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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Elegante repaso a una veleta narcisista

León XIV ha defendido la dignidad de todas las personas y el derecho a la vida ante un figurín, Macron, que cree que el aborto y la eutanasia son lo más

El Papa León, de 71 años, está resultando un fenómeno. Elegido hace solo 16 meses, se ha metido ya al mundo en el bolsillo con su suave encanto personal, lo cual coincide con un cierto repunte del catolicismo entre los jóvenes. Pero además de proyectar esa imagen cordial es un líder espiritual de gran hondura y solidez, como no podía ser de otro modo, que defiende con firmeza los principios católicos, pues para eso se sienta en la cátedra de Pedro.

Durante su visita a España, Robert Francis Prevost logró con su discurso en el Congreso un aplauso de siete minutos (con el propio Sánchez entre los palmeros). Fue el más largo de la historia de la Cámara. Lo más notable de aquel sensacional éxito estribó en que el ovacionado acababa de dar un contundente repaso moral a la mayoría de los que lo aplaudían, en especial a los que están embarcados en la promoción de la desoladora subcultura de la muerte. Eso sí, con un discurso escrito con la más elevada y elegante prosa vaticana y expresado con la característica dulzura de hombre bueno que adorna a este pontífice.

¿Por qué se ha enganchado la gente al Papa León? Hay varias teorías. La mía es que perciben a un líder de verdad, con raíces, saber y calma, en un mundo relativista hasta la náusea y atestado de narcisistas-chupa-cámara con valores de quita y pon (como los que todavía mandan en España y Francia).

En su visita a París, Francis Prevost ha impartido una excelente lección moral ante una veleta egotista, el vacuo Emmanuel Macron, de 48 años, que tiene tumbado en el diván al poderoso país que mal gobierna desde 2017 y que, para tapar sus fracasos en todos los frentes, se dedica a promover el aborto y la eutanasia, como si fuesen el summum de la modernidad y el progreso.

Francia aprobó en agosto sus leyes eutanásicas. A eso se dedica el endiosado Macron mientras la deuda se ha vuelto ingobernable –un 114 % del PIB y la mayor desde 1932–, con un crecimiento romo, una sociedad fragmentada por la pésima integración de la inmigración musulmana, la productividad por los suelos y los votantes abocados a elegir entre Le Pen y Mélenchon tras un año loco con cuatro primeros ministros.

León XIV no es un quedabien. No está dispuesto a pamplinadas con quien está atacando un principio tan básico como la dignidad de todas las personas y el valor de la vida humana. Así que ya antes de aterrizar dijo «no» a varios de los espectáculos que había diseñado Macron a la mayor gloria de su propio ombligo. Rechazó un banquete de Estado en el Elíseo y un recorrido por Notre Dame con el presidente haciendo de guía turístico. Tampoco quiso fanfarrias militares de grandeur francesa e incluso renunció a la concesión de la Gran Cruz de la Legión de Honor. El Papa quiso dejar claro que él viajaba a Francia para rezar y difundir el mensaje de Jesús. Y así está ocurriendo.

Prevost opera como un ancla, enganchada a los más valiosos principios, los que estableció Dios hecho hombre. Y Macron se comporta como una veleta al viento del capricho de cada momento. El Papa suma conocimiento y vivencias. Se formó como matemático y teólogo, pero además conoció la pobreza de primera mano durante su larga etapa como misionero en Perú y como jefe de los agustinos.

El presidente de Francia está encantado de haberse conocido y se cree siempre el más listo de la clase. En la práctica resulta un personaje fallido, de altas expectativas y magros resultados. Le encanta anunciar necesarias reformas que luego se quedan casi en nada y ejercer de supuesto gran líder internacional, cuando en la práctica es un pomposo peso pluma al que nadie hace caso. Se trata además de un personaje extraño, empezando por su relación marital con la que fuera su profesora en los jesuitas y le lleva 25 años y siguiendo por su evanescente posicionamiento político. Hoy se define como un centrista liberal, pero de joven se afilió al Partido Socialista y ejerció como su ministro de Finanzas. Por el medio trabajó cuatro años como alto ejecutivo de la banca Rothschild.

Junto al que soportamos aquí, Macron se ha convertido en el gran paladín de la subcultura de la muerte en Europa, con una fuerte presión para meter el aborto en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea.

Sin alzar la voz, sin una mala cara, el Papa recordó, sentado a la vera del presidente de Francia, que la dignidad de las personas no se establece a tenor de sus capacidades, sino que es inalienable. Defendió, «con fuerza», que el derecho a la vida es la fuente de todos los demás derechos, algo evidente, aunque la izquierda no lo quiera asumir. Rechazó la compra de órganos, la gestación subrogada, la manipulación genética –que, si prospera, hará que los poderosos tengan una progenie más dotada que el resto– y la eutanasia, la «oferta de una muerte programada».

Mientras tanto, Macron se centró en defender ante el Papa la laicidad del Estado, algo redundante, innecesario, pues en Francia ese proceso comenzó a finales del XVIII y es ley desde 1905. Más le valdría ocuparse de la parte musulmana de la sociedad, que se niega a integrarse en las leyes y valores de la República y que a veces hasta mantiene en el corazón de Francia su propia justicia privada de la sharía. Ahí sí tiene un problema Francia, y no con los católicos.

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