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Cartas al director

La fuerza callada

Vivimos obsesionados con el ruido, el rendimiento y la necesidad constante de impresionar a la habitación. Parece que, si uno no aspira a devorar el mercado laboral o a exhibir sus logros, carece de ambición. Sin embargo, cuanto más observo el panorama, más me reafirmo en una idea: la verdadera inteligencia es la sensata, la que entiende el entorno sin necesidad de pavonearse. Hay algo elegantísimo en quien no necesita demostrar constantemente que sabe cosas y en quien sabe matizar, porque entiende que la precisión importa.

Mi idea de felicidad no tiene mucho que ver con el éxito profesional, aunque la carrera me desgaste. Para mí, el éxito es algo mucho más pequeño, íntimo y, paradójicamente, más difícil de conseguir: una vida tranquila, alguien bueno al lado, niños y una casa donde todo el mundo pueda descansar. Me da igual renunciar a muchas cosas si eso implica construir algo de verdad.

Volverse selectivo con el tiempo y dejar de regalarlo a cualquiera que consuma tu energía no te vuelve más frío; te vuelve consciente de lo que vale una hora de tu vida. No es resignación. De hecho, cuando asumo que algo está perdido, siempre aparece una versión de mí, extremadamente cabezota, que sigue empujando en silencio. Es esa fuerza callada, y no los grandes discursos, la que suele terminar consiguiendo las cosas.

Quizá por eso cada vez admiro más a quienes viven sin estridencias, a quienes construyen sin necesidad de exhibirse y a quienes entienden que una buena vida no siempre es la más brillante, sino la más verdadera.

Cristina Cuervo Amores

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