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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Solo Marruecos defiende ya a Sánchez

Para vergüenza del PSOE, Mohamed VI salta en defensa de su líder, que es otra manera más de humillar a España

A Pedro Sánchez solo le ha defendido Marruecos, que le trata como a Petain en la Francia dominada por Alemania: un amigo, un esclavo, un siervo, que acabó juzgado por alta traición y murió en la ignominia en la remota isla de Yeu.

Mientras Ceuta literalmente ardía, el colaboracionista hablaba de crisis humanitaria, presentaba a los asaltantes como si fueran primos de los inmigrantes a Lampedusa y movilizaba a Marlaska para tildar de «inseguridad subjetiva» el miedo atroz de los ceutíes al ver una Intifada en sus calles.

Sánchez tiene a sus hijas en escuelas pijas, a su esposa en la Moncloa y a su madre en un buen piso, pero las de los ceutíes no pueden ir al colegio, no salen solas a la calle y pasean, con un andador, en los descansillos de los portales. Y en lugar de escucharles a todos ellos y de desear que vivan parecido a su familia, se dedica a disculpar a Marruecos y a aceptar su ayuda envenenada: un comunicado que se parece más al que podría haber emitido Berlín para defender a su lacayo en el Régimen de Vichy, en el que carga contra la verdadera España para salvar a su triste mozo de heces, el encargado de limpiarle el trasero a Rey ajeno.

De la cobardía de Sánchez da cuenta el tratamiento como «crisis migratoria» de una invasión violenta; la mayor estima por los asaltantes que por los asaltados y la cruel movilización de su ejército de pelotas para repetir machaconamente la idea, rematada por el indecente vacile de Rabat, que siempre ha tenido el mismo plan anexionista con Ceuta y Melilla.

El presidente de paja es un panoli que solo dijo una vez la verdad, aquello de la «violación de la integridad territorial» española y, desde entonces, ha tenido un comportamiento que encaja a la perfección en el artículo 582 del Código Penal sobre el delito de traición: «El español que facilite al enemigo la entrada en España, la toma de una plaza, puesto militar, buque o aeronave del Estado o almacenes de intendencia o armamento».

Y también en el 584: «El español que, con el propósito de favorecer a una potencia extranjera, asociación u organización internacional, se procure, falsee, inutilice o revele información clasificada como reservada o secreta, susceptible de perjudicar la seguridad nacional o la defensa nacional, será castigado, como traidor, con la pena de prisión de seis a doce años».

Incluso en el 592, que castiga los delitos que afectan a la seguridad y la independencia del Estado, se detecta rastro del comportamiento de la calamidad que nos desgobierna: «Serán castigados con la pena de prisión de cuatro a ocho años los que, con el fin de perjudicar la autoridad del Estado o comprometer la dignidad o los intereses vitales de España, mantuvieran inteligencia o relación de cualquier género con gobiernos extranjeros, con sus agentes o con grupos, organismos o asociaciones internacionales o extranjeras».

Seguramente las leyes no estaban preparadas para el caso particular de Sánchez, al considerarse imposible un comportamiento así en un presidente, pero convendría explorar el recorrido judicial de su caso, ya iniciado en abstracto por la jueza María Tardón en la Audiencia Nacional: si ella percibe que esos delitos han existido y tira del hilo, será difícil no llegar hasta el delegado marroquí de Mohamed VI en España, un Boabdil con lágrimas de cocodrilo que está encantado de entregar Granada.

Mientras, quedará para la posteridad el ejercicio único de inhumanidad que supone abandonar a la población civil de Ceuta, auxiliar a sus agresores para que no les falte de nada, callarse ante el promotor de la función y dejarle que te humille una y otra vez y, en ese viaje tétrico, atacar a la Corona, al CNI, a la Justicia, a la Policía Nacional y a los millones de ciudadanos que ya se sienten ceutíes de corazón en toda España. Todos somos un poco caballas menos el presidente, un triste salmonete en la cadena trófica del tiburón con turbante marroquí.

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