Cartas al director
España es un supermercado
Hay días en que pienso que España entera cabe en la cola de un supermercado. Lo juro. Allí están el político que se cuela «porque solo llevaba dos cosas», la señora que protesta porque ya no venden la marca de su galleta de siempre, el adolescente que arrastra los pies mientras su madre compara precios y, al fondo, alguien que protesta y dice que todo está más caro que ayer.
El otro día, lo confieso, yo también estaba allí, frente al estante del café. Quedaba un único paquete en oferta, y dos manos se lanzaron a la vez: la mía y la de un desconocido con cara de lunes. Nos detuvimos, medio sonreímos y, en ese instante, comprendí que no disputábamos el café, sino el derecho a tener razón. Y ahí está el problema: hemos convertido cualquier detalle en un ring.
Mientras discutimos por un paquete de café, seguimos sin hablar de cómo cuidamos a los mayores, de qué futuro damos a los jóvenes o de por qué seguimos aceptando que la política se parezca tanto a una pelea de patio. Nos falta la gimnasia de la cesión, la cortesía del «adelante, quédese usted con ello». Si no lo ejercitamos en lo pequeño, ¿cómo vamos a estar preparados para lo grande?
Quizá exagero, pero sospecho que el país se mide menos en PIB y más en cómo resolvemos las minucias: si compartimos el último café, si dejamos pasar al que tiene prisa, si agradecemos con una sonrisa. Lo demás, créame, es puro envoltorio.