Cartas al director
Narciso
Nunca he visto más pletórico a Pedro Sánchez que en su visita a la India el día de la dana, en la que 228 españoles se ahogaron literalmente en sus propias casas. Pero a los medios de comunicación del «tirano» solo les interesa donde estuvo aquel fatídico día Mazón.
Bajo una fastuosa sombrilla caminaba Pedro junto a su amada Begoña por calles de Vadodara engalanadas en su honor, rodeados por multitudes de gente que los agasajaban tirándoles flores, no me digan que no fue exótico, podría incluso valer esta escena para el final de una película de amor, cursi, cursi, cursi.
El narcisista número uno de España debía encontrarse en un estado de éxtasis ante semejantes halagos de la muchedumbre hacia su regia persona, ante semejante jolgorio que se había montado por su gloriosa presencia. «Me lo merezco» debió pensar Sánchez, una y otra vez, plenamente satisfecho de sí mismo.
Cuánto le hubiese gustado haberse quedado en la India de por vida, viviendo como un marajá, como Robert Conway perdido en Shangri La.
Que pereza para él supuso tener que volver a la desagradecida España, donde en vez de tirarle flores por las calles le insultan. ¿Pero cómo se atreven estos ingratos españoles? No se dan cuenta de que Narciso es terriblemente susceptible y que, como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, necesita multitudes que la adoren sin parar.
Esas palabras, que la vieja y acabada actriz del cine mudo pronuncia en la magistral escena final de la película, las podría haber dicho Pedro Sánchez sobre sí mismo exactamente igual:
«Porque mi vida es esto, solo esto, nada más, las luces, las cámaras y la gente que mira en la oscuridad».