Cartas al director
'Mens sana in corpore sano'
Esta celebrada y manida cita de Juvenal me viene de perlas para contar que, después de pasar la mitad del verano penando por culpa de aquella gripe inoportuna, decidí recluirme el resto del estío en el gimnasio en lugar de frecuentar las maravillosas playas norteñas. Que no fue cosa de querer recuperarme, para eso mejor me hubiera ido a un balneario, que la novieta de turno me llevó a punta de pistola y no tuve otro remedio que enrolarme en la aventura. Pueden imaginarse lo que un lugar así supone para un neófito en estas lides: los vestuarios como un pandemonium y tan intrincada la sala de las pesas como las tripas de un submarino nuclear. Pero que no se diga que no estuve por la labor. Tomé fijación por la cinta ergométrica. A correr poseo más talento que el correcaminos y más aguante que el que tenía Filípides. En estas máquinas modernas hay una pantallita donde se pueden ver las cadenas de televisión y me dio por poner las noticias cuando llevaba medio kilómetro sin moverme del sitio. Vi, entonces, arder mi país por los cuatro costados y la cara de alucinado de Pedro Sánchez, que hubiera provocado pavor al mismo Lon Chaney, vi atacar naves en llamas más allá de Orión y rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser… Frené en seco de la impresión y faltó un pelo para desnucarme.
Hoy por la tarde he llamado para darme de baja del gimnasio, de la novieta y de esta España que se parece cada vez más a una república de cocos y bananas. Nadie me contestó al teléfono. Pienso que seguirán de vacaciones.