24 de septiembre de 2022

EN PRIMERA LÍNEAGonzalo Cabello de los Cobos Narváez

Oh fortuna, diabólica ramera

A los políticos solo les importan los políticos

Algo me está sucediendo. Desde hace algún tiempo me sorprendo apagando la televisión en cuanto empieza el telediario o buscando como única fuente de información la sección de deportes y cotilleos de cualquier periódico. Siento una inevitable repulsión hacia todo lo que tenga que ver con la política. Podríamos decir que estoy en mi época azul.
Antes, para evitar la tristeza, utilizaba La conjura de los necios de John Kennedy Toole como remedio infalible. Leía frases de Ignatius Reilly como aquella de «oh fortuna, diabólica ramera» o aquella que decía que «sólo los degenerados hacen turismo» y mis penas se volatilizaban en el acto. Pero ahora, ni ese catedralicio canto al humor puede sacarme de la agónica apatía que me produce ver a Juan Manuel Moreno Bonilla hablarle a una vaca en campaña electoral.
Supongo que son fases. Cuando con 13 años me desperté súbitamente una noche siendo consciente de que cualquier día podría espicharla, supe que había superado una etapa de mi vida. Pues ahora me sucede lo mismo, con la salvedad de que, gracias a los dioses, no tengo que ir al cuarto de mi madre para que me toque el pelo a modo de Lexatin adolescente.
Aunque este ha sido un proceso de aceptación más lento y menos traumático que el anterior, por fin se me ha revelado una verdad sencilla que llevaba tiempo revoloteando en mi cabeza: a los políticos solo les importan los políticos.
Supongo que los lectores veteranos que estén dedicando cinco minutos a este artículo sabrán a lo que me refiero y ahora mismo estarán dibujando en sus caras una media sonrisa cargada de ironía. Ellos ya tuvieron su revelación hace tiempo. Pero permítanme que yo, a mis 35 años, todavía albergue un mínimo de esperanza y me rebele ante esa verdad que parece inevitable.
política

Lu Tolstova

Una verdad que habla de todos los políticos en general y de ninguno en particular, y que se refiere a un sistema corrupto cuya perversión ha derivado en la impudicia más abyecta. Un sistema en el que los representantes han dejado de lado a sus representados, parasitando además gran parte de sus recursos. Una verdad que, en definitiva, habla de una farsa en la que nosotros somos los protagonistas.
España vive ahora mismo uno de los momentos más críticos de su historia moderna. La inflación, esa fisgona que destapa las vergüenzas, ha comenzado a levantar las faldas de nuestra economía y mucho me temo que no le está gustando nada lo que ve.
La situación debe preocuparnos, pero sin duda lo que debe aterrorizarnos es pensar en las personas que tendrán el mando cuando el probable cataclismo llegue a nuestro país. No serán los mejores, eso seguro. Los más capacitados no nos liderarán porque los mediocres han tomado el control del sistema político desde hace mucho tiempo. No nos engañemos. Lo que hoy vemos en el Congreso de los Diputados no es más que una mera representación, y no precisamente del pueblo.
Cuando las personas brillantes e innovadoras se van descartando y tachando de peligrosas o subversivas, el color se desvanece y todo se torna gris. Y es precisamente en el gris donde se mueve la gente sin imaginación que, al no tener otro refugio, se entrega a la política para hacer carrera. Y ese es el gran problema.
Mi parte optimista, la poca que queda, me invita a pensar que antes o después la sociedad despertará y buscará la fórmula para expulsar de la política a aquellos que buscan en ella un simple medio de vida (en el mejor de los casos). Pero mi parte realista, por el contrario, me acerca cada vez más al cinismo de la madurez y me recuerda que Ignatuis Reilly, tras una serie de profundas reflexiones sobre la vida, llegó a la conclusión de que lo que él quería en realidad era «una buena monarquía, firme, con un rey decente, de buen gusto, un rey con ciertos conocimientos de teología y geometría, y que cultive una rica vida interior».
  • Gonzalo Cabello de los Cobos Narváez es periodista
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