Cartas al director
Jugar a ser Dios
Mary Shelley en su famosa obra El monstruo de Frankenstein puso en manos del Dr. Víctor Frankenstein el poder de «crear» un ser humano. Y ese monstruo se rebeló contra su «creador» asesinando a todo aquel que el doctor amaba. Víctor Frankenstein se arrepintió de su obra y pagó cara su osadía, sufriendo las muertes de todos sus seres queridos, que habían sido asesinados a manos de su criatura.
En un reportaje que vi ayer en televisión hablaban de los «niños probeta» ya crecidos, que conocieron su condición al llegar a la edad adulta y muchos, lejos de parecerles normal, no lo aceptaron, se sintieron frustrados y desasosegados.
Jugar a ser Dios, fuera de las novelas, también tiene un precio y muy caro. Una factura de indignación, frustración, decepción y rebeldía que las personas concebidas en un laboratorio acusan contra sus padres por haberlos concebido de una manera antinatural; muchos privados de la figura paterna y todos con la inquietud de no saber de dónde vienen, de no saber si tienen más hermanos y con la desazón de sentirse un «capricho» de la voluntad de sus padres en lugar de un fruto del amor.
Para tener un cochazo, no tienes más que tener dinero y pagarlo; para un casoplón, también, pero para tener un hijo, no. Un hijo debería ser concebido y nacer del amor de un hombre y una mujer, de la manera más maravillosa y natural que Dios ha puesto en la naturaleza humana.
Despojar a una criatura del derecho de haber sido concebida de una forma natural es despojarla de sus derechos y de su dignidad. La fecundación artificial se presenta como un «derecho» a tener hijos; cuando el derecho a tener hijos, no se debe confundir con el «yo quiero tener un hijo y pongo todos los medios humanos, materiales, éticos o no éticos, morales o inmorales que hagan falta, para conseguir mi objetivo». Ahí no existen los derechos del menor, sino que la voluntad de los padres se convierte en un «derecho» en el que se conculcan los de los hijos. Prueba de ello son las declaraciones de muchos de estos chavales, que se sienten víctimas de los antojos de sus padres.
Una auténtica monstruosidad, no las criaturas, sino los «creadores».