1933
En definitiva, esa izquierda moralizante, amoral que vive de las cesiones y concesiones a los enemigos de la nación. Esa izquierda cuyo programa es la descomposición política, institucional y social y cuyo propósito es la polarización y la confrontación con el objeto de deconstituir/deconstruir la nación
En enero de 1933, una de tantas crisis suscitadas por los comunistas vino a poner de relieve la fragilidad de la coalición izquierdista que ocupaba el poder, al tener que enfrentarse a una ofensiva parlamentaria. Finalmente, el descrédito del Gobierno condujo a la disolución del Parlamento.
Las elecciones de noviembre de 1933 arrojaron un triunfo neto de las fuerzas de la derecha: de los 310 escaños de la Cámara, 217 correspondieron al centroderecha y 93 a las izquierdas, de los cuales 53 pertenecían al socialismo. Esto es, el ensayo izquierdista, desarrollado con escaso tacto, decepcionó a una parte importante de la ciudadanía que acabó optando por la derecha. Una izquierda que, desde el primer momento, no aceptó el resultado de las urnas y se aprestó a cerrar el paso a la derecha tildándola de fascista. Conviene recordar que se cerró el paso a la derecha por la vía de la violencia. La otra cara de la violencia socialista: la izquierda renunció de facto y de iure a la legalidad parlamentaria.
Dos valoraciones de la época. Salvador de Madariaga: el socialismo español puso de relieve la «actitud rebelde y anticonstitucional de los socialistas» que se arrogaron el derecho de negar el acceso al poder a «un partido elegido en condiciones impecables por el pueblo, alegando razones que todo observador imparcial sabía ser falsas». Jaume Vicens Vives: «los hechos han demostrado categóricamente que ni el populismo ni el agrarismo eran contrarios al funcionamiento de un régimen democrático. Pretendían introducir en la Constitución determinadas reformas relativas a los puntos que lógicamente defendían: bicameralismo, defensa de la religión católica, limitaciones a la socialización y a las autonomías regionales. Pero la opinión republicana les consideró erróneamente como reaccionarios, clericales, dictatoriales y prefascistas».
La intransigencia socialista –que no acepta la democracia– fue el factor fundamental que condujo al fracaso del régimen. La intransigencia revolucionaria de Francisco Largo Caballero –un faccioso, a fin de cuentas–, empecinado en instaurar la dictadura del proletariado y el sindicalismo revolucionario de clase, desembocó en un asalto violento al Estado constitucional y democrático.
Todo ello –sumando la coyuntura europea de la época: la crisis del socialismo alemán y austríaco–, como señala Carlos Seco Serrano, fue «el impulso decisivo para que el marxismo español acabase de perder la cabeza». ¿Perder la cabeza? Implementar una política y una práctica radicales cuyo objetivo no era otro que el arremeter contra legalidad vigente y la derecha gobernante. Por si fuera poco, el socialismo de vocación golpista contó con la colaboración de los nacionalismos catalán y vasco dispuestos a superar la idea de nación española.
El golpe anunciado llegó por partida doble. La excusa: la entrada de tres ministros cedistas –la derecha– en el Gobierno. Los hechos: la denominada Revolución de Asturias orquestada por el socialismo y el sindicalismo de clase y dirigida por el Lenin español de nombre Francisco Largo Caballero; y el golpe de un Lluís Companys que se dejó arrastrar por el socialismo proclamando un Estado catalán de corta duración que rompió el Estatuto constitucionalmente estable.
Conviene recordar que ambos golpes vinieron precedidos por la alteración constante del orden público y por unas elecciones municipales –por cierto, las primeras en que participaron las mujeres– que ganó la derecha. El dato: los partidos gubernamentales de izquierda obtuvieron 5.000 concejales y la oposición de derecha 9.100. Unos resultados que anunciaban las elecciones generales. Unas elecciones que el Gobierno de izquierda preparó implementando una nueva ley de divorcio, legalizando el matrimonio civil, confiscando parcialmente los bienes de la Compañía de Jesús, secularizando los cementerios y aumentando el salario mínimo, los contratos de trabajo y el personal de la Administración. A lo que hay que sumar una política «reformista» que recortaba –de hecho, eliminaba– la influencia de la Iglesia católica en la sociedad, especialmente en la educación primaria parroquial, en la educación secundaria de los colegios religiosos y en la educación universitaria de la Escuela Comercial de Deusto y el Instituto Católico de Artes e Industrias que, por cierto, fue incendiado un mes después de la proclamación de la Segunda República.
Yo no sé a ustedes, pero a mí todo eso me suena. Como si ocurriera ahora. Una coalición izquierdista que depende de comunistas y nacionalistas, elecciones municipales y autonómicas perdidas, gobierno que quiere cancelar con saña a una oposición que por el hecho de serlo se tilda de fascista, socialismo que corrompe la legalidad constitucional, autonomías dispuestas a lanzar proclamas desde el balcón, amnistías anticonstitucionales, políticos que dicen hablar en nombre del pueblo al que estimulan a ocupar una calle que es suya.
Yo no sé a ustedes, pero a mí todo eso me suena a esa izquierda que rodeó el Congreso de los Diputados gritando «¡En Pie!», a los indignados del 15-M, a quienes acordonaron el Parlamento de Andalucía «en defensa de los intereses de la inmensa mayoría», a quienes acorralaron el Parlamento de Cataluña y rociaron con pintura a algunos diputados mientras otros consiguieron entrar gracias al helicóptero. Me suena también a la colonización de las instituciones y las empresas públicas, a la cultura woke que cancela cualquier disidencia, al asalto de la RAE, y a la bendición del antioccidentalismo, el neofeminismo que predica el agravante masculino de género y el ecologismo integrista. Sin olvidar la consagración de las naciones (?) periféricas. Miedo da.
En definitiva, esa izquierda moralizante amoral que vive de las cesiones y concesiones a los enemigos de la nación. Esa izquierda cuyo programa es la descomposición política, institucional y social y cuyo propósito es la polarización y la confrontación con el objeto de deconstituir/deconstruir la nación y la monarquía.
Mark Twain: «La historia no se repite, pero a menudo rima». Pedro Sánchez debería saberlo. Lo sabe. El presente inmediato: menosprecio de las instituciones y guerracivilismo.
Miquel Porta Perales es escritor