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Cartas al director

Manifestación

El lunes pasado, publicó El Mundo un artículo firmado por el periodista Sr. Simón (D. Pedro), que llegará, seguro, a excelente novelista. El título del artículo era «Qué gran negocio, eh, Perico» y el autor venía a criticar al exciclista Pedro Delgado, por un comentario de éste en TVE, en la transmisión de la decimosexta etapa de la Vuelta a España, cuando exclamó (dice Simón que con una campechanía sin igual), refiriéndose a los estandartes de Palestina que algunos ondeaban: «¡Qué gran negocio el que haya vendido las banderas, eh!», aportando el columnista datos para asegurar que el verdadero negocio se había hecho en la Bolsa de Tel Aviv con una suerte de pelotazo, liderado por las empresas proveedoras de material bélico y levantado sobre una pila de «muñones infantiles y ancianos aplastados». La exhibición de banderas, según el columnista, claro, era para denunciar el «genocidio».

Cuando uno era un joven estudiante y, como sigo haciendo ahora con cuanta prensa cae en mis manos, leía frecuentemente (seguro que por deformación familiar) columnas de opinión de todas las tendencias políticas, como las de Haro Tecglen (D. Eduardo, conocido cariñosamente como 'La momia') o las de Rafael García Serrano, y también las de Javier Pradera, las de Jaime Campmany o las de Manu Leguineche y Raúl del Pozo, como las crónicas parlamentarias de Luis Carandell y Joaquín Aguirre Bellver, y seguía con sumo interés al inolvidable Santiago Amón, todo lo cual, añadido a lo leído después, me permite detectar el sectarismo de un artículo de prensa a kilómetros de distancia.

Creo que, probablemente, la exclamación de Pedro Delgado no fue afortunada y pecó de inocente, pero el mítico Perico fue el único de los que, comentando en televisión La Vuelta (la seguí a diario por TVE o por Eurosport), dijo las verdades del barquero: nadie (o muy pocos, los muy tontos) puede estar de acuerdo con lo desproporcionado de la actuación militar ordenada por el primer ministro israelí, pero para manifestarse en contra de ello no era necesario ejercer violencia contra los menos responsables de todo, los ciclistas profesionales. Y violencia de los manifestantes hubo en muchas etapas, sobre todo en la última, arruinada por unos imbéciles azuzados previamente por políticos de igual condición, que dejaron a cientos o miles de chavales llorando al no poder aplaudir a sus ídolos deportivos, de quienes no pudieron obtener sus ansiados autógrafos.

José Luis Karag Machuca

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