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TribunaRoberto Esteban Duque

Trump sigue el principio «el fin justifica los medios»

Ni con el propósito de salvar la vida de una persona es justificable elegir la vida o la muerte de otra. Matar a un inocente es siempre una acción mala en sí misma, con independencia de ulteriores propósitos, por loables que estos sean

Lo que para cualquier hombre sería una pesadilla se convierte, para el filósofo alemán Ernest Jünger, en el lugar de exploración y entrenamiento de los límites del sujeto moderno, de sus miedos, angustias y compensaciones sustitutorias. La originalidad teórica de su vivencia radica en la mirada en cierto modo realista de un gesto típicamente romántico, que, al tiempo que escapa de la realidad del mundo desencantado para adentrarse activamente en una idealización épica y extática del hecho bélico, lo mira de frente para justificarlo aun a pesar de su brutalidad y de su horror. Desde el primer momento, el joven Jünger no le da la espalda a la nada. El soldado Jünger narra, en definitiva, su propia construcción de la personalidad en medio de las terribles tormentas de acero que azotan el paisaje desolado por las guerras modernas.

El joven soldado alemán exalta la guerra moderna, su virilidad, su carácter épico, le confiere asimismo un sentido cuasi-sagrado a la muerte y, cuando parece presentársele, la busca incluso con anhelo redentor: «Por fin me había atrapado una bala. A la vez que percibía el balazo sentí que aquel proyectil me sajaba la vida. (...) Mientras caía pesadamente sobre el piso de la trinchera había alcanzado el convencimiento de que aquella vez todo había acabado, acabado de manera irrevocable. Y, sin embargo, aunque parezca extraño, fue aquel uno de los poquísimos instantes de los que puedo decir que han sido felices de verdad. En él capté la estructura interna de la vida, como si un relámpago la iluminase».

Acostumbrados como estamos a verle desenvolverse en una montaña de banalidades y excentricidades, y arrebatado por la guerra como una eterna borrachera, a semejanza de Jünger, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, canalizando el espíritu dionisiaco nietzscheano que recorre la historia, declaraba en su recurrente enfrentamiento con el Papa: «¿Alguien puede hacer el favor de decirle al Papa León que Irán ha matado al menos a 42.000 manifestantes inocentes, completamente desarmados, en los últimos meses, y que es absolutamente inaceptable que Irán tenga una bomba nuclear?».

La época posmoderna, según Jean-François Lyotard, se caracterizaba por la incredulidad hacia las metanarraciones: las grandes visiones del mundo, que se proponían como miradas globales e interpretativas de la realidad, habían llegado a su fin, incapaces de cumplir la función para la que habían nacido. Lyotard se refiere al marxismo, al psicoanálisis y a la religión.

Sin embargo, el fin de las metanarraciones dejó en el terreno algo que Lyotard no había previsto: el hecho de que los grandes relatos fueron eficazmente sustituidos por micronarraciones, que caracterizan el modo de comunicación de nuestra época. Se trata de convicciones sin complejidad que guían e influyen en la opinión pública no mediante razonamientos rigurosos y articulados, sino a través de afirmaciones que tocan la esfera emotiva e inducen a actuar sin pensar demasiado. Desde el punto de vista comunicativo, las micronarraciones adoptan la forma de eslóganes: enunciados breves y funcionales que no están destinados a ser puestos en duda, sino solo a ser acogidos y compartidos. Trump ha utilizado el eslogan «Make America Great Again» (MAGA), «que Estados Unidos vuelva a ser grande».

Se trata del paso de la época del logos a la del pathos, es decir, de un largo periodo en el que la racionalidad fue puesta en el centro como la única y más elevada forma de expresión del ser humano, al momento actual que estamos viviendo, en el que la dimensión emotiva reivindica una atención y un espacio de los que en los siglos anteriores no había gozado. Si se observa bien, las micronarraciones o eslóganes evocan en cierto modo la naturaleza del mito, que antes del siglo V a. C. servía para organizar el conocimiento sin una lógica estricta: era una manera de darse explicaciones allí donde el problema permanecía envuelto en el misterio.

Las palabras de Trump, interpelando al pontífice, manifiestan un claro utilitarismo por parte del presidente norteamericano. Pensar en tener mejores consecuencias para la sociedad en su conjunto eligiendo para ello matar a inocentes siempre será un acto de absoluta injusticia. En realidad, Trump sigue el principio «el fin justifica los medios», eligiendo acciones dotadas de una identidad moral que nos hace llegar a ser personas buenas o malas, justas o injustas.

Ni con el propósito de salvar la vida de una persona es justificable elegir la vida o la muerte de otra. Matar a un inocente es siempre una acción mala en sí misma, con independencia de ulteriores propósitos, por loables que estos sean. Quitar de en medio a Irán porque su existencia se ve como un mal absoluto, pretendiendo que toda una civilización deje de existir, es un acto de injusticia que, tarde o temprano, deberá restablecerse.

No debemos resignarnos a convivir con la miseria de la guerra en medio de precarias treguas, dejarnos abatir por una especie de diastrophē o por un parásito que se adhiere a la piel y destruye la comunidad humana sin poder hallar jamás un equilibrio definitivo capaz de contrarrestar esta «vergüenza para la humanidad», este «clamor a Dios» de la guerra que lleva al Papa León a pronunciar una tremenda malaventuranza: «¡Ay de quienes doblegan las religiones y el mismo nombre de Dios a sus propios intereses militares, económicos y políticos, arrastrando lo que es santo hacia lo más sucio y tenebroso!».

Roberto Esteban Duque es sacerdote, profesor de Ética y Bioética en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid) y de Teología Moral en el Seminario Conciliar San Julián de Cuenca; licenciado en Teología por la Universidad Lateranense de Roma y doctor en Teología Moral por la Universidad San Dámaso de Madrid

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