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Sin necesidad de señalar culpables y precipitarse en los remedios, podemos y debemos estar de acuerdo en un diagnóstico: en España los sueldos son bajos y la vida es muy cara. Ese es el contexto que también afecta a la vivienda, y conviene asumirlo y decirlo sin temor a que te llamen perroflauta o, peor aún, sanchista.

Toda respuesta a la ola populista, sectaria, perezosa, llorona, infantiloide y neocomunista que okupa la Puerta del Sol jaleada por la Moncloa y multidifundida por los canales mediáticos al servicio del gobierno ha de partir de una premia: el reconocimiento de que tenemos un problema. No les dejemos que patrimonialicen algo que, en realidad, han creado ellos.

Porque en España el poder adquisitivo es el de hace tres lustros y los precios han subido en general un tercio, con picos del 40% en los alimentos y de casi el 90% en la vivienda: lo único que ha mejorado es la recaudación fiscal del Estado, en cifras ya confiscatorias, para que Sánchez y compañía repartan una mínima parte del atraco a cambio de arrendar el voto de los más incautos.

Todo lo demás está en costes abusivos, y decirlo las veces que haga falta es fundamental para, a continuación, pelear con el cuchillo entre los dientes contra las terapias que proponen, que básicamente se resumen en una: quieren pasar la resaca bebiendo más güisqui. No aspiran a que haya menos pobres, sino a que desaparezcan los ricos, y tampoco a trabajar por la abundancia, sino a repartir la miseria.

Y eso pasa con la vivienda: no han sido capaces durante ocho años de impulsar un plan de vivienda social aprovechando la cantidad de suelo disponible en España, lo que combinado con la devaluación de la seguridad de la propiedad privada y la protección del okupa ha generado un cataclismo que hasta un niño de cinco años puede entender: si la nueva construcción a buen precio desaparece y si poner en el mercado de alquiler un piso te expone a los impagos, los destrozos y el abandono legal, ¿cómo no van a dispararse los precios si la demanda es infinitamente superior a la oferta y a la competición ordinaria se le añade la de una inmigración masiva?

Todo lo demás son fuegos artificiales, retórica barata para empeorar al silencio o, peor aún, una explotación sentimentaloide obscena de las necesidades ajenas, a su vez asaltadas por los profesionales de la política extremista, los mismos que usurparon el espíritu inicial de protesta transversal del 15M y lo convirtieron en su coartada tripera para asaltar los cielos.

Con la agravante de que el populista barato de hoy, el radical de izquierdas, el chavista con corbata, es el presidente del gobierno y secretario general de un PSOE más propio de Pyongyang que de Madrid, y no el tuercebotas de Pablo Iglesias empadronado con una vida de lujos en la obrerísima Galapagar.

Solo hay dos soluciones, como también suscribiría el hermano pequeño del susodicho niño de cinco años. Una a medio o largo plazo, consistente en construir vivienda en terrenos disponibles, con un impulso legal previo para derribar la tediosa burocracia, ayudar a las empresas del sector a animarse y desarrollar una política laboral pionera que facilite la mano de obra, hoy inexistente. Justo lo contrario a lo que ha hecho el gobierno en general, con su agotador impulso regulatorio para que la Yolanda Díaz de turno se cuelgue una medalla barata a cambio de cercenar el mercado de trabajo, necesariamente flexible y creativo para funcionar.

Y al segunda, dejar de perseguir, insultar e incautar a los propietarios de inmuebles, que en un 92% son ciudadanos normales, y tratarles con respeto y seguridad: convencerles de que sus propiedades estarán protegidas aunque las alquilen, que no sufrirán impagos ni destrozos, que la ley será firme a ese respecto y que los primeros vulnerables a atender serán ellos mismos si algo se tuerce. Y luego darles el reconocmiento público social que merecen: en lugar de tildarles de rentistas, hacerlo de héroes mundanos comprometidos con su tiempo.

No es tan difícil. O sí, pero no hay otro camino. El problema es que padecemos a un Atila del sentido común y de la decencia, carcomido por las urgencias judiciales que le tienen a él mismo a medio paso del juzgado. Y que le resulta muy tentador, por todo ello, agitar las calles, arrinconar a Ceuta, desviar el foco del PSOE, de Begoña y de Zapatero y presentarse a sí mismo como el campeón de un escudo social inexistente, solo presente en su verbo barato de vendedor ambulante de crecepelo.

Hagamos la crítica a los curanderos que okupan la Moncloa y a sus feligreses con diábolo, pero pongamos delante el diagnóstico correcto y las recetas oportunas: el problema existe y no puede parecer, ni por un minuto, que sus causantes están al frente de las soluciones. Y un cuerno.