Bravo Santo Padre, león de leones
Si esta visita fue un éxito, lo fue porque dejó una pregunta clavada en la conciencia nacional: ¿seguirá Francia alejándose de su alma cristiana, o tendrá el valor de volver a mirar hacia la fuente de su esperanza?
La visita del Papa León XIV a Francia ha sido y es, sin exageración, una de esas jornadas que devuelven a la historia religiosa europea su respiración profunda. No fue –sigue siendo– únicamente una sucesión de ceremonias, saludos oficiales y multitudes reunidas en plazas o santuarios. Fue, sobre todo, una irrupción de fe en una nación que tantas veces ha querido definirse por la neutralidad de sus instituciones, por la severidad de su laicidad y por una memoria cristiana que muchos pretenden relegar al museo de las antigüedades. Sin embargo, Francia volvió a escuchar al sucesor de Pedro, y lo escuchó con una atención que desmiente el cansancio espiritual de nuestros tiempos. La juventud francesa abrió su corazón en una entrega espiritual que se sentía oculta, aunque muy viva.
El éxito de esta visita no debe medirse solamente en cifras, aunque las cifras hayan sido impresionantes. Cientos de miles de personas salieron a las calles, asistieron a la misa en París (800 se calcula en la Plaza de la Concorde) y también acompañaron al Papa en Lourdes, mañana se irá a Metz. Pero el verdadero éxito fue otro: la palabra católica volvió a ocupar el centro de la conversación pública. En momentos en que tantos discursos se diluyen en prudencias burocráticas, León XIV habló con claridad. No llegó a Francia para halagar al poder, ni para pedir permiso a nadie. Llegó para recordar que la Iglesia no existe para bendecir la confusión, sino para anunciar la verdad, incluso cuando esa verdad incomoda.
Y cuando en el Estadio de Francia resonó la frase «Ustedes son los santos de Francia», no fue solamente un elogio dirigido a una multitud fervorosa; fue una profecía lanzada hacia el porvenir. En aquellas palabras se transparentaba la esperanza de que el cristianismo francés no pertenece únicamente al pasado de las catedrales, de los mártires y de los grandes santos –que son numerosos–, sino también al futuro de las nuevas generaciones llamadas a reconstruir, con fe y valentía, una nación que todavía puede volver a arder de amor por Cristo.
En Lourdes, el Papa encontró el escenario más elocuente para su mensaje. Ningún lugar en Francia habla con tanta fuerza del sufrimiento humano, de la enfermedad, de la esperanza y del misterio de la gracia. Allí donde millones de peregrinos han acudido durante generaciones, allí donde el dolor no se esconde, sino que se ofrece, León XIV recordó que la vida humana no pierde jamás su dignidad. Ante los enfermos, los ancianos, los discapacitados y quienes cargan cruces visibles o secretas, el Papa pronunció una de las frases más necesarias de nuestro tiempo: «una ley puede ser legal, pero no por eso es moral».
Esa afirmación tan sencilla y antigua estremece porque señala el punto exacto de la enfermedad moral de Occidente. Hemos confundido legalidad con justicia, procedimiento con verdad, mayoría parlamentaria con bien común. Una asamblea puede aprobar una norma; un Estado puede organizar un protocolo; una administración puede vestir de compasión lo que en el fondo es abandono. Pero ninguna ley humana tiene poder para convertir en bueno aquello que hiere la dignidad de la persona. La eutanasia, presentada tantas veces como alivio, puede transformarse en la forma más refinada de rendición social: la sociedad deja de acompañar al que sufre y le ofrece, en cambio, una salida definitiva sin contemplaciones.
El discurso de León XIV fue mucho más que una intervención moral sobre una ley concreta. Fue una llamada a la conversión. Conversión de los corazones, de las familias, de los legisladores, de los médicos, de los católicos tibios y también de una cultura entera que necesita volver a preguntarse qué significa vivir, sufrir, amar y morir. El Papa no habló como un político que calcula encuestas, sino como un pastor que conoce la urgencia de las almas. Llamó a volver al catolicismo no como a una etiqueta sociológica, sino como a una casa espiritual donde la verdad, la misericordia y la esperanza todavía permanecen unidas.
Lourdes, en ese sentido, no fue una etapa secundaria del viaje, sino su corazón. París mostró la magnitud pública de la visita; Lourdes reveló su hondura. En la gruta y en la pradera del santuario, la Iglesia habló al mundo desde el lugar de los pequeños. Allí, el enfermo no es un problema administrativo; es un hermano. Allí, la fragilidad no es una vergüenza; es una llamada a la ternura. Allí, el sufrimiento no se romantiza, pero tampoco se convierte en argumento para eliminar al sufriente. La respuesta cristiana no es la muerte programada, sino la presencia fiel: cuidar, acompañar, rezar, aliviar, sostener, permanecer.
Francia, hija mayor de la Iglesia, ha conocido revoluciones, persecuciones, apostasías, santos, mártires, catedrales incendiadas y reconstruidas, intelectuales brillantes y también desiertos espirituales. La visita de León XIV no borra de un gesto todas esas contradicciones, pero las ilumina. Frente a una modernidad que pretende decidir quién merece seguir viviendo y quién debe retirarse discretamente de la escena, el Papa recordó que la dignidad no depende de la utilidad, de la autonomía perfecta ni de la fuerza física. La dignidad viene de Dios. Y lo que viene de Dios no puede ser derogado por decreto.
Por eso hay que decirlo con alegría y gratitud: ¡Bravo, Santo Padre! Bravo por haber hablado donde tantos callan. Bravo por haber recordado que la compasión verdadera no aniquila. Bravo por haber pedido conversión en una época que prefiere entretenimiento, evasión y anestesia. Bravo por haber llevado a Francia, desde París hasta Lourdes, y luego Metz, no un discurso diplomático, sino una invitación a renacer. Si esta visita fue un éxito, lo fue porque dejó una pregunta clavada en la conciencia nacional: ¿seguirá Francia alejándose de su alma cristiana, o tendrá el valor de volver a mirar hacia la fuente de su esperanza?