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El puntalAntonio Jiménez

¿Cómo pretende Sánchez, entregado a Marruecos, frenar la próxima invasión?

La foto que aún permanece es la de una ciudad con sus playas, calles y espacios públicos ocupados por miles de los asaltantes, cuya presencia desordenada intimida y restringe la libertad de sus ciudadanos

Resistirá sin convocar elecciones aún, pero en esta crisis se ha dejado más pelos en la gatera que en todas las demás juntas por su querencia natural a la soberbia y al desdén, exhibidos desde el instante en que decidió tomarse unas largas vacaciones en Lanzarote con prórroga en Andorra, frustrada por lo osado e insultante de su intención, mientras los ceutíes vivían su particular calvario. Sánchez compareció en el Congreso y sólo admitió que Ceuta no ha recuperado todavía la normalidad treinta y cinco días después de la invasión, a pesar de que el supremo ocelote sanchista, Óscar Puente, decretara, horas después de producirse el asalto fronterizo, resuelta la situación con el desvergonzado comentario de: «Otra crisis más que resuelve Sánchez». Como si las otras sirvieran de ejemplo de buena gobernanza, honestidad política y eficacia probada.

La triste realidad es que los ceutíes siguen sumidos en un cotidiano estado excepcional social desde entonces, atrapados en una espiral de inseguridad y alarmante insalubridad pública. Con su resiliencia y sufrimiento los caballas se han identificado más que nunca con el aforismo machadiano de que «la patria no es de nadie, y si es de alguien, es del que más la sufre y no del que más la goza». A los ceutíes, desgraciadamente, les quedan muchos días aún de zozobra e inquietud después de que Sánchez pasara por el Congreso y no explicara, al margen de promesas por cumplirse, cómo pretende resolver ya, de manera inmediata, lo que ha sido incapaz de solucionar en 35 días mientras se tostaba al sol en La Mareta y su lenguaraz siervo, Puente, lo daba por resuelto.

La foto que aún permanece es la de una ciudad con sus playas, calles y espacios públicos ocupados por miles de los asaltantes, cuya presencia desordenada intimida y restringe la libertad de sus ciudadanos. Esa anormalidad y anomalía que padecen los ceutíes es con la que empatiza el resto de España, y no tanto Sánchez, tal y como expresaron cientos de miles de españoles en las concentraciones de solidaridad con ellos y en protesta contra un Gobierno culpable por omisión, incompetencia y vaya usted a saber qué otros condicionantes, de no haber respondido con firmeza de Estado al episodio de «guerra híbrida» orquestada y planificada por Marruecos. Cosa que de forma unánime reconocen ya oposición, socios y aliados parlamentarios de Sánchez y así se lo expresaron en el Congreso.

El que Marruecos, un país asimétrico social y económicamente respecto a España, utilice la emigración para presionar en sus reivindicaciones territoriales sobre Ceuta y Melilla y obtener ventajas y réditos económicos es un hecho tan evidente como que la finalidad de la inmensa mayoría de los más de 70.000 asaltantes de la frontera que invadieron Ceuta no fue migratoria, como subraya el documento policial entregado a la juez Tardón. Marruecos aprovecha esa asimetría de forma coercitiva frente a España porque tiene menos que perder y sabe que Sánchez, cogido por sus dídimos desde el hackeo de su móvil, jamás responderá con la fuerza a la violación de la integridad territorial de España, a pesar de reconocerlo, sino apelando a razones humanitarias de los invasores, como hizo en el Congreso, por más obsceno y flagrante que fuera el asalto fronterizo. Con el reconocimiento ante la cámara de esa dejación de funciones e inacción frente a la entrada ilegal y masiva de personas por la frontera de Ceuta, a pie en su inmensa mayoría, a nado en mucha menor medida por lo que queda cuestionada también la justificación del Gobierno al esgrimir la sentencia del Tribunal Supremo como causante de la crisis, Sánchez alimentó un efecto llamada a futuro.

La conclusión es fácil : si renuncias al uso de la fuerza ante una clara vulneración de tus fronteras y a utilizar los medios represivos legítimos del Estado para defenderlo y garantizar su seguridad e integridad territorial, cosa que obviamente no se hizo el 30 y 31 de julio, es muy probable que se repita otro asalto masivo a la frontera y una invasión similar en Ceuta o Melilla. Y si ocurriera, hipótesis más que probable, ¿cómo pretende Sánchez frenarla cuando ha supeditado los intereses permanentes de España a su supervivencia política y opta por la razón humanitaria antes que ejercer la fuerza como si una y otra fueran incompatibles? Puede y debe ayudarse a quien se está ahogando y paralelamente impedir que se entre a la carrera por la valla fronteriza, sin obstáculo ni freno alguno como se vio.

El supuesto pragmatismo diplomático con el que Sánchez pretende justificar su falta de reacción y firmeza con Marruecos es en realidad purita sumisión ante un vecino que desafía abiertamente la integridad territorial de España y humilla a sus ciudadanos. Por ello, prometer de forma grandilocuente, en su caso, que Ceuta y Melilla seguirán siendo españolas carece de valor mientras se permita que las calles de la ciudad autónoma sufran el caos consentido actual. Ceuta no es sólo una frontera de España y Europa en África; es, sobre todo, el espejo de un Gobierno rehén de los secretos y chantajes a los que está sometido su presidente, cada día más acorralado por la oposición y hasta por sus aliados de investidura, y bajo la advertencia real y por tanto nada imposible de materializarse, como le aventuró Feijóo e incidió Abascal, de terminar respondiendo de sus claudicaciones ante el Tribunal Supremo.

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