Cartas al director
De rodillas no se gobierna
No se gobierna de rodillas. Y menos aún cuando se actúa dando el pésame en pleno Congreso por el suicidio de un etarra, en presencia de familiares y compañeros de personas asesinadas por esa misma organización.
Tampoco se gobierna mintiendo sobre la autoría de un libro. Ni volviendo a mentir cuando se proclamó que no podría dormir tranquilo con partidos como Podemos dentro del Consejo de Ministros. No solo duerme bien: ahora los tiene duplicados.
Se nos engañó con un «no» rotundo a la amnistía, olvidando que su propio partido colaboró y firmó la aplicación del artículo 155 en Cataluña. También se prometió traer a España al fugado Puigdemont, aquel que escapó en un maletero. Tal vez lo cumpla, pero invitándolo a compartir acuerdos que perjudican a otras autonomías.
Negó conocer personalmente a Ábalos, pese a comidas familiares, fines de semana en casas rurales y viajes en aquel sufrido, Peugeot que, si pudiera hablar, revelaría lo que allí se trató. Tampoco se explica por qué lo incluyó de nuevo en la lista por Valencia cuando ya había sido cesado de su poderoso cargo.
Hablamos del mismo «señor» que presumía de ser feminista «porque soy socialista», y cuya trayectoria quedó marcada por episodios bochornosos con compañeras de partido. Y de un partido con más de 155 años de historia, cuya dignidad no puede quedar en manos de quien reincorpora a figuras tristemente célebres por actitudes impropias, hasta haber sido denunciadas por mujeres de su propia organización.
No, señor Sánchez. Usted no puede presidir el Gobierno de España ni encabezar una formación que durante décadas fue baluarte de derechos, igualdad y libertades, respaldada por militantes que incluso dieron su vida por sus siglas. Tampoco honró la memoria de un buen socialista como Javier Lambán, solo porque discrepó —de manera digna— de sus decisiones y de sus pactos contrarios a los principios fundamentales del partido.
Usted aspira a ser un caudillo, y a los caudillos este país ya los dejó atrás para siempre. Ojalá su ciclo político termine también en el terreno de la memoria, aunque le deseo una larga vida.
Si aún le queda dignidad, convoque elecciones.
Porque un presidente de España –cuya legalidad no discuto, pero sí su moralidad– nunca debe arrodillarse ante un fugado y condenado por la Justicia.