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TribunaIgnacio Trillo

Entre galgos, podencos y geoestrategas de salón

En los últimos tiempos, ciertos sectores de la izquierda más radical, especialmente vinculados a Sumar y Podemos, han adoptado un discurso que evoca los ecos previos a la Guerra Civil. Palabras como 'fascismo', 'resistencia' y 'represión' se repiten en el vocabulario del 'wokismo' de salón

En nuestro país, donde muchos no sabrían señalar Teruel en un mapa, resulta curioso ver cómo proliferan los 'especialistas' en geopolítica en redes sociales y tertulias de bar. Temas como Gaza, Ucrania, la OTAN o el cambio climático se discuten con una seguridad sorprendente por quienes ayer no distinguían el Congreso del Senado, pero hoy se presentan como autoridades en cualquier materia, desde vacunas hasta derecho constitucional, mientras sostienen una cerveza y pontifican sobre el mundo.

Esta actitud recuerda a la fábula de Tomás de Iriarte, donde los conejos, más preocupados por identificar si los perros que los persiguen son galgos o podencos, acaban ignorando el verdadero peligro. En la España actual, la discusión no es sobre los perros, sino sobre si nosotros mismos somos los conejos, incapaces de ver la amenaza real.

La enseñanza de Iriarte sigue vigente: perderse en disputas irrelevantes mientras lo urgente queda de lado solo beneficia a quienes alimentan esa división. Hoy, la polarización ha reemplazado el diálogo, el sectarismo y la doctrina han desplazado el consenso, y las ideologías han eclipsado el sentido común, permitiendo que quienes manipulan el debate acaben con el pensamiento libre sin oposición.

En los últimos tiempos, ciertos sectores de la izquierda más radical, especialmente vinculados a Sumar y Podemos, han adoptado un discurso que evoca los ecos previos a la Guerra Civil. Palabras como 'fascismo', 'resistencia' y 'represión' se repiten en el vocabulario del 'wokismo' de salón, cuyo objetivo parece ser imponer una visión única y promover el 'pensamiento crítico' solo cuando coincide con su propia doctrina.

Este progresismo ha terminado por encerrarse en una identidad excluyente y autoritaria, apropiándose no solo del espacio público, sino también de los entornos familiares, castigando la diversidad de opiniones. Aunque esta postura pueda tener cabida en democracia, en la práctica ha servido para ocultar escándalos internos y exhibir una supuesta superioridad moral, que choca con los problemas judiciales y éticos de quienes ostentan el poder.

Sin embargo, la verdadera esencia de España no reside en sus gobernantes, sino en su tejido social: en quienes educan, cuidan, trabajan y construyen cada día. Somos una sociedad que ha superado guerras, dictaduras y crisis, y que necesita reconectar con sus valores fundamentales: libertad, justicia, solidaridad y respeto.

Mientras seguimos atrapados en debates inútiles sobre si los males que nos acechan son galgos o podencos, los valores democráticos se ven amenazados por el ruido, la polarización y la manipulación. La moraleja de Iriarte no solo sigue vigente, sino que es más necesaria que nunca.

A pesar de todo, aún hay razones para la esperanza. Esta reside en cada persona que se atreve a pensar por sí misma, que exige transparencia y responsabilidad, y que se guía por principios, no por consignas. Antes que las ideologías, nos une una identidad común: la de ciudadanos de una nación que merece ser defendida con razón, ley y decencia.

Es hora de dejar atrás las disputas inútiles y avanzar juntos, con determinación, para proteger nuestra democracia.

¡Viva la sociedad civil! ¡Viva España!

  • Ignacio Trillo Arespacochaga es miembro de la junta directiva de la Asociación Pie en Pared y de la Fundación Foro Libertad y Alternativa