'Gaudeamus igitur'
Pese a su enorme influencia intelectual, Kant sigue representando, en lo personal y académico, lo más antipático de una filosofía radicalmente especulativa que a nosotros los españoles, legatarios de soldados y poetas, nos resulta tan ininteligible y poco estimulante
Se trataba de un hombre menudo, cumplidor y convencional. El gran filósofo de la Ilustración, de haber nacido dos siglos después, hubiera sido ruso y no prusiano. Pietista y aburrido, el viaje más largo que hizo apenas le apartó unas pocas horas de Königsberg. Como se había educado entre teólogos, se convirtió en sacerdote sin feligresía al cargo. Tal vez por ello fuera siempre casto; como debiera serlo un buen cura. A diferencia de aquel soldado apellidado Descartes, no conoció ni un escaso minuto de riesgo. La ocasión más peligrosa que encaró en la vida fue quizá perder pie en el último peldaño de la escalera de un campanario o asomarse un poco de más a la ventana. Si desatendiéramos la falta de exceso que caracterizó a aquel gran transformador del pensamiento, diríamos que a Immanuel Kant (1724-1804) le fascinaban los relojes. Eso lo dice todo. Hay muchos tipos de pasiones, pero ninguna como suspirar por un engranaje...
Sorprende hallar un admirador de Juana de Arco y Catalina de Erauso en quien encorsetaba cada episodio de su vida cotidiana en una pieza absurda y desacomplejada de protocolo, en el celoso observante del pudor en una morada sin mujeres. Los almuerzos domésticos con amigos debían oscilar entre los cinco y los nueve comensales (de tres a nueve, en los más señalados festejos). Y no los iniciaba bendición ninguna, sino el prosaico ritual de desdoblar, siempre del mismo modo, una vulgar servilleta para, de seguido, entonar con voz queda dos palabras sin gracia: «Bueno, caballeros...».
Hasta el final de sus días conservó el ceremonial absurdo de acostarse conforme a precisas reglas. Según Thomas de Quincey, su siempre comprensivo biógrafo, aguardaba la medrosa aproximación del sueño como «un gusano de seda en su capullo». Aludir a que Morfeo le sorprendiera puede considerarse otro exceso en quien achicaba todo espacio a lo repentino. Para tenerlos a raya, Kant doblegó los imprevistos de la vida a base de aburrimiento y parsimonia.
Tutor de las clases privilegiadas, un profesor del arte de las fortificaciones sin polvo en las botas ni pólvora en las manos necesariamente debía acabar como catedrático de Metafísica. Nadie más distinto que Ignacio de Loyola, aquel oficial de infantería que, tullido por una bala de cañón, se dedicó a dictar ordenanzas para la más escueta y arrojada de las compañías. Hoy, en el escalafón profesoral, al de Azpeitia le hubiera negado el pan y la sal la Aneca.
Sin el deber de una familia ni la azarosa distracción de un viaje, el autor de la Crítica de la razón pura pudo consagrarse con obcecación luterana a su destino descarnado, solipsista y autocomplaciente. Pequeña gran tiranía que se impuso la de hacer de la pulpa de la vida norma menuda y de elevar a ley mosaica cada gesto de una existencia mediocre.
Insomne, malnutrido y achacoso, la senilidad se apoderó de él en forma de impaciencia. No podía ser de otro modo. Tiene todo el sentido que la naturaleza acabara desarbolándolo cuando nuestro hombre perdió el dominio –funcionarial– de los tiempos.
Pese a su enorme influencia intelectual, Kant sigue representando, en lo personal y académico, lo más antipático de una filosofía radicalmente especulativa que a nosotros los españoles, legatarios de soldados y poetas, nos resulta tan ininteligible y poco estimulante.
Tampoco nos inspiraría el anciano taciturno abismado en sus meditaciones mientras contempla la silueta de una torre vecina. A través de una vulgar ventana. Al calor de una estufa ramplona. De preferir un espejo, nos decantaríamos por nuestros ancestros los juglares, célebres por «traer la vida jugada, [y] andar a mucho peligro».
El diagnóstico y solución de los problemas que aquejaban a la universidad de su tiempo aconsejaban a Laín Entralgo extender a lo académico la definición vital de un anatomista francés coetáneo de Kant, si bien su auténtica némesis y, a diferencia de este, prematuramente desaparecido a consecuencia del estúpido accidente doméstico que siempre evitó el prusiano. Lejos de la reducción a un mero proceso químico o mecánico, según Xavier Bichat, «la vida es el conjunto de las funciones que resisten a la muerte». Por eso, la universidad debe seguir resistiéndose a todo aquello que, «desde dentro y desde fuera, trata de matarla». Y, al tiempo, debe perseverar en lo que la vivifica: preparación de profesionales al nivel de su tiempo; formación de seres humanos que, al margen de su competencia técnica, puedan considerarse «cultos»; auspicio de la investigación y capacitación de los investigadores; y, muy especialmente, ofrecimiento de la «ejemplaridad ético-social» de sus miembros. Sólo esto último puede contribuir a que a un docente, como a veces le ocurría a Laín, se les alegren «las pajarillas» al comprobar que «su enseñanza hace brillar con interés la mirada de un puñadito de alumnos». Pues es el vigor mismo lo que saca la universidad fuera del aula y nos convierte en poco menos que bibliotecas intelectualmente semovientes y ambulantes. Y todo reside, como apuntaba Goethe, en el estilo, aquella «forma interna de una vida que, consciente o inconscientemente, se realiza en cada hecho y cada palabra». Es lo que permite entonar un Gaudemos igitur siempre nuevo, juvenil, que no marchita.
- Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo