Cartas al director
La cuestión palpitante
Que los niños, más tarde o más temprano, dejan de creer en los Reyes Magos es un hecho que no admite discusiones. Ahora bien, en qué momento se produce el lapsus fidei o, más bien, se atreven a verbalizarlo ante nosotros, eso ya es otro cantar…
Como padre de cinco criaturas entre los tres y los once años, comprenderán que este es un tema que a mí me ha estado trayendo por la calle de la amargura durante, al menos, las últimas tres Navidades. ¿Sospechará algo el mayor? ¿Nos la estará jugando sin que lo sepamos…? Con tanto niño en casa, la logística es una locura, y uno ya tiene ganas de poder contar con ayudantes para salir a hacer ciertos «recados» y no andarse con tanto secretismo…
Total, que el otro día el tema salió a la luz durante una conversación entre el mayor y su madre, y mi mujer, en su infinita sabiduría, dejó el asunto zanjado, y bien zanjado. Al parecer, el muy taimado llevaba ya tiempo con la duda entre ceja y ceja pero, según tuvo a bien confesar, el hecho de que hace un par de años llegara a casa la dichosa Nintendo había despejado momentáneamente sus dudas porque, cito literalmente, «vosotros no nos regalaríais nunca algo así».
Dejando a un lado la penosa imagen que nuestros hijos puedan tener de nosotros y de nuestra economía doméstica, he de admitir que me he quitado un peso de encima. No hubo lágrimas ni reproches: la transición se realizó de manera natural, sin alharacas. Ahora solo nos faltan cuatro más: casi nada. Pero lo más importante es que hemos abierto camino y hemos perdido el miedo a lo que pueda pasar.
Así que este es el único consejo que puedo darles a aquellos que andan tan agobiados como nosotros lo estábamos: laissez faire. Cada cosa a su tiempo. Eso sí: si el vástago correspondiente aún no ha abierto la boca y ya está pensando qué bachillerato cursar, háganle un favor y llévenselo a visitar la catedral de Colonia, por si las moscas.