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VertebralMariona Gumpert

La vida no se congela

La federación española de fútbol se plantea ahora ofrecer a las jugadoras de la selección la posibilidad de congelar óvulos. Así se pretende «compensar» a las deportistas el haber dedicado la mayor parte de su vida fértil al fútbol

Tener una hija que dedica quince horas semanales a entrenar gimnasia rítmica es, en muchas ocasiones, un incordio. Un incordio económico y logístico. Pero a la niña le encanta y, de momento, le hace mucho bien.

Este verano España volvió a ser campeona del mundo en esta disciplina. Hacía treinta y cinco años que no ocurría. Quienes aman este deporte celebraron la victoria, pero lamentaron también que no despertara ni una mínima parte del entusiasmo que suscita el fútbol masculino. Es comprensible, pero uno debe aprender a aceptar que aquello que ama con locura puede dejar por completo indiferentes a los demás.

A mí me interesa más otra pregunta: hasta qué punto merece la pena entregar buena parte de la juventud a un deporte. La competición de élite exige incontables horas y acarrea siempre el riesgo de una lesión o de quedarse por el camino, incluso en disciplinas que prometen fama y dinero. Elegir es renunciar. Quien entrena y compite debe saber por qué lo hace, para qué y qué está dispuesto a sacrificar.

La federación española de fútbol se plantea ahora ofrecer a las jugadoras de la selección la posibilidad de congelar óvulos. Así se pretende «compensar» a las deportistas el haber dedicado la mayor parte de su vida fértil al fútbol. En esto siguen el camino de clubes y ligas estadounidenses quienes, a su vez, se inspiraron en grandes empresas como Facebook y Apple.

Muchos han aplaudido la medida. Parecen creer que la fertilidad femenina se reduce a los óvulos. Los óvulos pueden congelarse; el cuerpo que años después deberá gestar, no. Tenerlos congelados no garantiza que llegue a producirse un embarazo ni que este llegue a término. De que la estimulación ovárica y la extracción de ovocitos no son inocuas mejor no hablemos.

Desde la invención de la píldora anticonceptiva, las mujeres llevamos décadas sometiendo nuestros cuerpos a intervenciones agresivas para alterar el curso de nuestra naturaleza. Muchas aseguran hacerlo libremente y en su propio beneficio, sexual o profesional. Me temo, sin embargo, que no pocas veces lo hacen para complacer a sus parejas sexuales y —esto hay que decirlo más— a sus jefes.

La revolución sexual tiene su correlato laboral y una víctima clara: la mujer. Lo peor es que, con demasiada frecuencia, nosotras mismas oficiamos nuestro propio sacrificio. En lugar de exigir que el trabajo se adapte al cuerpo femenino, forzamos al cuerpo femenino a adaptarse al trabajo. Lo más curioso es que culpamos a los hombres de nuestra propia naturaleza, como si la biología femenina hubiera sido diseñada por un varón misógino y con muy mala baba.

Bajo esta lógica, la píldora, el aborto, la congelación de óvulos, la fecundación in vitro e incluso la gestación subrogada constituyen etapas sucesivas de una emancipación cada vez más radical: la de la mujer respecto de su propio cuerpo.

Parece que todavía no hemos comprendido el alcance de aquel viejo refrán: Dios perdona siempre; el hombre, a veces; la naturaleza, nunca. Parte de las causas de la baja natalidad descansan en una creencia muy extendida: que la maternidad puede aplazarse sin pagar ningún precio.

También aquí se pretende equiparar la maternidad a la paternidad, como si conservar la capacidad biológica de engendrar un hijo equivaliera a conservar las fuerzas para criarlo. Un varón puede ser padre a los cincuenta años, sí. Pero que pueda no significa que sea lo ideal. Una vez más, las mujeres envidiamos la condición masculina en lugar de preguntarnos si nuestros propios límites no encierran alguna sabiduría, como la de recordarnos que cuidar de un bebé exige una energía que tampoco dura para siempre.

En todo caso, resulta curioso cómo, en este asunto como en muchos otros, el pensamiento progresista se alinea con «los intereses del capital», por utilizar su propio lenguaje. Así como ambos comparten trinchera en la defensa de una inmigración masiva y descontrolada, de nuevo los encontramos juntos defendiendo que la mujer renuncie a aquello que, en muchos casos, desea ser: madre. Madre en el momento más propicio y con la tranquilidad necesaria para disfrutar de la maternidad, en lugar de vivirla como un hándicap que la coloca en desventaja frente al varón.

Y todo por no entender dos cosas muy sencillas: que la vida es limitada y que vivir obliga a elegir. Las opciones que dejamos atrás hacen más valiosa, si cabe, la que escogemos, el sacrificio que hacemos por ella. Ya se trate de pasar una eternidad entrenando o de levantarse a atender llantos en mitad de la noche, cuando nadie mira.

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