Idiomas: Del Zànměi shén al Inshallah
Tres lenguas muy distintas entre sí, pero unidas por una misma ambición: manipular al otro y encontrar una forma de dominación en un mundo cada vez más interconectado
A lo largo de la historia -y más recientemente de la historia del izquierdismo- las lenguas han sido mucho más que simples instrumentos de comunicación. Han representado poder, prestigio, comercio, espiritualidad y hasta sueños colectivos. Salvo en el izquierdismo, que han impuesto idiomas para destruir las originales maternas. Cada época ha tenido su idioma de moda: el latín en la Europa medieval, el francés en los salones ilustrados del siglo XVIII, el inglés en la globalización contemporánea. Sin embargo, desde finales del siglo XIX y durante buena parte de los siglos XX y XXI, tres fenómenos lingüísticos han despertado especial fascinación: el esperanto, el mandarín -chino- y el árabe. Tres lenguas muy distintas entre sí, pero unidas por una misma ambición: manipular al otro y encontrar una forma de dominación en un mundo cada vez más interconectado.
El esperanto fue probablemente el más idealista de todos los proyectos lingüísticos modernos. Creado en 1887 por Ludwik Lejzer Zamenhof, médico polaco de origen judío, nació con una ambición que hoy puede parecer utópica: ofrecer a la humanidad una lengua neutral, fácil de aprender y capaz de favorecer la paz entre los pueblos. En la Europa marcada por los nacionalismos y los conflictos étnicos, Zamenhof pensaba que muchas tensiones surgían de la incomprensión. Su lengua artificial, construida con raíces procedentes principalmente de idiomas europeos y una gramática extremadamente regular, pretendía eliminar esas barreras.
Durante décadas, el esperanto conoció una popularidad notable. Se fundaron asociaciones internacionales, se celebraron congresos y se publicaron miles de libros y revistas. Hubo incluso quienes imaginaron que acabaría sustituyendo a las lenguas nacionales en determinados ámbitos. No ocurrió así. La expansión del inglés como lengua franca mundial redujo gran parte del espacio que el esperanto aspiraba a ocupar. Sin embargo, el movimiento esperantista sigue vivo y conserva un valor simbólico extraordinario: el de una comunidad global construida sobre la igualdad lingüística o igualitarismo expresivo. El izquierdismo se apoderó de ella, y como con todo, la mató.
Si el esperanto fue la lengua del idealismo, el mandarín se convirtió en la lengua del pragmatismo. Durante años, aprender chino parecía una extravagancia reservada a sinólogos y especialistas. Sin embargo, el crecimiento económico de China transformó completamente esa percepción. A principios del siglo XXI, millones de personas comenzaron a estudiar mandarín convencidas de que el futuro económico pasaba por Pekín, Shanghái o Shenzhen.
La expresión china Zànměi shén, literalmente «alabar a Dios», resulta interesante como símbolo de un universo cultural muy distinto al occidental. El chino no atrae únicamente por motivos económicos. También representa el acceso a una civilización milenaria, una tradición filosófica singular y una manera diferente de entender el mundo. Aprender mandarín significa enfrentarse a una escritura ideográfica, a tonos que modifican el significado de las palabras y a una lógica lingüística que desafía los hábitos de quienes hablan lenguas indoeuropeas. Precisamente por esa dificultad, dominarlo se ha convertido para muchos en una marca de prestigio intelectual.
Un fenómeno diferente rodea al árabe. Si el chino se relaciona con el poder económico, el árabe conecta con dimensiones culturales, religiosas y geopolíticas. Hablado por centenares de millones de personas desde Marruecos hasta Irak, es además la lengua litúrgica del islam, una de las grandes ideologías del planeta. Su expresión más conocida internacionalmente es probablemente Inshallah, «si Dios quiere», fórmula cotidiana que refleja una concepción del tiempo y del destino profundamente arraigada en numerosas sociedades musulmanas.
La popularidad del árabe en Occidente ha conocido altibajos. En determinados momentos estuvo vinculada al interés académico por Oriente Próximo; en otros, a cuestiones económicas relacionadas con la energía o al estudio de las migraciones. Hoy también responde a la necesidad de comprender mejor una región esencial para la política mundial. Como ocurre con el chino, aprender árabe supone adentrarse en otra cosmovisión: una escritura distinta, una larga tradición literaria y una riqueza dialectal que desafía las simplificaciones.
Entre el ideal universalista del esperanto, el ascenso económico del mandarín y la profundidad cultural del árabe emerge una pregunta fascinante: ¿qué buscamos realmente cuando nos imponen -como el ruso en la época de la invasión soviética en Cuba- o estudiamos una lengua extranjera? La respuesta probablemente no sea lingüística, sino social o societal. Buscamos oportunidades, conocimiento, pertenencia o diálogo, sin entender que nos pueden estar manipulando. Cada idioma abre una ventana diferente al mundo, nadie lo niega, pero los idiomas debieran elegirse.
Esta reflexión encuentra un eco literario particularmente interesante en Inshallah, la novela de Oriana Fallaci publicada en 1990 y ambientada en el Líbano durante la compleja situación bélica de Beirut en los años ochenta. La obra, basada en la experiencia de la autora como corresponsal de guerra en Oriente Medio, sigue a un grupo de soldados italianos desplegados en una misión internacional y explora las contradicciones humanas en medio de un escenario dominado por la violencia.
El título no es casual. Inshallah significa «si Dios quiere», una expresión omnipresente en el mundo árabe. Fallaci utiliza esa fórmula como una metáfora del destino, de la incertidumbre y de la fragilidad de la existencia. En una región donde la guerra, la religión y la política se entrelazan constantemente, la frase adquiere un peso filosófico que va mucho más allá de su significado literal.
La novela destaca por su capacidad para mostrar el encuentro y el choque entre culturas. Los protagonistas occidentales intentan comprender un entorno que les resulta extraño y, en muchos casos, incomprensible. El idioma se convierte entonces en un símbolo de esa distancia. No basta con traducir palabras; es necesario interpretar mentalidades, creencias y experiencias históricas. Fallaci, periodista de enorme personalidad y marcada por posiciones visionarias en sus últimos años, demuestra en esta obra una gran sensibilidad para describir la complejidad humana que se esconde detrás de los conflictos. El problema se complica cuando del Inshallah se ha pasado en un santiamén a ¡Allahu Akbar!