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Perro come perroAntonio R. Naranjo

El concepto de Óscar Puente

El nuevo ataque al Rey del ministro deja muchas lecturas, derivadas y pistas

Óscar Puente, que juega a suceder a Sánchez y por ello solo se dirige a quienes elegirán a su sucesor en el PSOE, que son los militantes (un grupo reducido y recalcitrante al que le gustan los brochazos y la testosterona); ha insistido en tildar de ignominioso al Rey de España por dejarse fotografiar junto a Javier Negre, considerado por el ministro un «agitador ultra».

La reincidencia demuestra ya para empezar que Pedro Sánchez está encantado con el ataque a la Corona, que en su propia estrategia está incluido ponerla en solfa cuando el momento procesal y electoral lo aconseje y que, además, está dispuesto a disfrutar con cualquier crisis, catástrofe o amenaza si ello le permite desviar la atención de sí mismo y la combinación de fraude democrático y escándalo endémico que encarna un presidente sin votos, sin mayorías, sin presupuestos y con terribles casos de corrupción mafiosa en su entorno político y familiar.

Puente, que es a la política lo que una mula a las carreras de caballos, ha utilizado esta vez una curiosa expresión para reprender a Felipe VI en público: que en su «concepto de país» no se tocaría «ni con un palo» al citado comunicador, de similar estirpe profesional a tantos otros que, en la orilla sectaria del PSOE, pueblan la parrilla de TVE sin que se le enciendan las alarmas deontológicas aquí presentes: el cabestrillo socialista, por lo visto, sí es digno de premio.

Es bueno, por contraste, enumerarle al ministro guardaespaldas, que evolucionará a Bruto de su César si las circunstancias lo permiten, algunas cosas más relevantes que en su «concepto de país» deberían incluirse si, aparte de seducir a sus seguidores con carnet, aspira a no ofender al resto de españoles. Por ejemplo, deberle la Presidencia a un terrorista, un prófugo y un golpista, a los que arrendaron el poder a cambio de ayudarles a traicionar al país al que juraron constitucionalmente defender.

Por ejemplo, no amnistiar ni indultar a quienes, tras cometer delitos contra la nación, mantienen sus intenciones, las difunden a los cuatro vientos y presumen de que la próxima vez será más fácil porque tienen las llaves de la Moncloa.

Por ejemplo, no okupar literalmente la Moncloa sin haber ganado en las urnas, careciendo de mayoría en el Parlamento y no pudiendo aprobar Presupuestos Generales en toda una legislatura. Por ejemplo, no quedarse en la playa mientras una parte del país arde o ha sido invadida, vendiendo una normalidad inexistente con el único fin de justificar la prolongada pereza estival de un absentista negligente.

Por ejemplo, no respetar la separación de poderes, no modificar por la puerta de atrás leyes para engordar artificialmente el censo electoral, no enchufar a mujeres y hermanos en actividades vinculadas al líder de un partido, no insultar a jueces y periodistas, no esconder como secreto de Estado los abusos en el derroche de recursos públicos o, entre tantas cuestiones que no deben caber en el «concepto de país» de un político decente, no rendirse ante Marruecos tras ser espiado ni ejercer de agente chino en Europa mientras Occidente se reorganiza sospechando del Gobierno de España.

En el «concepto de país» de un demócrata, en fin, Óscar Puente no sería ministro; Mercedes González no estaría al frente de la Guardia Civil; Zapatero no sería canonizado por el PSOE; Arnaldo Otegi nunca elegiría quién y cómo se gobierna y, por supuesto, Pedro Sánchez no estaría en la Presidencia. Y en ese país, por cierto, el Rey tomaría nota, sin prisa pero sin pausa, sin ruido pero sin miedo, de que van a por él.

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