Ser persona
Ser persona es mucho más que ocupar un puesto relevante. También hay que saber vivir con dignidad y, sobre todo, asumir la responsabilidad que a cada uno le corresponde. En estos años negros del sanchismo, con tantos muertos a cuestas, la responsabilidad política, como el valor de la verdad ha desaparecido de los usos y costumbres de la democracia española
Es en estos momentos de tragedia y dolor cuando se puede apreciar el verdadero rostro de las personas. Es cuando podemos utilizar esa expresión popular de «ser persona», que viene a ser la síntesis de una visión filosófica de la dignidad. El ser humano no es mejor por ejercer el poder, por poseer mucha riqueza o por ser admirado por grandes masas. La dignidad va mucho más lejos. Se demuestra cuando miras a la cara a los que sufren. Como hizo ayer el Rey Felipe o como lleva haciendo desde el minuto uno de la tragedia García-Page, el presidente de Castilla-La Mancha, la antítesis de Sánchez.
El ocupante de la Moncloa se acercó el miércoles a Urda y fue incapaz de mirar a los ojos a las víctimas. Mostró nula empatía con quienes estaban en medio del drama y del dolor. Como él, también Marlaska, el ministro del Interior más funesto de los últimos cincuenta años. Y mira que había competidores, pero él ocupa el primer puesto en esa clasificación negra. Ser persona es mucho más que ocupar un puesto relevante. También hay que saber vivir con dignidad y, sobre todo, asumir la responsabilidad que a cada uno le corresponde. En estos años negros del sanchismo, con tantos muertos a cuestas, la responsabilidad política, como el valor de la verdad, ha desaparecido de los usos y costumbres de la democracia española. Urge una regeneración política y moral de España. Necesitamos políticos que sean personas.
Ponerse en el lugar del otro, reconocer nuestros propios límites, asumir responsabilidades, enfrentarse a la adversidad, no utilizar a los demás, evitar a toda costa el aprovechamiento del mal ajeno y poseer un aliento moral que marque límites a nuestro proceder son algunos de los rasgos por los que podemos definir a alguien como «una persona».
El sanchismo posee una cultura en la que lo material está por encima del resto de las cuestiones y, en contra de lo que muchos puedan creer, como todo movimiento comunista, desprecia a los débiles, a los vulnerables. Desde siempre, la izquierda política extrema, como la que ahora nos gobierna, prefiere que los ciudadanos sean como «las gallinas desplumadas y que coman el maíz en sus manos». Cuando lo que hace digna a una persona es su trabajo y su capacidad de progresar con su esfuerzo, orientado al bienestar.
Viene todo esto a cuento de la desgracia que tiene a toda España conmocionada. Hemos vuelto a ver el mejor y el peor rostro de la clase política: un Page impactado y entregado a la gente que sufría y un Sánchez distante, al que hasta cinco coches de la Guardia Civil tienen que proteger del desprecio de una ciudadanía que nunca le entregó su apoyo.
Nota final: Mientras escribo estas líneas, hacia el final de la tarde, un amigo me envía un interesante dato: el Gobierno de Sánchez se demoró 11 meses en hacer públicos los audios del apagón, caso único en Europa, que revelaban los graves problemas y desajustes que se venían registrando en la red eléctrica. En el caso del accidente mortal de los trenes del miércoles, en apenas 12 horas, filtraron los audios a medios amigos que, de manera sincronizada, los hicieron públicos, tratando así de exculpar al Gobierno y echarles la culpa a los profesionales de Adif. No hay más preguntas, señoría.