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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Y ahora, el Rey en la diana

El sanchismo le señala ya en público con una falta de respeto que lo dice todo

El ataque de Óscar Puente al Rey por saludar a quien le saluda en un acto oficial, en este caso la toma de posesión del nuevo presidente de Colombia en la que estaba el comunicador Javier Negre, no es y no puede ser otro de los proverbiales impulsos del aguerrido titular del Ministerio de Guardaespaldas, cuya osadía para pronunciarse sobre cualquier cosa merece un estudio entomológico: hay que ir muy justo de fibra moral para seguir en el cargo después de Adamuz y mucha chulería para hacerlo con insultos a todo lo que se mueve e incluso desprecios públicos al Jefe del Estado.

Que Puente considere una «ignominia» cumplir con las normas educativas elementales e inevitables pero no gobernar gracias a prófugos, ver morir a 46 personas por subirse a uno de sus trenes o sacar a etarras de la cárcel para que no se enfade Otegi deja clara la catadura del personaje, el típico miembro de un clan de hooligans siempre dispuesto a lanzar la primera patada para lograr ser jaleado por los suyos.

Pero que lo haga con el Rey, y no con cualquiera de los que a menudo soportamos sus desprecios con espíritu franciscano y algo de perplejidad porque en alguien así recaiga el ministerio con más presupuesto, va más lejos del regüeldo cotidiano del machaca de Sánchez y perfila una deriva que aquí ya hemos anunciado en unas cuantas ocasiones.

Porque si Sánchez solo puede seguir de presidente gracias al nacionalpopulismo de los partidos separatistas y de extrema izquierda y Felipe VI es el último muro de contención de sus siniestros planes, al líder socialista no le quedará otra que abrir el melón del sistema democrático vigente, siquiera a efectos de propuesta electoral y bajo el disfraz que le confiere una variada gama de eufemismos: la nueva España federal, confederal y republicana; una propuesta vanguardista para renovarla y que perdure dos o tres siglos.

La simpleza de la negligente idea ronda la cabeza de Sánchez por esa única razón de supervivencia, y ha encontrado en el contraste entre el desprecio que él provoca y el aprecio que suscita Felipe VI una razón más trabajar en esa peligrosa línea, de la que el Rey parece haber tomado nota: tener agenda propia en Paiporta o Ceuta, con las dificultades que supone integrar sus decisiones personales en el marco institucional regulatorio de su actividad, es un indicio de que ha entendido que el futuro de la Monarquía Parlamentaria no puede estar ligado a todos los excesos del sanchismo sin correr el mismo destino pero que, también, un paso en falso puede soflamar las perversas intenciones que la chulería de Puente confirma.

Al Rey no se le puede pedir que ejerza de jefe del presidente del Gobierno, pero tampoco que se conforme con ser el ujier de un perdonavidas, y meterle en esa tensión es otra de las características definitorias de la calamidad monclovita: siempre somete a todo a una presión inaceptable, rompiendo las costuras del Estado de derecho con tácticas, decisiones y objetivos que obligan a todo y a todos a decantarse.

Él lo presenta como una lucha de bandos, en ese escenario imaginario de las dos Españas en trincheras que tanto hace por resucitar, pero en realidad la dicotomía es más sencilla: a un lado, los demócratas. Y al otro, quienes no lo son, encabezados por el Señor de la Mareta y sus tristes secuaces, entre los cuales el bocazas es un icono. Pero también un aviso para navegantes que un buen marino sabrá entender.

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