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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Los ceutíes son unos fachas violentos

Lo violento es asaltar una ciudad para echar a quienes viven en ella y exigirles que se aguanten aunque les abandonemos

Si alguien cumple estos requisitos, pensará que en Ceuta está ocurriendo lo contrario de lo que ocurre: «informarse» por TVE o cualquiera de los digitales auspiciados por el Gobierno; creer lo que le cuentan en persona Sánchez, el «mando único» que es un mandado, o cualquiera de los ministros Bolaños, Albares y Marlaska, con Puente siempre en la banda dispuesto a entrar al terreno con el único objetivo de partirle la pierna a alguien.

Y lo que pensará es que allí hay una crisis migratoria que no pudo controlarse porque nadie había detectado nada, que Marruecos no ha dejado de ayudar para mejorar la situación, que el Gobierno ha hecho lo imposible por controlar los daños y que alguien se está dedicando ahora a alimentar el odio, en un claro ejemplo de cómo sería España si tuviera el infortunio de quedar bajo el control de PP y de VOX.

Los culpables de esto son muy variados, y lo mismo irrumpen en escena grupúsculos conservadores americanos que piratas argelinos bajo mandato ruso, a los que hay que añadirles, ya sobre el terreno, los célebres «escuadristas» de ultraderecha que en la península persiguen violentamente a todo icono progresista que plante cara desde su cargo público o tertulia televisiva: ya saben ustedes que hoy en día, si eres de izquierdas, salir a la calle es un acto heroico y volver vivo a casa es un milagro.

Esa narrativa, que vienen aplicando desde hace años y se coronó con el propio Pedro Sánchez movilizando a la élite de la Guardia Civil para detener a los «escuadristas» que le habían echado de Paiporta (en realidad, dos paisanos indignados por el abandono), resulta especialmente obscena en el caso de Ceuta, pues olvida que en el viaje se humilla a los 80.000 españoles secuestrados y atemorizados en su propia casa.

Pero demuestra algo, muy inquietante: al menos de entrada, aunque eso puede cambiar cuando Sánchez detecte que Ceuta tiene pinta de ser su tumba política, el perverso laboratorio sanchista ha pensado que esta invasión puede ser una oportunidad para colar, de Gibraltar para arriba, el relato de que España tiene un problema con el fascismo y que la violencia contra los pobres inmigrantes es la prueba de ello: si estábamos en arreglarlo y está todo «normalizado», ¿a qué viene esa violencia en la playa del Trampolín, con la quema de un par de chabolas, jaleada por Feijóo y Abascal? ¿No ven cómo el peligro retrógrado era real? ¿Se entiende ya por qué debemos seguir en el poder sea como sea? ¿No está claro al fin que toda medida que adoptemos, sea cual sea, está justificada para frenar esta involución?

La obscena manipulación incluye abandonar a su suerte a Ceuta y humillarse ante Marruecos, con la certeza de que una parte de la población española nunca va a poder ver con sus propios ojos lo que allí está sucediendo y van a comprar el relato machacón del Gobierno y su lupanar mediático, según el cual Ceuta está llena de fachas violentos en coalición con la oposición española y las corrientes extremistas de medio mundo.

Hay que ser muy tonto o muy mala persona o las dos cosas para tragarse semejante infundio, pero dado que en España hay más lerdos que botellines, vamos a hablar de la verdadera violencia. Porque violencia es invadir una ciudad, ocupar sus plazas, playas y calles, echar de ella a quienes viven allí y la mantienen, perturbar hasta extremos insoportables la convivencia, alterar el orden público, elevar la delincuencia, encerrar a niños y mayores en su casa e imponer el miedo a salir de ella, colapsar los servicios públicos, boicotear el inicio del curso escolar, agredir a policías y militares y, por resumirlo, convertir Ceuta en el Bronx de los años 80 por el impulso de un Rey ajeno y la negligencia de un presidente propio.

Violencia es secuestrar los ceutíes con una invasión infame de quienes, además, quieren quedarse con su ciudad. Y es violencia también que, ante un altercado menor de una minoría de los ejemplares manifestantes pacíficos de Ceuta, cuyo derecho a la autodefensa crecerá en la medida en que aumente su indecente desprotección, se les estigmatice a todos mientras los asaltantes se ríen de ellos y el Gobierno del eterno veraneante estudia cómo sacarle partido a una nueva tragedia.

Violencia, en fin, es asaltar Ceuta, abandonar a los ceutíes, exigirles que se callen y convertir un acto bélico en una crisis migratoria: si el Estado no les defiende como se merecen, ellos tendrán que defenderse como puedan, y solo los cínicos podrán reprocharles algo. La única emergencia humanitaria que hay en Ceuta es ayudar a los ceutíes. Todo lo demás es falso, irrelevante o secundario.

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