¡Oh, Putellas! ¡Oh, Putellas!
Imagina por un momento que es un hombre quien se graba recitando así la alineación de la selección femenina. Lo mínimo que se diría es que es un onanista, un rijoso. Y ni por asomo acudiría al Hormiguero a hacer apología de su lascivia
Hombres y mujeres no somos lo mismo. Y menos mal, convendrán conmigo, porque si no el mundo sería profundamente aburrido. Sin embargo, el neofeminismo histérico, histriónico y excarcelador ha querido homologarnos hasta extremos que frisan el ridículo y que, con frecuencia, son profundamente acientíficos. Conocida es la ‘guerra’ entre feministas clásicas y feministas contemporáneas por definir qué es una mujer, pues llegó un momento en que, de tanto añadir iniciales al movimiento LGTB, algunos y algunas se confundieron. La teoría dice que tú eres aquello con lo que te identificas, cuando la única verdad es que, nada más nacer, ya sabes cuál será tu médico en la edad adulta: el urólogo o el ginecólogo. Todo lo demás es cháchara y terraplanismo biológico.
Digo que no somos iguales y está bien que sea así. Por eso hay cosas que hacen las mujeres que no se nos permiten a los hombres. Y viceversa. Se hizo muy famoso durante el Mundial de fútbol el vídeo de una chavala recitando la alineación de España y parándose en Ferran al grito de «¡Oh, Ferran! ¡Oh, Ferran!». La coña le ha servido para hacerse famosilla en determinados foros e incluso para salir en El Hormiguero, aprovechando la visita del futbolista al programa. Allí le permitieron repetir la onomatopeya hasta el aburrimiento, que es lo que ha generado al final: fatiguita. Imagina por un momento que es un hombre quien se graba recitando la alineación de la selección femenina: «Aitana Bonmatí, Jenni Hermoso… ¡Oh, Putellas! ¡Oh, Putellas!». Lo mínimo que se diría del individuo es que es un onanista, un rijoso o un pajillero. Y ni por asomo acudiría al Hormiguero a hacer exhibición de su lascivia.
Hay cosas que no se nos permiten a los hombres y quizá está bien que sea así. Hace dos semanas, la actriz Amparo Larrañaga comentaba en el diario El Mundo lo dura que es su profesión a partir de cierta edad. Contaba con cierta amargura que, cuando dejas de ser joven, da igual cómo estés, que pasas a engrosar «la liga de las mujeres invisibles». Y añadía que se dio cuenta de que se había hecho mayor cuando, estando en un semáforo, un chico la miró y, en vez de «sacar el culo y sonreír porque le has gustado», se sujetó el bolso porque pensó que le quería robar. Quién sabe, Amparo, a lo mejor le gustaste y no se atrevió a decirte nada, por si le sacaban el espray pimienta.