Carácter moral del discurso del Papa en el parlamento
Sin la promesa de una vida eterna, el ser humano no tiene ninguna razón para actuar de acuerdo con el bien. Si los actos no tienen trascendencia, entonces cada quien puede hacer lo que quiera
En 1864, Nicolai G. Chernishevski escribe desde la cárcel una novela panfleto que había de conmocionar al universo político ruso, Una pregunta vital o ¿Qué hacer? Uno de los aspectos de la novela que más atractivo ejerció sobre el radicalismo ruso y más escandalizó a la intelectualidad conservadora y liberal fue el rechazo a la moral, hasta el punto de que éste se convirtió en el rasgo distintivo del nihilista. El movimiento radical ruso no era un todo coherente. Las diferencias entre unos y otros sectores podían ser sustanciales, pero a partir de la novela Padres e hijos, de Turguenev (1862), se acuña el término «nihilista» para atribuirles un rasgo común distintivo. Consistiría éste en un cierto inmoralismo, es decir, la supeditación de la moral al pensamiento positivo o a la eficacia revolucionaria.
La noción de egoísmo racional de Chernishevski constituía un intento de formular una teoría del bien natural compatible con una epistemología positivista y una ontología materialista. La ciencia constituye el único método que provee de conocimiento al hombre. Es más, es capaz de proporcionar un conocimiento exacto de la naturaleza material de las cosas, la única realmente existente. Dicho conocimiento es adquirido mediante un proceso progresivo en el que el hombre va desarrollando medios cada vez más potentes, no solo de comprensión, sino de control tecnológico de los recursos naturales.
En el Congreso de los Diputados el discurso pronunciado por el Pontífice asume, sin embargo, una naturaleza moral desbordante, en las antípodas de las teorías políticas de Chernishevski. Encontramos en la disertación del Papa en el parlamento una multitud polifónica de caracteres diferentes, pero en convergencia. Dicha multitud podría sintetizarse en una pregunta que él mismo realiza: «Toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes». El Papa interpela a la cuestión antropológica: ¿qué es el hombre?, ¿qué puede el hombre, el hombre carente de supuestos, extramuros de sus supuestos civilizadores, sociales, históricos, y de otros límites semejantes? ¿Qué es el hombre en un «paisaje de mundo virgen», el hombre más allá de las últimas empalizadas fronterizas?
Dice León XIV que «España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa».
Cuando se habla de una criatura «abierta a la verdad» se rechaza la verdad de este mundo, en que tantas veces prevalece la injusticia y la ley del más fuerte, se rechaza una voluntad de poder nietzscheana creadora de la verdad, apelando sin embargo a una verdad elevada, al ideal de la bondad y la belleza, a través del amor. Cuando se habla de una criatura «dotada de libertad», no se excluye lo contradictorio, lo irracional, el mal, pero tampoco quedan fuera la luz, el bien, la generosidad y la compasión.
La libertad no se le da al hombre para hacer lo que quiera, sino para que se realice conforme a su ser, a su modo de ser. Una libertad para hacerse, no para deshacerse, para destruirse. El hecho de que el hombre pueda destruirse, indica que su libertad es deficiente. Cuando se habla, en fin, de una criatura con «sed de eternidad», esa que tuvo Unamuno, a quien el Papa ha mencionado, se está negando cualquier momento del tiempo como indiferente, como haría notar K. Rahner: solamente la eternidad da sentido al tiempo y al sufrimiento, y se convierte en el verdadero destino de la humanidad.
Los hermanos Karamazov ahonda en esta pregunta filosófica: ¿qué será del hombre después, sin Dios y sin vida futura? ¿Es posible la vida del ser humano sin Dios? La respuesta es negativa. Dostoievski cree que un mundo civilizado no es probable sin Dios: «No existiría la civilización, si no hubieran inventado a Dios». Sin la promesa de una vida eterna, el ser humano no tiene ninguna razón para actuar de acuerdo con el bien. Si los actos no tienen trascendencia, entonces cada quien puede hacer lo que quiera: «sin la inmortalidad del alma todo está permitido». Dostoievski piensa que un mundo sin Dios corresponde a una sociedad organizada racionalmente por el egoísmo, hasta llegar al crimen.
El Papa, después de reclamar una «acogida respetuosa y posibilidades reales de integración para los inmigrantes», de lanzar con valentía un mensaje en favor «de toda vida humana» y contrario al aborto y la eutanasia, o de criticar la crispación política, ha concluido invocando a Dios para que «conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias». La gran ovación recibida al final de su discurso sellaba la esperanza de que la clase política española, no pocas veces ajena a la probidad que merece el Congreso de los Diputados, era también capaz de acoger la semilla de las palabras del Vicario de Cristo. Veamos ahora sus frutos.
Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid