Cartas al director
El espejismo veraniego del teletrabajo
Cada verano en España se repite el mismo patrón: el teletrabajo se incrementa notablemente, como si las empresas descubrieran de repente sus beneficios. Pero al terminar agosto, todo vuelve a la vieja rutina, y apenas una de cada tres lo mantiene el resto del año. ¿Por qué? ¿Qué temen tantos empresarios?
Sorprende que, en la cobertura mediática de este fenómeno —como en la noticia publicada recientemente— falte un dato clave: ¿Cuántos trabajadores teletrabajan en verano? Esa cifra ayudaría a entender mejor esta dualidad tan típica de nuestro país.
Más allá del efecto estacional, lo preocupante es que el teletrabajo siga tratado como una excepción. No es un problema técnico ni de productividad: las herramientas existen y su eficacia está más que demostrada. Lo que falta es confianza… y un pelín de «picaresca». Muchos directivos siguen midiendo el rendimiento por horas en silla, no por objetivos cumplidos. Como la clase política, buena parte del empresariado se aferra a métodos del siglo pasado.
Además de mejorar la conciliación, el teletrabajo ayuda a reducir la contaminación al disminuir los desplazamientos diarios. Menos coches significan menos emisiones y ciudades más habitables.
España es un país de contrastes: se habla de modernización y sostenibilidad, pero se actúa como si la presencialidad fuera prueba de compromiso. Es necesario cambiar esa mentalidad y apostar por modelos más flexibles y responsables.
Porque, al final, todo suena a esto: «En vacaciones me interesa, porque estés donde estés, sigues trabajando; pero el resto del año, quiero verte físicamente».