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En primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

La reunión

Empecé a relatarle a qué nos dedicábamos y, a los dos minutos, sacó el móvil del bolsillo. La escena fue elocuente: la silla separada de la mesa de reuniones, las piernas abiertas modo western, la mirada fija en la pantalla y el chicle trabajando sin descanso

Siempre he tenido una norma innegociable: nunca hablar de mis clientes, ni de los actuales ni de los pasados. No por cálculo ni por miedo, sino por algo mucho más simple y, cada vez, más escaso: lealtad.

Precisamente por eso me siento libre para hablar de uno de los personajes más pintorescos que me he cruzado en mi vida profesional reciente y que, gracias a Dios, nunca fue mi cliente ni lo será. De hecho, y pronto lo entenderán, aunque en un Armagedón hubiera sido la única alternativa para ganarme la vida, preferiría la inanición antes que deberle algo a semejante criatura.

El Debate (asistido por IA)

Por nuestra actividad, mi socio, Gonzalo Figar, y yo pasamos buena parte del tiempo reuniéndonos con empresas para presentar servicios. En casi todos los casos, incluso cuando la respuesta es un educado «no», lo que encontramos al otro lado de la mesa es educación y respeto.

Pero, como en toda norma, siempre hay excepciones. Y fue precisamente una de ellas la que me hizo comprender que, a veces, es mejor decir no a un posible cliente.

Una empresa que no conocía me llamó para que fuéramos a verlos. Nosotros, encantados.

Antes de ir a presentarnos, empezamos el proceso habitual: estudiar la empresa, el mercado en el que se movía, su tamaño, sus empleados, su competencia, etc.

Llegó el día de la reunión. Nos hicieron pasar a una sala. La cita era a las once de la mañana y llegamos cinco minutos antes. La secretaria nos ofreció un café, que declinamos. Para matar el rato hablamos del tiempo, de los panes y los peces. Quince minutos después, nuestro convocante aún no había aparecido.

Y, además, no se trataba ni del dueño ni del director general, sino de un empleado intermedio-alto. Algo lógico y perfectamente normal, pero que desde el principio nos llamó la atención. En nuestro negocio, casi siempre las llamadas vienen de arriba.

Los minutos siguieron pasando hasta alcanzar la media hora de retraso. Cualquiera que me conozca sabe que para mí la puntualidad es algo casi sagrado. Concedo cierto margen en reuniones presenciales y llamadas, pero a partir de los quince minutos mi paciencia flaquea. Aun así, tratándose de un posible nuevo cliente, hice un esfuerzo. Siempre podía haber surgido una urgencia.

A los 45 minutos entró de nuevo la secretaria. Se disculpó, claramente incómoda. Estaba tan sorprendida como nosotros. Nos volvió a ofrecer algo de beber. Volvimos a declinar. Yo le indiqué, con toda corrección, que teníamos otra cita a las trece horas.

Pasada ya la hora apareció el personaje.

Más o menos de mi edad (39 años). Gomina años ochenta (cuánto daño ha hecho Gordon Gekko), traje horrendo y excesivamente entallado, y el inevitable chaleco técnico azul marino. No nos dio la mano.

Enseguida percibí que se consideraba el centro del universo. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que, antes siquiera de disculparse, consideró oportuno explicarnos el motivo de su retraso.

–Perdonad, chicos –dijo. Estaba en una call cerrando un deal gordo. ¿Qué queríais?

–Buenos días Fulanito, respondí. Nos has llamado tú, ¿no? Hemos cruzado un par de correos. Venimos a verte por el tema de la comunicación, por si podemos ayudaros.

–Ah, sí, sí, claro –contestó, mascando chicle sin el menor pudor–. Contadme. Pero rápido, que estoy hasta los topes.

En cuestión de segundos nos dejó claro que, además de maleducado, era un personaje cuyo mundo se reducía a un único concepto fundamental: yo.

Empecé a relatarle a qué nos dedicábamos y, a los dos minutos, sacó el móvil del bolsillo. La escena fue elocuente: la silla separada de la mesa de reuniones, las piernas abiertas modo western, la mirada fija en la pantalla y el chicle trabajando sin descanso.

Yo, perplejo, continué hablando. Él, sin embargo, siguió entregado al móvil con una concentración admirable. De vez en cuando, eso sí, cuando el énfasis de alguna de mis palabras lo distraía de lo que estaba leyendo, levantaba la vista para regalarnos una sonrisa condescendiente en la que se podía ver el chicle entre sus dientes. Sus gestos dejaban claro quién era el sheriff de El Paso: estaba muy ocupado, pero aun así nos concedía el privilegio de ser escuchados.

Cuando terminé mi exposición, me di cuenta de que todo lo que le había contado no había servido para absolutamente nada. Empecé a sentir unas ganas irrefrenables de cogerle por la pechera y darle un guantazo con el dorso de la mano. En mi imaginación lo hice, y eso me tranquilizó. Pero ahora le tocaba hablar a él, y eso, se notaba, era lo que más disfrutaba.

Lo primero que nos dijo fue que quería salir en algún medio grande. Explicó que estaba trabajando su personal branding (imagen personal) y que era un tema core (principal) tanto para él como para la empresa.

–Ahí es donde tenemos que poner el foco, chicos —concluyó.

Me fijé en Figar y noté que su cara no invitaba a la amistad. Fulanito empezó entonces a contarnos las operaciones que él había cerrado, no su empresa, dónde había trabajado antes y el papel absolutamente crucial que desempeñaba en la organización. Se extendió durante casi media hora. Media hora en la que no mencionó nada de lo que le habíamos explicado, verdadero motivo de la reunión.

En mitad de su monólogo recibió una llamada y la contestó, por supuesto, sin pedir disculpas.

–Gordi, ahora no puedo hablar. Estoy reunido con unos de comunicación. En nada te llamo, que termino rápido.

Colgó, hizo una pausa, nos miró y sonrió ampliamente.

–Es mi novia.

Por fin, cuando sus gestos nos indicaron que la reunión había terminado, le agradecí su tiempo y le dije que muy pronto recibiría nuestra propuesta de servicios. Aunque sabía perfectamente que ese email nunca saldría de mi correo.

Se levantó y se despidió con la mano, en un gesto aprendido en alguna película americana de inversores de éxito. Antes de irse dándonos la espalda, cogió otra llamada y desapareció por la puerta. Volvió un segundo después y, mirándonos, remató la escena:

–¡Chao, chicos, nos vemos asap! (Lo antes posible).

Muy callados bajamos a la calle.

Noté que mi socio se había sumido en un mutismo elocuente.

–Bueno —le dije, con un ataque de risa a Figar—, ¿qué te ha parecido? ¿Habías visto algo así en tu vida?

Figar se tomó unos segundos antes de responder.

–No sé muy bien qué decirte, tocayo—comentó—. Lo único que tengo claro es que yo con este tío no pienso trabajar en la vida.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista