Real alauita publicó una carta de Sánchez en la que este, sin conocimiento de su Consejo de Ministros, de las Cortes ni del Rey, entregaba la excolonia española a Rabat desatendiendo las resoluciones de la ONU siendo tan atento con la legalidad internacional.
De esa guisa, cualquier día aparece otra «carta marrueca», evocando la famosa obra epistolar del gaditano José Cadalso, en la que, bajo su firma también, el régimen alauita se adueñe de Ceuta y Melilla poniendo rumbo a las Islas Canarias como estación término. Pero antes puede asistirse al sonrojante esperpento de que Mohamed VI entregue en Casablanca la Copa del Mundial de Futbol de 2030 asignado a España con subsede en Portugal, como ha sucedido con el de EE.UU. con Canadá y México, y en el que Sánchez coló de rondón a última hora a Marruecos para cubrir el hueco de Ucrania tras la invasión rusa.
El mentido del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, asistente a la última Fiesta del Trono, negando la noticia de The Times tiene el valor de la palabra de 'Noverdad' Sánchez. Al aclarar que la FIFA adoptará la decisión «a su debido tiempo», está emplazando a que el trueque de Casablanca por Madrid (o Barcelona) se oficialice tras su reelección en el Congreso de la FIFA previsto –oh causalidad– en Rabat en marzo de 2027. Mediante ese cambalache, la reciente selección campeona se quedaría con un palmo de narices al dejarse meter por Sánchez otro gol en propia meta para que sume en el casillero marroquí como si enfundara esa elástica desde el hackeo de su móvil.
A raíz de aquella intromisión telefónica que sufrieron asimismo los ministros Robles, Marlaska y Planas, exembajador en Rabat, así como Begoña Gómez, Sánchez transitó de su ardor guerrero con la invasión de Ceuta en 2021 a raíz de que los servicios secretos marroquíes descubrieran la presencia en un hospital de Logroño del jefe del Frente Polisario, Brahim Gali, enfermo de cáncer y de coronavirus, a celebrar esta vez, tras pasar la avalancha de 8.000 a 72.000, la supuesta colaboración marroquí. Pero ayer como hoy, como elucidó hace cinco años el ministro alauita Mustafá Ramid, se trataba de hacerle pagar caro a España «el precio de subestimar» a su país retirando a su embajadora y sellando los pasos fronterizos con Ceuta, lo que llevó a Sánchez a trasladar la advertencia velada a Marruecos de que “no tiene ni mejor ni mayor aliado en la UE que España». Después del hackeo, donde hubo aguja, ahora hay algodón hasta ser Sánchez su mejor portavoz tras violar la frontera española.
Bajo esa premisa, la responsabilidad primera reside en el Gobierno español, no en el marroquí que se sirve de su inacción para dar rienda suelta a su expansionismo transitando de la marcha verde de 1975 durante la agonía del general Franco a esta otra marcha azul a nado sobre Ceuta de esos 72.000 hijos de Mohamed. Al fin y al cabo, la Historia certifican que el apaciguamiento sólo agiganta la ambición enemiga debido a la estupidez de aquellos que, según Aristóteles, «no se irritan en las cosas que deben», pero también de aquellos otros que «no se enojan como deben, ni cuando deben, ni con quien deben».
En ese atolladero, a Sánchez no le queda otra que sacar el balón de su área y pegar un fuerte puntapié hacia los gobiernos de coalición autonómicos de PP y Vox con la excusa del reparto de menores emigrantes, pero olvidándose de las recriminaciones de sus socios catalanes y vascos que se oponen a esos traslados bajo el principio, como ha expresado la consejera vasca del PNV, de que donde mejor están esos críos es con sus padres, por lo que la solución es devolverlos a sus casas. En este sentido, mejor exigir a Marruecos la aplicación del acuerdo suscrito por Zapatero de 6 de marzo de 2007 entre ambos reinos «sobre cooperación en el ámbito de la prevención de la emigración ilegal de menores no acompañados, su protección y su retorno concertado». Sin embargo, Sánchez antepone avivar el conflicto a resolverlo.
No en vano, la entrada masiva de inmigrantes y la cesión sistemática ante Rabat le reporta un flujo migratorio que, mediante regularizaciones como la que está materializándose, redunda en el voto agradecido de quienes irrumpen en España al vítor de «¡Viva Sánchez!». Tanto el presidente español como Mohamed VI hacen un negocio redondo haciendo converger, a costa de la mutilación de España y de la polarización de su convivencia, sus respectivas agendas 2030. ¡Cómo para que le vengan con exigencias de dimisión tras franquear la invasión de Ceuta y entregarle el óbolo del Mundial de Futbol de 2030 al sultán dejando a Felipe VI sin santo ni peana!