El Rey Alfonso XIII
En este mi adorado, pero tan ingrato país, el más injustamente vilipendiado entre nuestros Reyes, hasta el insufrible acoso a Don Juan Carlos, fue Don Alfonso XIII
Queridos incautos: Los 21 cañonazos del 17 de mayo de 1886 anunciaban la llegada de un niño que, por la muerte de su padre, el destino había hecho nacer Rey de la Monarquía más antigua de Occidente. Pero, con la mala suerte de haber llegado a un país con diez millones de reyes, como él mismo manifestaría más tarde.
Se crio bajo los auspicios de su madre y regente, la extraordinaria Reina María Cristina, «doña Virtudes», en tiempos de declive y decadencia. Los aires depresivos llegarían a su cenit en 1898. Pero esa melancolía daría origen a un movimiento literario y cultural extraordinario.
El más castizo de nuestros Reyes, estaba imbuido de las virtudes y defectos patrios. Mujeriego. Apasionado. Alegre frente a la adversidad, generoso y de una enorme valentía, que le hizo superar ¡seis intentos de regicidio! El más grave, el del día de su boda. Su enorme carisma era internacionalmente reconocido: «Ilumina por su inteligencia natural, la simpatía, la franqueza, la desenvoltura, el encanto personal con que cautivaba a sus interlocutores», describió Winston Churchill en su libro Grandes Contemporáneos.
Las luces de su reinado fueron la creación de la ciudad universitaria, sus viajes para conocer la realidad de las provincias, en la sanidad la creación de la Cruz roja. Y gigantescos avances sociales bajo el auspicio del mejor presidente de nuestra historia, don Antonio Maura. Fuimos los primeros en implantar la Seguridad Social, tímidamente inventada por Bismarck, los descansos laborales, los seguros para accidentes de trabajo y el de maternidad. Y logramos permanecer neutrales en la Primera Guerra Mundial.
Modernizó la parte festiva de nuestra vetusta sociedad por su afición a los deportes, como el tenis, el golf, el polo o las carreras de caballos. Por su amor a la caza fue el monarca más protector de la naturaleza.
Concebimos la figura del parque nacional, creándose los de Picos de Europa, Gredos y Pirineos. Y por su pasión por las perdices se crearon los grandes cotos que hoy son nuestro orgullo internacional.
Son legendarias sus ocurrencias castizas y sus rápidas respuestas. Cuentan que, en una cacería en Doñana, habían marchado sus ayudantes a pistear unas reses que había herido. S. M., al ver aproximarse a un guarda local del Coto, decide emprender con él el regreso a la casa. El hombre no lo reconoce.
- Sí.
- ¿Le importa que le acompañe?
- Muy complacido señor…
- ¿Cómo se llama usted?
- Yo Pedro. ¿Y usted?
- Yo Alfonso.
Tras hablar de la cacería y del tiempo, S.M. entabla conversación con esa llaneza que le caracterizaba
- Yo nueve ¿y usted?
- Yo siete.
Tras otro silencio, el guarda reúne ánimos:
- Eso creo.
- ¿Y cómo le voy a reconocer?
- Pues muy fácil: cuando lleguemos a palacio, todos estarán sin sombrero. Aquel que lo tenga puesto es el Rey.
En animada conversación llegan a palacio. El guarda expectante mira para todos lados
Y él sonriendo y guiñándole un ojo le dice:
En otra cuentan que S.M. asistía a un almuerzo de inauguración de una almazara. El zafio anfitrión es su propietario, que se dirige al Rey:
- Sí. Esta muy bueno fulano.
- Puesss… ¿sabe que los tengo mejores?
- ¡Pues guárdelos para mejor ocasión!
La más enternecedora es cuando llega a un almuerzo oficial un invitado poco versado en protocolo, que no había visto un lavafrutas en su vida. Animosamente se bebió el bol con agua que le habían colocado, ante el asombro y las burlas del resto de los comensales. Don Alfonso XIII de inmediato agarró su bol y se lo bebió... y todos los que reían tuvieron que beberse el agua enturbiada de sus lavafrutas.
España era un hervidero en aquellos tiempos terribles. En 1922-23 hubo casi 1.000 asesinatos, incluyendo magnicidios como el del presidente Dato o el del obispo de Zaragoza. Un ambiente prebélico de huelgas continuas. En los 6 años anteriores a Primo de Rivera hubo 23 crisis de Gobierno. Herederas de los más de 200 pronunciamientos militares y golpes de Estado de tiempos de Isabel II. Una completa locura. Es perfectamente comprensible que S. M. aceptara aliviado y esperanzado el orden de la dictadura militar de Primo de Rivera.
Su vida familiar fue un desastre. España acababa de desangrarse estúpidamente en las guerras carlistas. Por ello, su principal obsesión era afianzar la dinastía. Casó muy enamorado de la guapísima Reina Victoria Eugenia, que engendró sus siete vástagos contaminándolos con el veneno de la hemofilia. Tan solo D. Juan nació perfectamente sano. Se tambaleaba su dinastía, y veía asomarse de nuevo los fantasmas de las guerras dinásticas.
Eran tiempos de magnicidios. Asesinaron a Humberto I de Italia, a William McKinley, presidente americano, a Alejandro I de Serbia. A D. Carlos I Rey de Portugal, y a su heredero. A los Zares y toda su familia. Al heredero del Imperio Austrohúngaro, lo que desembocaría en la Gran Guerra. En España habían asesinado anteriormente a los presidentes del Gobierno Prim y Cánovas. Y en su tiempo Maura sufrió varios intentos, y lograron asesinar a Canalejas y a Eduardo Dato.
Por todo esto, el Rey, para salvar su dinastía, con su único heredero viable menor de edad, se vio forzado a abandonar España en un acto de prudencia, valor y generosidad que los mentecatos confunden con cobardía.
Estalló la Guerra Civil y murió en el exilio. Abrazando su bandera y su última palabra fue «España». Intentó hacerlo lo mejor que supo y nunca entendió que no le aceptaran en este país al que amaba por encima de todo.
Desde siempre y como siempre, ¡viva el Rey!
- El conde de Teba, Jaime Patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero