Cartas al director
¿Socialismo nada más?
Seguramente la creencia general es que se trata de una idea política como otras que propugnan la manera llevar adelante la república, la monarquía u otras formas de gobierno.
El socialismo, claro, es una forma política, pero también mucho más. Aclaremos antes que, propiamente, se debe hablar de socialismos, pues hay tantas variantes como los distintos maestros que los sostienen. Obvio es decir que el socialismo es una ideología, «sistema de ideas simplificado para el uso de la masa y con fines de conquista y ejercicio de poder», según define Ibáñez Langlois.
Los socialismos son, o pretenden ser, una religión. Extraño, ¿verdad? Como toda ideología, aspira a sustituir a la religión, de modo que el mundo ya no tiene su origen y sentido último en Dios, sino en sí mismo. Así, en su Ensayo sobre liberalismo, socialismo y cristianismo, Donoso Cortés escribía hacia 1850: «El socialismo no es fuerte sino porque es una teología y no es destructor sino porque es una teología satánica».
Y Dostoievski, en su Diario de un escritor (1877) afirmaba que desde 1789 Francia había desarrollado «su propio socialismo, a saber, la consolidación de un arreglo en la sociedad humana sin Dios y al margen de Cristo».
El conde de Saint Simon es uno de los padres del socialismo. Casi desconocido en vida, entre sus muchos escritos dejó El Nuevo Cristianismo. Tras su muerte, un grupo de adeptos comenzó a proclamarle maestro e iniciador de verdades reveladas. Entonces, ¿un socialista puede ser católico?
Por la Revelación sabemos que el hombre, dotado de razón y libertad, ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza; su cuerpo material está dotado de un alma inmortal, goza de la dignidad de ser persona humana y está destinado a la gloria eterna.
En cambio, ¿qué nos dice el socialismo sobre el hombre? Tiene por fin organizarle la vida para satisfacer sus necesidades materiales. Es decir, se mueve de tejas abajo, carece de transcendencia, no vela por la dignidad de la persona humana, solo cuenta el individuo. Aquí encontramos la más grave objeción de la Iglesia a los socialismos. No es posible ordenar la sociedad al margen o contra Dios.
Marxismo y comunismo quedan claramente condenados por Pío IX en la Quadragesimo Anno.
Al margen de la Iglesia, que reiteradamente ha condenado los sistemas socialistas, Marx y Engels, al redactar el Manifiesto Comunista en 1847, señalaban la contradicción de un socialismo cristiano o de un cristianismo socialista.