¿Nobleza obliga también en el buen decir?
En el año 1931 inauguraba Federico García Lorca la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaquero, y decía: «Yo, si tuviera hambre y estuviese desvalido en la calle, no pediría pan; sino que pediría medio pan y un libro». Sin duda la expresión del ilustre poeta muestra su amor a la cultura
Los que nos hemos formado en el ámbito de las humanidades, profesamos un indeclinable amor al idioma. Hablar o escribir es un hecho casi un milagro, ya que nuestras emociones y sentires se pueden transformar instantáneamente en sonidos o en garabatos. E igualmente parece cosa mágica que nuestro interlocutor procese, sin pausa alguna, la comprensión de lo escuchado o leído.
Recientemente, el escritor Luis Landero sostenía, a propósito de su obra Coloquios de invierno, que «vivimos una epidemia de actualidad constante. Parece que, si no se mira el móvil siempre, se está perdiendo algo». La irrupción del emoticono para capar las expresiones ha cooperado sin duda a que la conversación se achique. Si a ello sumamos el bombardeo político en ese decir tan inculto de muchos dirigentes, tan corto de originalidad, tan esclavo del tópico y de los lugares comunes, se contagia todo ello en quienes escuchan, agrandando el empobrecimiento del léxico. Tal cosa hace que decaiga sin remedio la incitación al bien decir, al uso preciso del lenguaje del que, por esa perversión publicitada, cada día se usan menos términos. A esta realidad lastimosa se suma la falta de puntería en el contenido de lo que manifiestan los políticos públicamente. Cuando escucho a la vicepresidenta segunda del gobierno, rememoro las frases bufas de Antonio Ozores, tan retorcidas y farragosas, exhibidas en el humor televisivo. En sus ruedas de prensa, sin pudor y carente de toda erudición, ofrece oraciones desaliñadas, torvas, golpeando su decir con retruécanos y aliteraciones.
En el año 1931 inauguraba Federico García Lorca la biblioteca de su pueblo natal, Fuente Vaquero, y decía: «Yo, si tuviera hambre y estuviese desvalido en la calle, no pediría pan; sino que pediría medio pan y un libro». Sin duda la expresión del ilustre poeta muestra su amor a la cultura. Pero hoy, satisfechas las necesidades mínimas por los servicios institucionales, resulta que la gente come, pero la mayoría de los alimentados, con el móvil a cuestas, jamás sienten hambre de libros.
Por esa decadencia del afán cultural, de la que algunos se consuelan con culturetas de saldo en festivales de medio pelo, he reflexionado sobre el papel de buena parte de la aristocracia española a la que he visto cultivar nuestro idioma mimando con voluntad sus frases. Ha sido su hablar en no pocos un «magisterio de costumbres y refinamientos», según manifestó el tercer marqués de Estella, José Antonio Primo de Rivera, el día 29 de octubre de 1933. La vida me ha deparado conocer a gente de toda condición; algunos de ellos, fueron nobles; personas de casas donde el amor a lo bien dicho era condición necesaria. En diciembre de 1976, siendo yo director de las Escuelas Universitarias de Almendralejo, trajimos para impartir una conferencia al ilustre académico Pedro Sáinz Rodríguez, primer ministro de Educación en los gobiernos del general Franco. Lo invitamos por sus hondos conocimientos sobre el bibliógrafo y erudito Bartolomé J. Gallardo; un nombre que llevará la biblioteca del Estado de la que años más tarde fui director.
Tras la conferencia y el almuerzo, comenzó una inolvidable tertulia que duró hasta bien entrada la noche. Todos gozamos de la conversación como la manera más excelsa de resarcir el espíritu. Escuché en una película que «la conversación es como un caballo de raza, no se le puede apalear como a un muro para que corra». El presidente de aquellas escuelas era Mariano Ferández-Daza, marqués de la Encomienda, un contertulio excepcional y de memoria envidiable. Con Mariano mantuve una cercanía docente y amistosa a lo largo de tres décadas y siempre admiré en él su exquisito trato, cuidando que, en su decir, fuera palpable la mayor precisión semántica. Cuando debatía, sus maneras eran alejadísimas del tono macarra que hoy vemos en dirigentes públicos que, por su ignorancia, no se avergüenzan de la ordinariez. En la Real Academia de Extremadura tengo como compañero a José Miguel de Mayoralgo y Lodo, conde de los Acevedos. Es hoy una figura principalísima que, como investigador genealógico, ha puesto a disposición de los interesados numerosas publicaciones. Sostenían los pensadores griegos aquello de «conócete a ti mismo» y, junto a ello, «nada de excesos». Mayoralgo parece haber interiorizado tales consignas, de modo que, aunque le he visto disentir con otros por diferentes ideas, jamás decayó de su pose verbal, tan rigurosa como cordial. He compartido experiencias políticas y académicas con ilustres aristócratas de izquierda y de derechas, y en la mayoría, observé ese sesgo de respeto y buenas formas con el idioma.
Pero mi primer contacto con esta clase aristocrática, que por lo general no son solo nobles por su estirpe sino por el estilo impecable que han cultivado, ocurrió siendo niño. Pues de la mano de mi padre conocí la casa y al personaje con el que cierro estas reflexiones. Me refiero a Alfonso Bullón de Mendoza, marqués de Selva Alegre, que este 18 de febrero cumplirá ciento tres años. De aquella pizarra impoluta que era mi mente infantil donde todo queda, rememoro la amabilidad de tal señor, pues conjugaba la oportuna prudencia con una urbanidad ejemplar.
De modo que deberían resultar estos ejemplos una referencia en este tiempo nuestro en el que las zafiedades verbales son tantas. Y tantos los que cultivan la chabacanería cuando dan la cara en sus comparecencias públicas.
Hay maneras apreciables en aristócratas y en otros que no lo son por su casa, pero sí con su ejemplo. Ellos nos alivian de los que usan el idioma español solo como relleno insolvente o como arma arrojadiza.
- Feliciano Correa es doctor en Historia y académico de la Real Academia de Extremadura