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Al bate y sin guanteZoé Valdés

Macron y su memoria selectiva del terrorismo

Numerosos observadores consideran improcedente presentar el drama de Trappes como el primer atentado de carácter racista o religioso en Francia. Hacerlo supone ignorar una larga lista de víctimas judías y cristianas que fueron atacadas precisamente por lo que eran, por su fe o por su identidad

La visita del presidente francés, Emmanuel Macron, a Trappes tras el atentado que dejó un muerto y varios heridos ha reabierto un debate recurrente en Francia: la percepción de que algunas víctimas del terrorismo reciben una atención política y mediática mucho mayor que otras.

Tras los hechos, el alcalde de Trappes, Ali Rabeh, calificó rápidamente el ataque como un atentado de carácter racista e islamófobo, una interpretación que posteriormente fue asumida también por el presidente de la República. Diversos medios recogieron las declaraciones del alcalde, quien habló de un ataque «probablemente islamófobo y racista» mientras la investigación antiterrorista seguía en marcha.

Las críticas no se han hecho esperar. Sus detractores reprochan a Macron haber presentado el atentado como un acontecimiento excepcional o un punto de inflexión histórico, mientras que en el pasado otras víctimas de atentados motivados por el odio religioso, el antisemitismo o el extremismo islamista no habrían recibido, a su juicio, una respuesta institucional comparable. El presidente afirmó en Trappes que lo ocurrido constituía «un giro» para la República francesa.

Otro elemento de la polémica fue la presencia, detrás del alcalde durante una comparecencia pública, de Elias d'Imzalène, al que el presidente estrechó la mano. Este activista fue condenado por la justicia francesa por provocación pública al odio o a la violencia tras unos llamamientos relacionados con la intifada en Francia, según diversas informaciones publicadas en medios franceses.

Para los críticos del discurso presidencial, la presencia de una figura tan controvertida en un momento de máxima sensibilidad nacional resulta políticamente desafortunada. Consideran igualmente precipitado atribuir una significación política definitiva al atentado antes de que la investigación judicial haya esclarecido completamente los hechos y las motivaciones del autor.

Frente a esta postura, los defensores del gobierno sostienen que la rápida reacción de las autoridades responde a la gravedad de un ataque investigado por la Fiscalía Nacional Antiterrorista con posibles motivaciones racistas o religiosas.

Más allá de la controversia inmediata, el episodio vuelve a plantear una cuestión de fondo: si la República francesa es capaz de honrar y proteger con la misma firmeza a todas las víctimas del terrorismo y del odio, independientemente de su origen, religión o identidad. Ese es, probablemente, el debate político que permanecerá cuando la actualidad haya pasado y la investigación judicial concluya.

La presentación del atentado de Trappes como un fenómeno inédito de violencia racista y religiosa en Francia suscita tantas críticas debido a la precipitación política de las declaraciones oficiales y por la omisión de otras víctimas que durante años han sufrido atentados motivados por el odio religioso o identitario.

Francia ha sido escenario de numerosos ataques dirigidos específicamente contra ciudadanos judíos. Desde el asesinato de niños y profesores en la escuela Ozar Hatorah de Toulouse en 2012 hasta el secuestro y tortura de Ilan Halimi, pasando por los atentados contra el supermercado Hyper Cacher de París o el asesinato de Sarah Halimi, la comunidad judía francesa ha padecido de forma reiterada la violencia del antisemitismo islamista y extremista.

Del mismo modo, la comunidad cristiana también ha sido objetivo de atentados motivados por el odio religioso. El asesinato del padre Jacques Hamel en su iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray en 2016, degollado por dos terroristas yihadistas mientras celebraba misa, constituye uno de los ejemplos más dramáticos. A ello se suman numerosos ataques, profanaciones y actos de violencia contra lugares de culto cristianos registrados en los últimos años.

Por ello, numerosos observadores consideran improcedente presentar el drama de Trappes como el primer atentado de carácter racista o religioso en Francia. Hacerlo supone ignorar una larga lista de víctimas judías y cristianas que fueron atacadas precisamente por lo que eran, por su fe o por su identidad. El reconocimiento de una víctima no debería implicar el olvido de otras, ni la utilización selectiva de la memoria según las circunstancias políticas del momento.

Desde esta perspectiva, las críticas dirigidas a Emmanuel Macron se centran menos en la condena del atentado de Trappes, compartida de forma unánime, que en la percepción de un doble rasero a la hora de reconocer públicamente el sufrimiento de todas las víctimas del terrorismo y del odio religioso que han golpeado Francia durante las últimas décadas.

En cuanto a la niña gravemente herida y a las víctimas, resulta extremadamente doloroso y me solidarizo con sus familiares y con los sobrevivientes, pero no hay que olvidar la cantidad de niños y adolescentes que han sido masacrados en Francia en los últimos años, por sujetos cuya pertenencia al islamismo y a un tipo de violencia racial antiblanco es innegable.

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