La moralidad del derecho internacional
Cuando hablamos de más de ocho millones de refugiados y decenas de miles de personas torturadas y asesinadas por un régimen brutal, el debate no tiene sentido. Así ocurrió también cuando EE.UU. declaró unilateralmente la guerra a Hitler o cuando Clinton bombardeó Sarajevo para acabar con el tirano Milošević
Para entender la validez moral de la acción internacional de Estados Unidos en Venezuela, su fulgurante ataque y la captura de Maduro, habría que recordar el paralelismo con lo que hizo Hernán Cortés cinco siglos atrás, hecho relatado en La verdadera historia de la conquista de México, de Bernal Díaz del Castillo.
Habiendo desembarcado en 1519 en Veracruz, las tropas españolas avanzaron hacia Tenochtitlan, actual Ciudad de México, apoyadas por las alianzas con la inmensa mayoría de las tribus de la zona, tlaxcaltecas y totonacas, sometidos por la tiranía de los aztecas. Los motivos que tuvieron aquellos pueblos para secundar a Cortés y verle como un libertador eran evidentes. Padecían, entre otras cosas y desde hacía años, los secuestros y la humillante leva anual de cientos de mujeres y niños para ser sacrificados a Huitzilopochtli, el brutal dios de la guerra azteca, en el Templo Mayor de la gran ciudad.
La acción de Cortés solo se comprende desde su consideración como uno de los mayores genios militares y políticos que han existido. Su llegada a la capital azteca, con unas pocas decenas de soldados españoles, tuvo previamente una negociación diplomática con el emperador Moctezuma para conseguir su rendición. Ante la imposibilidad de su capitulación, Cortés, en un golpe militar inaudito ejecutado con unos pocos hombres, capturó al gran cacique y quebró su débil ánimo. Posteriormente, y tras muchos avatares, el imperio de sangre azteca se desmoronó, a lo que se sucedió la incorporación del territorio a la corona española con el nombre de la Nueva España. Poco después, se pasó del terror sacrificial y la barbarie al desarrollo de Hispanoamérica en esa y otras partes de esas latitudes. Florecieron por doquier las encomiendas para la protección de los indígenas, los hospitales, los colegios y las universidades. La población mesoamericana creció en número, en calidad de vida y en libertad.
Casi desde el primer contacto con los indígenas americanos, la Corona española encargó a los teólogos de la Universidad de Salamanca reflexiones morales para adquirir criterios de legislación para el gobierno de esos pueblos hasta entonces desconocidos. El dominico Francisco Vitoria, padre del derecho internacional, cuyo busto se encuentra en la ONU, escribió sobre algunos temas hoy tan candentes en el caso de Venezuela y en otras partes del mundo, como el llamado ius belli, el derecho a la guerra justa.
Por su parte, también Tomás de Aquino había escrito antes sobre el posicionamiento moral universal, totus orbis, respecto al tiranicidio, planteado como un derecho justo de la comunidad. Concluyó con la idea de que éste, siempre orientado a la salvaguarda del bien común, podía llevarse a cabo contra quien usurpara el poder por la fuerza e hiciera un uso tiránico del mismo frente al pueblo. Para el Aquinate, este principio debía aplicarse siempre considerando la proporción entre los medios y los fines y con el deseo de restablecer un orden moral justo.
Por todo ello, el derecho internacional no nace de un contrato de salvaguarda individualista de los intereses de las naciones, ni tampoco del principio de no injerencia en otros países, como sostienen algunos, sino de su planteamiento moral y del entendimiento de la unidad y la salvaguarda del bien común de todas las comunidades. De la misma forma que todos intervendríamos, si se pudiera y antes de que llegara la Policía, cuando se percibe que una mujer está siendo maltratada en un domicilio determinado o que se está abusando de un menor de edad en un lugar privado, existe también el derecho moral a intervenir de forma proporcionada sobre un país cuando, como ocurría en Venezuela, se han agotado todas las instancias políticas y diplomáticas habidas y por haber y se siguen cometiendo crímenes de lesa humanidad contra la población.
Por eso, las democracias liberales, fundamentadas en gran parte en las bases morales del derecho internacional, no pueden secundar ingenuamente la hipocresía internacionalista y la debilidad argumental de la izquierda radical y, entre otras cosas que se han dicho, confundir a las personas encarceladas por el chavismo con ciudadanos retenidos en un país libre. Tampoco pueden acudir a ese supuesto derecho internacional para criticar la acción de Trump en Venezuela y esgrimir una suerte de comunidad global validadora de la moralidad de los actos en este sentido. Cuando hablamos de más de ocho millones de refugiados y decenas de miles de personas torturadas y asesinadas por un régimen brutal, el debate no tiene sentido. Así ocurrió también cuando Estados Unidos declaró unilateralmente la guerra a Hitler o cuando Clinton bombardeó Sarajevo para acabar con el tirano Milošević.
Las acciones de Stalin en Polonia, las de Castro en Venezuela, las de China en el Tíbet son inmorales. Todo en el internacionalismo marxista lo es. Su finalidad consiste en extender el odio y la lucha de clases por el planeta. Así actuó Rusia en España durante la Guerra Civil, usando de títeres a los líderes de izquierda Largo Caballero y Negrín. Buscando identificar el republicanismo con el terror rojo. Financiando desde Moscú checas y promoviendo masacres. Escandalizaron a las republicanas Clara Campoamor y Elena Fortún. Asesinaron, entre otros, a Melquíades Álvarez y provocaron el exilio de muchos republicanos decentes como Chaves Nogales y Ortega y Gasset. La legitimidad moral de una democracia, con independencia de la forma de gobierno, también depende de eso, de su ejercicio. Veremos qué pasa con la nuestra.
- Miguel Rumayor es diputado de la Asamblea de Madrid