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tribunaMiguel Aranguren

Las llamas en las que quemar propósitos

No puedo ocultar mi desazón ante la llegada de un nuevo otoño y de otro invierno, que serán largos como de costumbre

En Nochevieja unos hacen balance de lo bueno y lo malo –como en la canción– del año que está a punto de morir. Si en la casa crepita una lumbre, garrapatean en un papel deseos y propósitos que lanzan al fuego, como si las llamas tuviesen poder sobre el destino. Por tonterías como estas, la celebración del fin de año es completamente prescindible para mí, aunque me apunte al gorrito de cartón y al matasuegras. Las buenas intenciones las traslado al final de las vacaciones de verano, que es un momento piripintado para evaluar cómo nos va la vida y, de paso, plantearnos –aunque sea en un rápido boceto– los próximos once meses.

Un curso completo da para muchas novedades, pues lo mollar de la historia del hombre contemporáneo sucede de septiembre a finales de julio, a pesar de que en este agosto que despedimos debamos apuntar varias excepciones con dolor y fastidio: la invasión planificada de Ceuta, la inacción de nuestro Gobierno ante tamaño abuso y el miedo de nuestros compatriotas de la ciudad autónoma. Y para los restos uniremos el listado de canciones que nos ha brindado P.S. –todo un gesto por parte del padre de la patria– al Bimbó de Georgie Dann.

Desde la atalaya del octavo mes del calendario, no puedo ocultar mi desazón ante la llegada de un nuevo otoño y de otro invierno, que serán largos como de costumbre. No sumo la primavera porque la luz, la temperatura, la lluvia y la eclosión de la naturaleza son promesa de un deseado tiempo estival. Pero, centrémonos… Tengo grabadas en la memoria las impresiones del regreso a casa después de esos veranos que se disfrutan en la infancia, en los que los malditos cuadernos Rubio eran la única conexión con la pesada realidad del colegio. Un niño posee una magia innata, con la que pasa de un escenario a otro con la certidumbre de que el presente es el único posible. Abuelos, bicicletas, saltamontes, baños de piscina, de río y de mar, renacuajos, primos, excursiones, bocadillos de sardinas, alpargatas, horas sin fin de juegos, pandilla, acostarse más tarde, chocolatadas, bosques, cinco hermanos en el asiento trasero del coche, cuánto falta, filetes empanados y tortilla en un merendero de la carretera… eran un todo, porque a un niño nadie le pregunta «¿Cuándo volvéis?» ya que la respuesta será un encogimiento de hombros, como el de un turista escandinavo al que alguien aborda en Écija para que le indique cómo llegar a un bar.

Los únicos borrones eran los anuncios de la tele y las carteleras de las calles, en las que unos traidores en pantalón corto lucían uniformes escolares entre una lluvia de libros, reglas y cartabones, balones de fútbol, zapatos Gorila y carteras (las mochilas no eran entonces un trasto colegial). Si uno hacía por no verlos, agosto no dejaba de ser un sinónimo de paraíso. Por todos estos motivos, volver a la gran ciudad provocaba cierto desengaño, pues todo seguía allí tal como lo dejamos, aunque durante dos meses y medio no hubiera formado parte de nuestros pensamientos. El barrio, el portal, el ascensor, el piso recalentado durante las semanas de canícula tenían un sabor extraño a novedad conocida. Durante unas horas, me invadía una conciencia total de que la mesa volvía a ser mesa, lo mismo la nevera o la ropa del armario, que tardaban unas horas –quizás un par de días– en recuperar la invisibilidad de las cosas cotidianas.

Recuperemos el asunto: el inicio del curso como la primera página de un libro en blanco, nuevo volumen en el que continuaremos la narración de nuestra vida. Su argumento consistirá en aquello que aparentemente no es extraordinario: la rutina. El pesimismo adjudicado al término nos invita a ser creativos para combatir el tedio.

Suelen ser las madres quienes suspiran por el orden que acompaña al curso. Los horarios facilitan la sana convivencia familiar, la recuperación de la jerarquía, el control en el ejercicio de las responsabilidades individuales y la vuelta de ciertos tiempos de silencio. Las vacaciones han sido todo lo contrario, una anarquía muchas veces exasperante y una huelga de relojes con las agujas caídas. ¡Pero de qué manera se disfruta! En agosto no nos preocupamos por los días de la semana, entregados a una felicidad natural, abierta a la práctica de nuestras aficiones. El verano trae ecos del estado original de nuestra especie, aquel frondoso Jardín del Edén, a pesar del calor exagerado, de las quemaduras por el sol, de las medusas, del tinto de verano sin gas, de las playas en las que no cabe un alfiler, de los restaurantes que no aceptan reservas, del desconcierto por la falta de correspondencia entre las fotos del apartamento alquilado y la realidad del cuchitril.

Volvemos, muchos bronceados como tizones, otros con la satisfacción de haberse deleitado con unos cuantos libros de calidad, de haberse asomado a bellísimos paisajes, de haber sumado muchas carcajadas con los amigos, de haber gozado junto a dos o tres generaciones de una misma sangre… o de todas esas experiencias. Ahora sí que ha llegado el momento de los propósitos para lanzarlos a las llamas de cada día.

  • Miguel Aranguren es escritor
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