La brecha GIRU
El control de las rutas marítimas permite el desplazamiento de mercancías de una manera mucho más eficiente y también el traslado rápido de tropas y armamento, por lo cual constituye una gran ventaja a la hora de comerciar o de proyectar poder a otras partes del mundo
En ambientes anglosajones se da el nombre de GIUK gap («brecha GIRU» en español), a la suma de los espacios marítimos entre Groenlandia e Islandia y entre Islandia y Escocia (Reino Unido), que constituyen el principal acceso del Océano Ártico al Atlántico. También se puede pasar entre el Reino Unido (UK) y Noruega, pero por esa vía se accede al Mar del Norte y, para seguir hacia el Atlántico, hay que cursar por el Canal de la Mancha. Otras vías del Ártico al Atlántico son las variantes de la Ruta de Noroeste, pero esas son fácilmente controlables y, aún más, si se tiene el dominio de Groenlandia.
Desde hace mucho tiempo, el dominio del acceso a las rutas comerciales y de desplazamiento militar ha sido un aspecto importante de las luchas por el poder mundial. El control de las rutas marítimas permite el desplazamiento de mercancías de una manera mucho más eficiente y también el traslado rápido de tropas y armamento, por lo cual constituye una gran ventaja a la hora de comerciar o de proyectar poder a otras partes del mundo.
Después de Trafalgar, Inglaterra ha dominado los mares durante más de cien años y ese dominio ha sido la base de su extenso imperio. El poder naval fue pasando luego paulatinamente a manos de EE.UU., en parte por la influencia del marino Alfred T. Mahan, quien, a finales del Siglo XIX, insistió mucho en la importancia de la expansión naval como factor de poder.
Tanto el Reino Unido como EE.UU. tienen excelentes condiciones para ser grandes poderes navales, por su posicionamiento estratégico, la ausencia de enemigos en sus fronteras y la abundancia de buenos puertos. EE. UU. goza de una situación especialmente ventajosa, por su acceso directo y sin obstáculos a los dos mayores océanos y por su vasto territorio, que le garantiza recursos suficientes para construir, armar y tripular una numerosa flota.
Los principales geoestrategas anglosajones, tanto ingleses (Halford Mackinder) como estadounidenses (Nicholas Spykman, Zbigniew Brzezinski, entre otros) han hecho hincapié, con distintos matices, en la diferencia entre poderes oceánicos y poderes continentales. Utilizan el término de «tierra nuclear» o «tierra pivote» para designar a la parte del continente euroasiático que va desde Europa del Este hasta el estrecho de Bering y, por el sur, se extiende a las mesetas iraníes y al Asia Central. Dicen estos estrategas que el que domine esa tierra nuclear dispondrá de los recursos suficientes para dominar el mundo y que, en consecuencia, es de interés primordial para los poderes oceánicos impedir que esa extensión de tierra esté unificada bajo un mismo mando, porque, de estarlo, tendría la posibilidad de armar una flota lo bastante grande y poderosa como para disputar a las potencias oceánicas el dominio de los mares. Con ello, dominaría el globo.
Esto explica en buena parte los conflictos entre el Reino Unido y EE.UU., por una parte, y Rusia por la otra. Tradicionalmente, la política inglesa ha intentado por todos los medios impedir que Rusia tenga libre acceso a los océanos, mientras que la política rusa, al menos desde Pedro el Grande, siempre ha intentado disponer de una flota oceánica y tener acceso libre a los mares de aguas cálidas. Esta pugna se reflejó en el siglo XIX en el «Gran Juego» entre ambos imperios, donde los rusos buscaban obtener una salida hacia el Océano Índico, mientras que los ingleses pretendían penetrar hacia Asia Central.
Un gran logro de Rusia fue conquistar, bajo la emperatriz Catalina, la península de Crimea y tener acceso directo al Mar Negro, estableciendo también la ciudad de Odessa, fundada en 1794 por el español José de Ribas, al servicio de dicha emperatriz. Ese logro no se obtuvo sin antes haber tenido que superar una fuerte resistencia, no solo del imperio otomano, sino también de las potencias occidentales (Francia, Inglaterra y la incipiente Italia). Ese logro fue, sin embargo, solo relativo, porque el Mar Negro es un mar interior, aunque tiene acceso al Mediterráneo y, a través de este, al Atlántico y al Indico (a este último, actualmente, a través del Canal de Suez).
En la guerra ruso-turca (1877) los rusos estuvieron a punto de tomar Estambul, haciéndose así con el control de los estrechos que unen el Mar Negro con el Mediterráneo, pues el Ejército turco se había rendido. De nuevo, la intervención de las potencias occidentales se lo impidió (Tratado de San Stéfano).
Estos antecedentes, además de la gran riqueza en minerales de Groenlandia, incluyendo las tierras raras indispensables para el desarrollo de la tecnología de la información, explican el gran interés que muestra Donald Trump por hacerse con el dominio de esa gran isla. Algunos comentaristas sugieren que, si lo logra, el próximo objetivo será Islandia. Y es que, dada la importancia creciente del Ártico para el comercio mundial, dada la creciente rivalidad entre Rusia y EE.UU. y dada la alianza rusa con China, es importante para las potencias oceánicas impedir que Rusia tenga acceso libre a los océanos, al igual que es importante para Rusia el mantenerlo e incluso ampliarlo. De aquí se deduce la importancia de la brecha GIRU.
- Francisco Luis Molina Molina es doctor en Psicología