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TribunaFederico Romero

Nuevos retos de la humanidad ante la IA

Tenemos ya la experiencia de cómo la digitalización ha producido un empobrecimiento de lenguaje, por el uso de vocablos convertidos en signos más simples, recortados, o emoticonos, y ha supuesto el aislamiento por la atracción de las pantallas, en detrimento de las relaciones humanas

El llamado «íncipit», es decir, las primeras palabras de la encíclicas con la que son denominadas, sirven para titularlas y tienen la virtud de anunciar desde el comienzo por donde va a ir su contenido esencial. Unas de la encíclicas más recordadas en estos días fue la Rerum novarum (RN), del Papa León XIII, porque su sucesor actual, León XIV, ha querido señalar la continuidad doctrinal de la publicada este año: La Magnifica humanitas (MH) para avisarnos de que la «gran cosa nueva», la «Inteligencia Artificial» (IA), no debe hacernos perder de vista que, con ser una herramienta formidable, no debe sustituir ni superar la hegemonía del trabajo de los hombres, de la humanidad, de la dignidad de su trabajo y de lo que supone su dotación de conciencia y moral.

La Revolución Industrial dio lugar a dos obras importantes: Una, desde luego, la citada encíclica RN. La otra, la obra de Robert C. Allen sobre las causas de la génesis de la Revolución Industrial y sus consecuencias. Y resulta curioso que aquel proceso produjo los mismos miedos y esperanzas que ha despertado ahora la IA. Pero la diferencia con respecto a ésta, es la amenaza de sustitución del hombre y sus consecuencias, respecto a la necesidad de actuar con arreglo a principios éticos y morales. No debemos preocuparnos tanto de la perdida de puestos de trabajo -que circunstancialmente puede ocurrir, como pasó con la máquina en la primera revolución industrial- como el riesgo de esa sustitución de la humanidad, coj una dejación «de pensar» en beneficio de esta nueva máquina que llamamos IA.

Aquella, abrió nuevos puestos de trabajo al fabricarlas y repararlas. Ésta, supondría una nueva forma de esclavitud que abandonaría el liderazgo humano en la importante tarea de encauzarlos hacia el bien común y dirigirla según normas y principios éticos, dejándose llevar por la comodidad. Tenemos ya la experiencia de cómo la digitalización ha producido un empobrecimiento de lenguaje, por el uso de vocablos convertidos en signos más simples, recortados, o emoticonos, y ha supuesto el aislamiento por la atracción de las pantallas, en detrimento de las relaciones humanas, imponiéndonos además el consumismo desatado por los mensajes comerciales estudiados para hacerlos más adictivos. Y como dice el Papa León XIV su Encíclica (MH) «a menudo los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad y las exigencias de las máquinas, en vez de que éstas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan».

Cuando se publique este artículo habrán sido numerosos los trabajos comentando la abundancia e importancia de asuntos tratados en la MH, pero hay aspectos de la humanidad que dotan a la Encíclica de una unidad esencial, la convierten en un «corpus orgánico y la sitúan en la trayectoria de la doctrina social de la Iglesia, que es: la defensa de la dignidad con que Dios ha querido dotarnos a cada uno de los que la integramos y en su conjunto y que no dependen de nuestra riqueza, capacidades o rol que desempeñamos, o hemos desempeñado, en nuestra existencia, por muy modestos o importantes que hayan sido. Como dice el Papa: hay «un don que las precede y excede, dado por Dios como expresión de su amor»… «una dignidad ontológica que pertenece a todo ser humano, simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios» … Por tanto, la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada. Ha habido momentos de la historia de la humanidad en la que una parte de los hombres, por razón de su raza, color o situación social ha pasado por pruebas terribles. Recuerdo, por ejemplo, las actividades con las que el nacismo o el gulag quiso reducir al hombre a tal grado de degradación que les instaba al suicido o a la abdicación como verdadero ser humano. A perder su dignidad como ser humano e hijo de Dios. Entonces, a causa de las estudiadas torturas. Ahora por la inadvertencia, la comodidad y el abandono.

Aunque MH afronta una admirable enumeración de asuntos, cuya riqueza ha de ser desentrañada con una meditada lectura, considero que en ese conjunto de ideas destaca una idea central respecto a la IA: que lo mismo que quedó claro que la promoción al bien común no se construye solo sumando los intereses individuales, el principio del destino universal de los bienes requiere incluir «las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos». Porque la dignidad de ser hijos de Dios, aunque algunos la nieguen o reprueben, debe ser defendida frente a las ideologías que la degraden o las rechacen y frente a las herramientas que traten de privarles su primacía. Como dice la MH: «El principio de subsidiariedad vale de manera particular en el contexto de la revolución digital. Aquí el nivel superior no es el Estado, sino todo gran actor económico que ejerce un poder fáctico y tecnológico sobre las condiciones de la vida común». Unos pocos actores dotados de una enorme capacidad económica y tecnológica no pueden manipularnos desde la opacidad, la unilateralidad y el monopolio de los medios de comunicación, de tal forma que bienes comunes que nos permitirían mantener las riendas de la IA en beneficio de todos, se sometan a las reglas de unos pocos poderosos actores, pertrechados de una herramienta formidable, llamada IA.

Federico Romero Hernández fue secretario general del Ayuntamiento de Málaga y profesor titular de Derecho Administrativo
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