Cartas al director
Frente al abandono, la juventud
Pertenezco a una generación troquelada en la penumbra. Nacimos entre los rescoldos de la crisis de 2008, maduramos intramuros por la reclusión de la pandemia y hoy afrontamos el porvenir desde la precariedad laboral, inmersos en una sociedad sedada por el consumo efímero y la superficialidad de la polarización política. Nos creyeron la juventud del desencanto: almas a la deriva en un páramo sin vocación ni arraigo. Mas la historia, trágica y redentora, ha venido a quebrantar nuestra anestesia.
Los aciagos sucesos del pasado 30 de julio en la frontera de Ceuta operaron como el relámpago que rasga el velo de la noche. Ante la inacción de los poderes públicos, que dejan inerme a la ciudadanía ceutí, un pulso atávico ha disipado nuestro letargo. Lo que el cálculo político juzgó como resignación no era sino el espeso silencio que precede a la tormenta.
No corre por nuestras venas la apatía que pretendieron inculcarnos, sino el pulso estoico de una nación. Reaparece en nosotros el senequismo imperturbable que enseñó a Quevedo a contemplar con noble desengaño los muros desmantelados de la patria y la entereza cervantina frente al infortunio. España constituye una constante histórica de redención cuando sus gobernantes flaquean: es el eco indómito de Viriato en las sierras, la firmeza implacable de María Pita en el adarve y el arrojo trágico de Daoíz en Monteleón. El pueblo hispano jamás ha precisado la venia de sus élites para velar por la integridad de su suelo.
Ese espíritu combativo, de resonancias trágicas y míticas, renace hoy en la juventud para sacudirse dos décadas de pesadumbre. No nos mueve la inercia, sino un acendrado amor a la patria y el deber ineludible de custodiar su soberanía. Por ello, este 2 de septiembre alzaremos la voz en las calles en defensa de la españolidad de Ceuta y la dignidad de nuestro pueblo.
Ha llegado la hora de transmutar la melancolía en fuego y la postración en vanguardia. A quienes daban por extinto el espíritu de la juventud española, les respondemos desde la hondura de nuestra historia: España no se extingue en el olvido, se reencarna en sus hijos.