Fundado en 1910

Con la excepción de algún bendito eremita aislado en su cenobio, o de fenómenos como el cineasta Garci o el profesor Togores, que gozan del magnífico lujo de no tener teléfono móvil, el resto de la humanidad padecemos un déficit de atención galopante por obra de la tecnología. Confesemos: ¿Quién es capaz de ver una película del tirón en su sofá sin consultar el móvil? Nadie.

El pozo sin fondo de internet, el aislamiento con auriculares y las pantallas han reducido el silencio, la capacidad de concentración -y el aburrimiento- imprescindibles para el estudio profundo y la reflexión. Ese enorme cambio psicológico afecta también a los escolares, contribuyendo a mermar su rendimiento en matemáticas, ciencias y comprensión lectora. Pero la revolución digital sucede en todo el planeta, no solo en España. Y curiosamente, los alumnos asiáticos se desempeñan cada vez mejor, mientras que los españoles de la nación de naciones plural, diversa, igualitaria y perezosa lo hacen cada vez peor.

Nuestro problema es que los estudiantes españoles lo están haciendo peor que los de los países occidentales con quienes se deben equiparar. El respetado informe Pisa (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos) nos ha propinado un sonado cate, con un fuerte retroceso en los últimos cuatro años, en plena regresión «progresista». España ocupa el puesto 14 del mundo por PIB. Pero en este examen educativo caemos al 30 del escalafón, por detrás de nuestros vecinos Portugal, Francia e Italia.

¿Qué está pasando? ¿Son solo las pantallas… o presenta España alguna característica específica que provoca que nuestros resultados sean peores? La respuesta correcta es la segunda. El sanchismo se ha caracterizado por unas política educativas que coloquialmente podríamos definir como de fomento activo de la burramia.

Los pobres «niñas y niños» y «jóvenes y jóvenas» no deben ser presionados exigiéndoles algo tan retrógrado como que aprendan cosas. Memorizar es un horror franquista. A los colegios se va a «sentir y descubrir», como le dijo la tutora a un amigo mío (que se quedó espantado y acto seguido cambio a sus hijos de centro). El mérito y el esfuerzo son reaccionarios. El igualitarismo socialista se deja sentir en la educación con la solidaria idea de dejar pasar de curso con un carro de suspensos, pues ningún niño debe sentirse menos que otro.

Muchísimos profesores están excesivamente ideologizados y ponen más interés en lavar los cerebros de los chavales con sus obsesiones sectarias que en enseñarles conocimientos. Los padres ponen el grito en el cielo si un malvado docente se pone exigente con su nene (corregir un examen con un boli rojo se ve ya como una agresión). La autoridad de los maestros está por el suelo, empezando por el tuteo igualitario del alumno al profesor. Por último, aunque no menos importante, subyace como siempre el problema de las taifas autonómicas, sin una enseñanza única y bien reglada, con los alumnos estudiando al detalle todo tipo de menudencias locales mientras se saltan hasta a los Reyes Católicos y Sócrates.

Mientras en la España socialista hemos optado por un modelo de no molestar al niño y aprobar a todo el mundo, China, Singapur, Taiwán, Corea del Sur, Japón… copan los primeros puestos del ránking Pisa haciendo todo lo contrario. Su fórmula es más vieja que el hacha de sílex: hincar codos. Los asiáticos nos están comiendo en todos los terrenos porque le ponen más ganas a la vida; así de fácil.

Pisa saca también los colores a los nacionalistas vascos y catalanes. Madrid y Castilla y León, regiones gobernadas desde hace décadas por el PP, logran los mejores resultados de España. Pero Cataluña ha sido excluida por Pisa por sus chanchullos con la muestra de alumnos y el País Vasco se descalabra con su genial idea de obligar a los chavales a estudiar en un idioma que no hablan ni en la calle ni en sus casas. Cuando se pisotea el sentido común al final nunca ocurre nada bueno.