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Editorial

El drama de Ceuta es Sánchez

La indolencia del Gobierno y de su presidente no puede quedar sin castigo

La incompetencia e inhumanidad del Gobierno en Ceuta, resumida en la inaceptable holgazanería institucional de un presidente de vacaciones eternas, ha provocado que una crisis intolerable se convierta además en sistémica, entre negaciones absurdas de Sánchez y de sus ministros que han quedado reiteradamente desmontadas por los hechos.

Una invasión que nunca debió permitirse ha evolucionado a una auténtica ocupación de la sufriente ciudad española, donde se imponen la suciedad, las enfermedades, la inseguridad ciudadana y el riesgo evidente de que, antes o después, se registre otro episodio similar y en todo caso avance la burda hoja de ruta anexionista del instigador, cómplice o beneficiario de esta vergüenza, que es el régimen de Rabat.

El desalojo de una playa ayer, con un amplio despliegue policial, no debe llevar a error: es el reconocimiento de que se había mentido al dar por «normalizada» la situación, obviamente sin estarlo, para «normalizar» de paso la intolerable pasividad del Gobierno, que ha dedicado más tiempo a agradecerle a Rabat su inexistente colaboración que a atender a Ceuta, restituir sus derechos y tomar las medidas oportunas para defender la soberanía nacional.

Que un presidente ya ilegítimo por la falta de mayoría parlamentaria y de Presupuestos haya vivido desde la playa una violación del territorio español y siga allí mientras miles de ceutíes viven acongojados refleja, además de una negligencia sin precedentes, una insensibilidad galopante. Y todo ello junto obliga a preguntarse si hay razones inconfesables para esa rendición política ante Mohamed VI, cuyos servicios de Inteligencia son señalados como responsables del espionaje al teléfono móvil del presidente del Gobierno, cuyas debilidades personales no pueden seguir dañando los intereses de España en tantos ámbitos.

En ese contexto, el jefe de la oposición ha propuesto un plan específico para Ceuta y Melilla que, en síntesis, empieza por dotar a la crisis de un mando único regulado, continúa por la reversión del asalto en su totalidad y culmina con un refuerzo de la presencia de España en sus dos plazas en el Norte de África, abandonadas aparentemente a su suerte.

Todo eso, o algo similar, debiera haber hecho desde el primer momento el indolente Sánchez, reuniendo a la Diputación Permanente del Congreso, contando con la autoridad del Rey y buscando un consenso de todas las fuerzas políticas que, en asuntos como éste, es deseable y posible.

El mensaje que se ha lanzado, en fin, no caerá en saco roto en Rabat, reforzada por la complicidad de Estados Unidos o Israel, que no deben confundir lo que piensen del Gobierno español con lo que merece España. El Reino vecino sabe perfectamente que Sánchez es un presidente débil, sin mayorías, tibio y con una mochila de escándalos que le hacen vulnerable y le dejan sin apenas apoyos en la comunidad internacional. La pregunta es cuándo aprovecharán esa certeza para dar otro paso. Y todas las respuestas se antojan inquietantes.

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