Ha muerto Vittorio Messori
No fue un cristiano ideal. Nadie lo es. Pero tenía muy presente la siguiente frase de Jacques Maritain, que lo describía a la perfección y le servía de respaldo en los momentos de duda: «El cristiano tiene que saber ser tierno de corazón y duro de cabeza»
Acabo de enterarme del fallecimiento del gran apologeta católico italiano Vittorio Messori pocos días antes de cumplir 85 años de edad, en vísperas del comienzo de la Pascua. Estoy convencido de que, con todo merecimiento, las redes se llenarán de recopilaciones elogiosas de sus mejores libros, que incluirán a buen seguro un resumen generado por inteligencia artificial y, quizá, una clasificación temática: Jesucristo y la Virgen María, historia de la Iglesia, razonabilidad de la fe, entrevistas a Joseph Ratzinger y a Juan Pablo II.
Pero nadie incluirá el motivo profundo de su escribir, la finalidad que perseguía al juntar palabras sobre un papel. Él mismo lo confesó en una entrevista, hace casi 20 años: «Insinuar, a quien lo niega, la sospecha de que el Evangelio dice la verdad, y confirmar en esta convicción a quien ya la comparte. Lo que quiero es inquietar a los unos y afianzar la seguridad de los otros».
Vittorio Messori no fue un cristiano ideal. Nadie lo es. Pero tenía muy presente la siguiente frase de Jacques Maritain, que lo describía a la perfección y le servía de respaldo en los momentos de duda: «El cristiano tiene que saber ser tierno de corazón y duro de cabeza». Pero esas dos virtudes no eran las únicas que lo adornaban. No he conocido a ninguna persona inteligente de verdad que no demuestre tener sentido del humor, y Messori no podía ser la excepción. Como buen hombre de libros, decía de sí mismo que «no me gusta ni obedecer ni mandar», y como buen solitario que disfruta de sus retiros, agradecía las sugerencias de los amigos del siguiente modo: «No me deis consejos. Sé equivocarme yo solo».
Vittorio Messori experimentó una conversión al catolicismo en su juventud. En ella tuvo mucho que ver el filósofo francés Blaise Pascal (1623-1662), al que redescubrió más adelante gracias a uno de sus maestros (suyo y mío), el también filósofo francés Jean Guitton (1901-1999). Del primero recibió un impacto decisivo al leer sus Pensamientos. Es un libro incompleto en el que podemos encontrar aforismos tan actuales como este: «Al no haber podido dar remedio a la enfermedad y a la muerte, los hombres han decidido, para así sentirse felices, no pensar». Del segundo adquirió toda la estructura teórica necesaria para enfrentarse al reto de aplicar la razón (aunque no solo la razón) para mejor conocer y explicar la figura divina y humana de Jesús de Nazaret.
Concluyo con unas palabras programáticas de Jean Guitton. Suponen un vínculo eterno entre ellos, maestro y discípulo, del que me gustaría participar, siquiera en un porcentaje mínimo: «El cristianismo no teme a la cultura, sino a la media cultura. Teme la superficialidad, los eslóganes, las críticas de oídas; pero, en general, quien puede hacer la ‘crítica de la cultura’ puede volverlo a descubrir o seguir siendo fiel».
Ojalá estén ya los dos en presencia de Aquel que es Camino, Verdad y Vida.