Mari Carmen 2: ¿Qué fue del ahorro?
Nuestros padres y abuelos vivían con la idea de que había que sacrificarse y ahorrar para comprarse un piso, ahora se lleva más el 'carpe diem' y el lamento
Una amplia encuesta ha planteado una pregunta muy sencilla: «¿Qué entiende usted por largo plazo?». Si me preguntasen, diría que unos ocho o diez años. Pues bien, la contestación que se impuso fue que largo plazo son hoy 90 días. Vivimos en la sociedad del carpe diem, del disfruta del momento, de la búsqueda de la gratificación instantánea. Pero no siempre fue así.
Millones de españoles nacidos en la segunda mitad del siglo XX nos criamos en un mundo donde todavía se asumían sacrificios en nombre de objetivos a largo plazo (el de verdad, no el de 90 días).
Cada uno habla de lo que conoce y ha mamado. Mi familia paterna salió de Puerto del Son. Es un pueblo marinero con carácter y encanto y unas playas inacabables, desde donde se divisa una puesta de sol memorable a la sombra del Monte Louro, al otro lado de la ría. Pero el futuro no pasaba por allí, así que mis abuelos emigraron a Vigo. Tras titularse en la Escuela de Náutica, mi padre empezó a navegar en Bouzas como patrón de pesca y poco después lo fichó un armador consolidado de La Coruña. El joven patrón resultó un fenómeno de lo suyo, ganó mucho dinero jugándose el tipo en Gran Sol y él mismo acabaría convirtiéndose en armador. A rebufo de su éxito, una docena de familiares emigraron a enrolarse en barcos coruñeses. Los había de todo tipo: inteligentes y currantes, ni fu ni fa, dispersos… Pues bien, todos acabaron siendo propietarios de pisos, algunos en plural.
Entre aquellos labradores de la mar figuraba un primo segundo enjuto, pequeño y nervioso, apodado Valiente por su arrojo temerario en las maniobras de cubierta. No era exactamente un lince, sino más bien todo lo contrario. En una ocasión, en una noche cerrada en el muelle, para indicar el punto de atraque a un barco que se acercaba no se le ocurrió idea mejor que ponerse a hacerle señales con un paño negro. Otras veces aseguraba haber asistido al portento de una gallina resucitada tras cortarle el gaznate por error: «Al darse cuenta de la equivocación, le pegaron el pescuezo rápido con un esparadrapo y siguió andando tan pancha», relataba convencido. Su mujer, a la que apodábamos Lela de Windsor por su notorio parecido con Isabel II de Inglaterra, trabajaba como limpiadora. Padres de un hijo, carecían de formación y no eran los más listos del mundo. Pues bien, cuando se retiraron tenían dos pisos de su propiedad. ¿Cómo lograron semejante milagro? La fórmula es sencilla: trabajando y ahorrando.
Mi madre, rumbo a los noventa, al ir sumando años repite cada vez más sus máximas favoritas. Una que no perdona es aquella que reza que en la vida lo más importante es comprarse un piso. «Si tienes tu casa, pues ya está. Para comer siempre te vas a apañar con unas parrochas, un poco de raxo o unas albóndigas». Acto seguido, jamás falta un lamento sobre alguna conocida de su quinta que vive de alquiler: «Ay, qué peniña; de alquiler estás vendido, es una inseguridad».
Los gallegos de aquellas generaciones, tal vez como herencia del minifundismo, poseían un sentido atávico de la propiedad, que consideraban sagrada, intocable. Eran instintivamente liberales, alérgicos a veleidades comunistoides. Miles y miles emigraron para intentar prosperar, para «hacer un petiño». Miles se esforzaron para que sus hijos subiesen al ascensor social y accediesen a unos estudios que ellos no habían disfrutado. Lo mismo ocurrió en el resto de España con toda la gente de la llamada Generación de Pana, la que puso en marcha este país.
Telefoneo a mi madre y comentamos lo del desahucio de Mari Carmen, al que TVE dedica casi 20 minutos en sus Telediarios (el doble que a los 24 años de cárcel de Ábalos o a la condena del hermano del presidente). Me cuenta desde su sofá de La Coruña otra de sus historias: «Cuando vosotros erais niños, compramos dos pisos para alquilar aquí al lado, en la calle Rianxo. Una inversión. Los acabamos vendiendo, porque te pagaban dos pesetas y las leyes de Franco no te dejaban subir el alquiler. Al cabo de un tiempo vimos que estábamos haciendo el tonto. Nos había costado mucho trabajo comprarlos y estábamos perdiendo el dinero». Mis padres no eran ningún «fondo buitre», ni ningún «gran tenedor». La suya era la mirada de un propietario que se había hecho con un bien con su esfuerzo.
Cuando sonó el teléfono, mi madre estaba viendo la tele antes de bajar al café con sus amigas (¡menuda panda tienen las abuelas, no paran!). En varias cadenas seguían con el maratón sobre la pobre Mari Carmen. Le pregunto qué opina: «La señora me da pena, claro. Pero lo que no puede ser es querer convertirte en propietaria de la propiedad de los demás». Lo ha clavado.