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en el recuerdoAlfonso Ussía

Desfile

Un desfile militar no es sólo una manifestación de la mejor ética y estética. En tiempos de abuso del dinero público y de gastos inadmisibles en una nación que se acerca a la quiebra, el desfile militar es un paisaje de decencia en movimiento, una acuarela viva de miles de hombres valientes, patriotas y honrados

Vi el desfile militar del 12 de octubre. Ovaciones a los Reyes y abucheos al taimado. Empezó bien y terminó mejor. Ovaciones a los Reyes y abucheos, pitos, y todo lo que cabe en la mochila del desprecio, al taimado. Entre la llegada y la despedida, un espectáculo, algo más reducido en tiempo y unidades que otros años.

Un desfile militar no es sólo un acto castrense de lujo. Un desfile se resume en el patriotismo, el servicio a los demás, la abnegación y la decencia en movimiento. En un movimiento ensayado y controlado por la instrucción militar. Aparte de la vistosidad de los uniformes, los vehículos y el desfile aéreo –entre otros helicópteros el Puma blanco que usa el taimado para ir a boditas y conciertos de Rock–, en el desfile del 12 de octubre se renueva la admiración, el cariño y la gratitud del pueblo español a sus soldados, sus guardias civiles y sus policías nacionales. Pero el objetivo jamás ha sido el de crear un espectáculo brillante y armónico. Se trata de una constatación del amor a España desde la más absoluta honradez.

El día anterior, en el cuartel de Batalla del Salado, la corrala en la que tantos miles de familias de guardias civiles han vivido, se celebró un acto presidido por el prevaricador Marlasca. No hubo público, y por ello, no le sonaron las orejas a desprecio al ministro del Interior. La disciplina manda y el ministro fue tratado con el respeto que no merece. A pocos metros del peripatético político –que fuera juez ya está olvidado–, el coronel don Diego Pérez de los Cobos, con su uniforme cubierto por todas las condecoraciones recibidas a lo largo de 40 años al servicio de España, en la lucha contra el terrorismo etarra, en el Ministerio del Interior con cuatro ministros diferentes, y en su valiente y firme presencia en Cataluña para desempeñar el mando supremo de las Fuerzas del Orden frente a los violentos políticos y paniaguados de «la republiqueta». El ministro vestía de chaqueta y corbata, pero ésta mal anudada y con el nudo caído, para aliviar los calores del veranillo de San Miguel, y los ardores de su histerismo natural. No se miraron, porque los cobardes jamás se atreven a fijar sus miradas en los ojos de sus víctimas.

Pero en el desfile sí había público. Y muy numeroso. Y el taimado no tuvo la suerte de su ministro del Interior. Los militares, como los guardias civiles, educados y formados en la disciplina y el respeto establecidos como norma obligatoria en las Reales Ordenanzas, se habrían comportado con el mismo decoro que los guardias civiles con Marlasca. Pero una cosa es un acto en el interior de un cuartel, y otra muy diferente un desfile militar en el Paseo de La Castellana. Miles y miles de madrileños y españoles de visita en Madrid, aclamaron a su Rey y desahogaron su sufrimiento, su ruina, su desesperación y su preocupación por el futuro que está dejando para España, el taimado.

Cuando los Reyes y la Infanta Sofía abandonaron el escenario, el taimado se refugió en uno de sus Audi para no oír lo que le gritaban y lo que le decían. Y lo que más le molestó no fue la retahíla de «traidor, traidor», sino el «Ayuso, Ayuso» que el público le dedicó. Claro, que eso también le molestó a Casado, pero no quiero entrar en divergencias que perjudican la armonía de los partidos que tendrán que unirse desde dentro y hacia fuera, para sumar lo necesario y echar a los traidores.

Pero lo dicho y escrito. Un desfile militar no es sólo una manifestación de la mejor ética y estética. En tiempos de abuso del dinero público y de gastos inadmisibles en una nación que se acerca a la quiebra, el desfile militar es un paisaje de decencia en movimiento, una acuarela viva de miles de hombres valientes, patriotas y honrados.

  • Publicado en la web de Alfonso Ussía el 13 de octubre de 2021
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