La Tercera República
La reivindicación conjunta de las tres «naciones» viene del año 1923. Fue entonces cuando se constituyó Galeusca –por cierto, el español fue la lengua de comunicación de la entonces llamada Triple Alianza– y se reivindicaron las «voluntades libres y soberanas de los pueblos» y la «autodeterminación de los pueblos»
¿Se imaginan ustedes una Tercera República presidida por Pedro Sánchez o José Luis Rodríguez Zapatero o Félix Bolaños u Óscar Puente o Patxi López o Francina Armengol o Yolanda Díaz o Pablo Iglesias o Irene Montero o Gabriel Rufián o Baltasar Garzón o Silvia Intxaurrondo o el Gran Wyoming? Incomprensible. ¿Incomprensible?
Pedro Sánchez no inventa nada. Nada nuevo en un PSOE –el partido péndulo por excelencia– que a finales del XIX y principios del XX apostó por el confederalismo, para después colaborar con Miguel Primo de Rivera y, finalmente, impulsar la dictadura del proletariado durante la Segunda República.
El péndulo socialista sigue ahí en los documentos Hacia una estructura federal del Estado y Un nuevo pacto territorial: la España de todos (2013) que hablan de «modelo federal, cooperativo y pluralista», de «garantizar el respeto a la diversidad y dar respuesta a las demandas de autogobierno de las entidades que lo componen [el Estado]». Más: el documento Por el catalanismo y la España federal (2017) con sus «cauces de diálogo y negociación» y de «reforma federal de la Constitución» para el «mejor reconocimiento de la realidad plurinacional».
El péndulo socialista báscula de nuevo hacía el republicanismo confederal. Ahí está la política de Pedro Sánchez que implementa una fiscalidad singular y legaliza un monolingüismo que limita los traslados del individuo y las oportunidades de trabajo interregional, como si de un proteccionismo arancelario se tratara. Objetivo: trazar fronteras identitarias y «nacionales» entre los catalanes y los españoles identificando la lealtad lingüística con lealtad nacional. Añadan nuevas cesiones en cuestiones fronterizas, de inmigración y judiciales.
Una vez exprimida la estructura administrativa autonómica del Estado, por exigencias de la «voluntad del pueblo» y de la «democracia avanzada», el PSOE podría ensayar/introducir el federalismo asimétrico a la manera de los «estados multinacionales» –Canadá es el modelo– que teoriza Will Kymlicka: desvertebración del Estado vía consulta/referéndum, o reinterpretación constitucional, que legalizaría una maniobra deconstituyente en toda regla que desmantelaría la Constitución y el Estado de derecho aprobada por los españoles. ¿Quizá un golpe posmoderno acumulativo?
Objetivo: otorgar soberanía «nacional» a Cataluña, País Vasco y Galicia. Tres estados «nacionales» que formarían parte de la llamada España plurinacional. Unas «naciones» que tendrían «derechos de autogobierno», «derechos poliétnicos», «derechos especiales de representación», «delegación de poderes» y «apoyo financiero». A lo que habría que añadir «escaños garantizados en el seno de las instituciones centrales del Estado que los engloba». ¿Una Papúa Nueva Guinea asociada –a la manera de la Commonwealth– a la República Confederal Española?
Insisto, sin novedades en el PSOE. La idea de la autodeterminación y/o federalismo asimétrico no es ninguna novedad: en la Conferencia Socialista Ibérica, organizada por el PSOE (París, junio y septiembre de 1974), ya se propuso la autodeterminación para desbloquear el problema de las nacionalidades.
Cincuenta años después, Pedro Sánchez se propone desbloquear dicho «problema» satisfaciendo las aspiraciones «nacionales» de Cataluña, País Vasco y Galicia. La razón: la necesidad del reencuentro (?) entre España y Cataluña, País Vasco y Galicia; la obligación de diseñar un proyecto de convivencia (?) entre España y Cataluña, País Vasco y Galicia que recobre los afectos perdidos (?); la exigencia de compartir un futuro común (?) que solo puede basarse en el diálogo y la reconciliación por la vía de las concesiones nacionales y políticas (?). La verdadera razón: quebrantar la nación española y la democracia española en beneficio propio.
La reivindicación conjunta de las tres «naciones» viene del año 1923. Fue entonces cuando se constituyó Galeusca –por cierto, el español fue la lengua de comunicación de la entonces llamada Triple Alianza– y se reivindicaron las «voluntades libres y soberanas de los pueblos» y la «autodeterminación de los pueblos». Como somos hermanos, como tenemos que dialogar, como hemos de entendernos, como los conflictos políticos han de resolverse por la vía política, qué mejor que regresar al año 1923, piensa Pedro Sánchez. Y en Galeusca está el PSOE. La primera Galeusca quedó en el papel. La segunda va tomando cuerpo.
Una Galeusca, la del 2026 –¿acaso Arnaldo Ortegui no se ha reunido con Carles Puigdemont en Waterloo?–, que se cobijaría en la Tercera República, previa destitución ilícita de la Monarquía. Vuelvo al inicio, ¿se imaginan ustedes una Tercera República, de matriz confederal, presidida por Pedro Sánchez o algunos de sus camaradas?
Una Tercera República, con sus correspondientes naciones, que remite a la Primera República, agitada y efímera, en donde mal convivían ciudades como Cartagena, Sevilla, Jaén, Algeciras, Granada, Cádiz, Málaga, Murcia, Jumilla, Alcoy, Almansa, Torrevieja, Castellón, Barcelona, Olot, Béjar o Salamanca; ciudades convertidas, durante días o meses, en naciones o cantones soberanas de la República Democrática Federal Española.
Una Tercera República que también remite a la Segunda República, proclamada unilateralmente, que surge de unas elecciones municipales en la cuales ganaron las candidaturas monárquicas, aunque perdieron en las grandes ciudades y de ahí el unilateralismo antidemocrático de la proclamación. Una República con una Constitución de parte que la ciudadanía no refrenda y con unos políticos incapaces de ponerse de acuerdo en cuestiones fundamentales. Una República que contempló tres golpes de Estado –algunos impulsados por el socialismo–, innumerables alzamientos anarquistas y muchas proclamas. Una República poco amiga de la libertad de expresión, saturada de doctrinarismo y mesianismo.
Pese a los malos y repetidos augurios, hoy se percibe en España una atmósfera parecida a la que rodeó el Pacto de San Sebastián (1930) que condujo a la República.
Al respecto, me viene a la memoria la novela de Benito Pérez Galdós, titulada La Primera República, que forma parte de los Episodios Nacionales, que acaba hablando de las «desgarradoras contiendas civiles» y la «fatalidad histórica» producto de «nuestra incorregible tontería» y de una «sinrazón que ya ¡vive Dios! Va durando más de la cuenta».
- Miquel Porta Perales es escritor